El paciente de la 301

05

—    Sigo sin poder dormir bien— el paciente se gira hacia mí con ojos implorantes.
—   Si quiere, puedo recetarle unos tranquilizantes.
— No, no es eso. No puedo dormir, pero no quiero. Necesito que me quite toda la medicación. Me atonta demasiado y me quedo adormilado por las esquinas— el hombre clava sus ojos en el techo y suspira, desesperado—. Cada vez que me duermo, aunque sea por unos instantes, el monstruo se acerca.

Asiento y, sin dejar de mirarle a los ojos, escribo en mi informe “Recaída en los delirios psicóticos. Aumentar dosis de haloperidol”. Después le sonrío, tratando de mostrarme comprensivo.

— Sabe que son sólo sueños, ¿verdad? Por muy terribles que sean, no pueden hacerle daño.
— Sí que pueden— el sudor ha comenzado a resbalar por la cara del paciente y su respiración es cada vez más rápida—. Es lo mismo que le pasó a mi mujer. Yo tampoco la creí cuando me lo contaba. Pensé que estaba loca y no la ayude. Y ahora está muerta.

Me gustaría seguir mostrándome comprensivo, pero no soy capaz. No después de haber visto las fotos del crimen. El cuerpo de la mujer estaba tan destrozado que parecía haber sido atacado por animales salvajes. Golpes, mordiscos, arañazos… Una auténtica carnicería perpetrada por el hombre que ahora está sentado frente a mí, temblando en la silla mientras me mira con ojos suplicantes.

— Sé que usted puede ayudarme. Seguro que tiene alguna droga capaz de mantenerme despierto.
— Eso no sería bueno para usted. El sueño es un componente esencial para el equilibrio psicológico. No dormir sólo empeorará su enfermedad…
— ¡Yo no estoy enfermo!— el hombre se pone en pie y golpea con ambas manos sobre la mesa de mi despacho—. El monstruo es real y vendrá a por mí. Me atrapará, igual que la atrapó a ella.
— Por favor, tranquilícese y vuelva a sentarse— pulso con disimulo el botón que sirve para llamar a seguridad—. Ese monstruo no existe. Es solamente una proyección de su mente para combatir el sentimiento de culpabilidad por haber matado a su mujer.
— ¡Yo no la maté!— el hombre se inclina hacia mí sobre la mesa. Está tan cerca que diminutas gotas de su saliva me salpican las gafas cuando grita.
— Estaban ustedes solos, en una casa cerrada con llave. Su sistema de alarma no se activó y ningún vecino ni cámara de seguridad de las cercanías vio a nadie sospechoso— intentó que mi voz suene relajada y firme, pero las imágenes del crimen vuelven a mi mente. Sé lo que ese hombre es capaz de hacer sin llevar ningún arma encima. Espero que los de seguridad lleguen pronto—. La mejor manera de hacer desaparecer a ese monstruo es que usted empiece a aceptar lo que hizo.
— Yo no hice nada. Fue él— el hombre se derrumba en su silla y empieza a llorar como un niño, tapándose la cara con las manos—. Fue el monstruo. A mi mujer le habló de él una compañera de trabajo que también murió. Todo el que sabe de su existencia muere…

La puerta de la consulta se abre y entran dos hombres vestidos de blanco. Mi paciente los mira y solloza con más fuerza, pero se deja llevar sin ofrecer resistencia. Cuando salen, entra una de las enfermeras.
— ¿Cuánto tiempo lleva sin dormir el paciente?— le pregunto.
— Unos tres días.
— Sédenlo. Su estado está empeorando por la falta de sueño.

Ella asiente y sale de la consulta. Me reclino en mi sillón, me quito las gafas y me froto los ojos. Estoy agotado. Demasiados pacientes para pocos psiquiatras. Por suerte, éste era mi último caso de hoy. Sólo me queda revisar unos expedientes y podré marcharme a casa.
Ya estoy terminando mi trabajo cuando la enfermera vuelve a entrar sin llamar siquiera a la puerta. Está pálida y sus ojos están tan abiertos que parece que se le van a salir. Se queda plantada en el umbral, sin decir nada.

—    ¿Qué es lo que pasa, Ana?— le pregunto, levantándome del asiento.
— El paciente de la 301 está muerto— su voz es muy aguda, cercana a la histeria—. Le sedamos como nos dijo y ahora está muerto.
— No puede ser. Han debido confundirse con la dosis de la medicación.
— No, no es eso— ella me toma la mano y tira de mí—. Tiene que verlo.

Me lleva a la carrera hasta la habitación. Hay un montón de enfermeras y celadores apiñados junto a la puerta, tratando de encontrar un hueco para asomarse por la ventanilla de cristal. Cuando llego, todos se apartan y me dejan paso. Nada más mirar por el cristal, siento que mi corazón se salta unos latidos. Todo está lleno de sangre: la cama, las paredes, el techo…

Abro la puerta y doy un par de pasos dentro de la habitación. El cuerpo que descansa sobre la cama es irreconocible, un amasijo de sangre, piel desgarrada y vísceras. Notó una mano en mi brazo y me giro.

—    No debería entrar ahí hasta que llegue la policía— me sugiere uno de los celadores.

Las siguientes horas son un caos. La policía me interroga una y otra vez. En sus ojos veo que están haciéndose las mismas preguntas que yo me hago. La hipótesis del suicidio ha sido descartada de inmediato. Es imposible que alguien pueda hacerse eso a sí mismo, más aún estando sedado, pero, ¿cómo es posible que ese paciente haya sido asesinado en una habitación cerrada dentro de una prisión psiquiátrica de máxima seguridad?

Ya es noche cerrada cuando consigo volver a casa. Me tomó un vaso de leche caliente antes de irme a la cama. Después de lo que he visto hoy, no podría comer nada más. A pesar de que doy muchas vueltas y de que mi cerebro se niega a desconectar, al fin consigo quedarme dormido.

Me despierto de madrugada, aterrado y tembloroso, cubierto por una fría capa de sudor. He soñado con el monstruo. No lo he visto muy bien, estaba muy oscuro. Sólo sé que, para cuando conseguí despertarme del sueño, ya estaba un poco más cerca.