Escribir Los crímenes del lago me está volviendo loca

Escribir una novela es un proceso complicado. Es mucho tiempo con la cabeza rebosante de ideas, tramas y personajes que, al menos de momento, sólo existen en tu imaginación. En ocasiones estoy tan metida en la historia que ni siquiera recuerdo cuántas manos de champú llevo ya en el pelo o si he sacado al perro o no.

Cuando estás metida en ese extraño mundo, hay veces que la realidad y la ficción casi se mezclan. Si, además, lo que estás escribiendo es una novela de fantasmas, cuando ese tipo de historias te acojonan de verdad, tu cordura puede empezar a verse en peligro.

Ha habido más ocasiones en las que he sentido que la línea entre la realidad y la ficción se difuminaban. La primera vez fue al leer La historia interminable. Hay un momento de la novela en la que Bastian está leyendo la historia de Atreyu mientras tú lees su historia y él se plantea si ese lector que le está leyendo tendrá a su vez otro lector que le lee a él. Juro que durante unos segundos me quede paralizada para después elevar la mirada buscando a ese posible lector, preocupada por la posibilidad de ser sólo un personaje.

También me sucedió al escribir Ojo de gato. Hay una escena en la que Laura, la protagonista, siente que está siendo observada mientras realiza la reconstrucción facial de la víctima. No quiere girarse, pero sabe que el fantasma de la chica está detrás, vigilando que ella haga bien su trabajo. Mientras escribía esta escena, tuve la sensación de que alguien me estaba mirando. Sentí como todos los pelos de la nuca se me erizaban y no me atreví a girarme, porque sentí que el fantasma estaba ahí, vigilando si contaba bien su historia.

Bueno, creo que hasta el momento ya os he dado algunas pruebas de que en el pasado se me ha ido un poco la pinza. Pues ahora viene el plato fuerte… Como ya sabréis, estoy escribiendo una novela titulada Los crímenes del lago, que va de asesinatos y fantasmas. Comencé a escribir esta novela porque soñé con las dos primeras páginas, como si alguien me las estuviera dictando, así que, según me levanté, fui corriendo al ordenador a escribirlas para que no se me olvidasen.

Como la novela está ambientada en Vermont (Estados Unidos) y no he estado allí en la vida, estoy tirando mucho de Google Maps y del Street View para describir los lugares. Y la verdad es que estoy encontrando cosas muy raras:

Cuando elegí la librería en la que iba a trabajar mi protagonista, le di al Street View para ver la fachada. ¿Qué fue lo que me encontré?. Esto:

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¿Qué se supone que es esa especie de espantapájaros sangriento y quién es el loco que ha decidido que algo tan tétrico quedaría bien en el escaparate de una librería?

Segunda curiosidad: He ambientado la historia en un pueblo llamado Swanton. Como veréis en la siguiente imagen es un lugar verde plagado de prados, bosques y campos de cultivo:

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Elegí en el mapa el lugar en el que se iban a cometer los crímenes y, escribiendo una escena, fui ampliando la imagen para poder describir mejor el sitio. ¿Y qué me encuentro? Esto:

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Es el único sitio de todo el puto Swanton en el que no hay verde sino una explanada seca, muerta y agrietada. Da la impresión de que algo malo le ha sucedido a la tierra en esa zona, como si estuviera maldita.

Así que no os extrañaréis si os cuento que el otro día, buscando información en el St. Albans Messenger (el periódico de Vermont), de repente me entrase la siguiente duda: ¿Qué pasaría si escribiese en el buscador los nombres de las víctimas de mi libro? ¿Y si al hacerlo encontrase que realmente estaban muertos tal y como yo había descrito? ¿Y si eso quería decir que toda la novela no estaba saliendo de mi imaginación sino que me estaba siendo dictada por unos espíritus que buscaban que alguien contase su historia? Juro que se me pusieron los pelos como escarpias mientras introducía el primer nombre en el buscador.

No, tranquilos. Los nombres no aparecieron, pero ¿a qué por un momento también habéis sentido la inquietud de que pudiera ser real?

Por suerte estas sensaciones no me vienen muchas veces y sólo duran unos segundos. De otro modo estaría ya ingresada en un psiquiátrico. No os preocupéis, no me he vuelto loca (aún) y sigo adelante con la novela, aunque supongo que tardaré un poco más porque no me siento capaz de escribir sobre estas cosas de noche. Me comprendéis, ¿verdad? 😉

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El paciente de la 301

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—    Sigo sin poder dormir bien— el paciente se gira hacia mí con ojos implorantes.
—   Si quiere, puedo recetarle unos tranquilizantes.
— No, no es eso. No puedo dormir, pero no quiero. Necesito que me quite toda la medicación. Me atonta demasiado y me quedo adormilado por las esquinas— el hombre clava sus ojos en el techo y suspira, desesperado—. Cada vez que me duermo, aunque sea por unos instantes, el monstruo se acerca.

Asiento y, sin dejar de mirarle a los ojos, escribo en mi informe “Recaída en los delirios psicóticos. Aumentar dosis de haloperidol”. Después le sonrío, tratando de mostrarme comprensivo.

— Sabe que son sólo sueños, ¿verdad? Por muy terribles que sean, no pueden hacerle daño.
— Sí que pueden— el sudor ha comenzado a resbalar por la cara del paciente y su respiración es cada vez más rápida—. Es lo mismo que le pasó a mi mujer. Yo tampoco la creí cuando me lo contaba. Pensé que estaba loca y no la ayude. Y ahora está muerta.

Me gustaría seguir mostrándome comprensivo, pero no soy capaz. No después de haber visto las fotos del crimen. El cuerpo de la mujer estaba tan destrozado que parecía haber sido atacado por animales salvajes. Golpes, mordiscos, arañazos… Una auténtica carnicería perpetrada por el hombre que ahora está sentado frente a mí, temblando en la silla mientras me mira con ojos suplicantes.

— Sé que usted puede ayudarme. Seguro que tiene alguna droga capaz de mantenerme despierto.
— Eso no sería bueno para usted. El sueño es un componente esencial para el equilibrio psicológico. No dormir sólo empeorará su enfermedad…
— ¡Yo no estoy enfermo!— el hombre se pone en pie y golpea con ambas manos sobre la mesa de mi despacho—. El monstruo es real y vendrá a por mí. Me atrapará, igual que la atrapó a ella.
— Por favor, tranquilícese y vuelva a sentarse— pulso con disimulo el botón que sirve para llamar a seguridad—. Ese monstruo no existe. Es solamente una proyección de su mente para combatir el sentimiento de culpabilidad por haber matado a su mujer.
— ¡Yo no la maté!— el hombre se inclina hacia mí sobre la mesa. Está tan cerca que diminutas gotas de su saliva me salpican las gafas cuando grita.
— Estaban ustedes solos, en una casa cerrada con llave. Su sistema de alarma no se activó y ningún vecino ni cámara de seguridad de las cercanías vio a nadie sospechoso— intentó que mi voz suene relajada y firme, pero las imágenes del crimen vuelven a mi mente. Sé lo que ese hombre es capaz de hacer sin llevar ningún arma encima. Espero que los de seguridad lleguen pronto—. La mejor manera de hacer desaparecer a ese monstruo es que usted empiece a aceptar lo que hizo.
— Yo no hice nada. Fue él— el hombre se derrumba en su silla y empieza a llorar como un niño, tapándose la cara con las manos—. Fue el monstruo. A mi mujer le habló de él una compañera de trabajo que también murió. Todo el que sabe de su existencia muere…

La puerta de la consulta se abre y entran dos hombres vestidos de blanco. Mi paciente los mira y solloza con más fuerza, pero se deja llevar sin ofrecer resistencia. Cuando salen, entra una de las enfermeras.
— ¿Cuánto tiempo lleva sin dormir el paciente?— le pregunto.
— Unos tres días.
— Sédenlo. Su estado está empeorando por la falta de sueño.

Ella asiente y sale de la consulta. Me reclino en mi sillón, me quito las gafas y me froto los ojos. Estoy agotado. Demasiados pacientes para pocos psiquiatras. Por suerte, éste era mi último caso de hoy. Sólo me queda revisar unos expedientes y podré marcharme a casa.
Ya estoy terminando mi trabajo cuando la enfermera vuelve a entrar sin llamar siquiera a la puerta. Está pálida y sus ojos están tan abiertos que parece que se le van a salir. Se queda plantada en el umbral, sin decir nada.

—    ¿Qué es lo que pasa, Ana?— le pregunto, levantándome del asiento.
— El paciente de la 301 está muerto— su voz es muy aguda, cercana a la histeria—. Le sedamos como nos dijo y ahora está muerto.
— No puede ser. Han debido confundirse con la dosis de la medicación.
— No, no es eso— ella me toma la mano y tira de mí—. Tiene que verlo.

Me lleva a la carrera hasta la habitación. Hay un montón de enfermeras y celadores apiñados junto a la puerta, tratando de encontrar un hueco para asomarse por la ventanilla de cristal. Cuando llego, todos se apartan y me dejan paso. Nada más mirar por el cristal, siento que mi corazón se salta unos latidos. Todo está lleno de sangre: la cama, las paredes, el techo…

Abro la puerta y doy un par de pasos dentro de la habitación. El cuerpo que descansa sobre la cama es irreconocible, un amasijo de sangre, piel desgarrada y vísceras. Notó una mano en mi brazo y me giro.

—    No debería entrar ahí hasta que llegue la policía— me sugiere uno de los celadores.

Las siguientes horas son un caos. La policía me interroga una y otra vez. En sus ojos veo que están haciéndose las mismas preguntas que yo me hago. La hipótesis del suicidio ha sido descartada de inmediato. Es imposible que alguien pueda hacerse eso a sí mismo, más aún estando sedado, pero, ¿cómo es posible que ese paciente haya sido asesinado en una habitación cerrada dentro de una prisión psiquiátrica de máxima seguridad?

Ya es noche cerrada cuando consigo volver a casa. Me tomó un vaso de leche caliente antes de irme a la cama. Después de lo que he visto hoy, no podría comer nada más. A pesar de que doy muchas vueltas y de que mi cerebro se niega a desconectar, al fin consigo quedarme dormido.

Me despierto de madrugada, aterrado y tembloroso, cubierto por una fría capa de sudor. He soñado con el monstruo. No lo he visto muy bien, estaba muy oscuro. Sólo sé que, para cuando conseguí despertarme del sueño, ya estaba un poco más cerca.

Anoche tuve un sueño muy raro

Anoche me encontré de repente caminando por un oscuro laberinto. Había muchos caminos, excavados en la roca. Las paredes eran húmedas y resbaladizas y el suelo se inclinaba poco a poco, haciendo que me introdujese más y más en las profundidades.

No estaba sola. Delante de mí caminaba una anciana vestida de negro. Era muy pequeña y caminaba encorvada, portando una antorcha. Yo la seguía, tratando de no perderla, ya que no había más luz en aquel lugar que la que ella llevaba. La anciana no decía una palabra. Lo único que se escuchaba en aquel lugar era el ruido de nuestros pasos sobre el suelo de roca.

En el lado derecho del camino se alzaban puertas, una cada pocos metros. Eran puertas de madera oscura y envejecida. En cada una de ellas había una cerradura de hierro oxidado. La mujer caminaba sin prestar atención a aquellas puertas cerradas, pero, de vez en cuando, se detenía frente a una de ellas, rebuscaba en el enorme llavero que llevaba a la cintura y la abría para mí. Una vez abierta, se retiraba un par de pasos y me dejaba mirar.

Detrás de cada puerta había un mundo diferente, una historia que contar. Había dragones luchando contra vaqueros, jóvenes perdidamente enamorados, una mujer prehistórica abducida por extraterrestres, un demonio expulsado a la tierra… Yo miraba cada una de las historias y negaba con la cabeza. La anciana esperaba a que yo le diese una explicación. “Esta historia ya está contada”, “ésta no me gusta”, “no sabría cómo contar esto”… Tras darle mi explicación, la anciana cerraba la puerta y continuábamos andando.

Yo empezaba a ponerme nerviosa, pensando que quizá la historia que necesitaba estaba en alguna de las puertas que habíamos dejado atrás y que la anciana no había abierto o que quizá ni siquiera estaba dentro de este laberinto. Y ahí se acababa el sueño.

Sé lo que significa. Durante los dos últimos años siempre he tenido una historia que escribir. Primero tenía que terminar Viajes a Eilean y, antes de terminar La ley de lo triple, me llegó la idea para escribir Zhilan. Pero ahora que la he estrenado, no tengo nada. Es una sensación rara e incómoda y hace que me entre el miedo de que quizá ya no haya más.

Sé que es ridículo, que encontraré más historias, pero espero que no tarde mucho. Me siento rara sin darle vueltas a la cabeza, sin crear personajes, planear escenas o mantener diálogos en mi cabeza. Espero que la vieja de mi sueño vuelva una de estas noches y por fin me guíe hacia la puerta correcta. Nunca me ha gustado estar pérdida en laberintos.

Sueño que no puedo dormir

Ya sé que esta entrada no casa muy bien con el tema general del blog, que suele estar centrado en noticias literarias y en las cosillas que me pasan como autora autopublicada. Pero, como ya os hablé otra vez de mis problemas de sueño y ando algo preocupada con este asunto, os lo comento.

Tengo la sospecha de que los últimos días sueño que no puedo dormir. Son sueños muy vívidos, con todo tipo de detalles: que si me pica un pie, que si me molesta la manta, que si ahora tengo frío, que si ahora tengo calor, que si los gatos no me dejan sitio, que si ahora me pongo a pensar en lo que tengo que hacer al día siguiente, que si se me ocurre una escena para una novela… Es decir, me paso la noche haciendo exactamente lo mismo que haría una persona con insomnio, pero creo que en realidad estoy dormida, soñando que tengo insomnio. De hecho creo que ni siquiera me daría cuenta de que es un sueño si no fuera por dos factores: Sigue leyendo