Parte I. La profecía. Capítulo 3: El espejo de la verdad (Páginas 19-20)

 

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Luna aceptó con un gesto de la cabeza, intentando parecer más segura de lo que se encontraba. Trajeron el espejo y lo colocaron a su lado. Luna se puso frente a él, con la cabeza erguida. La mujer colocó las manos en sus hombros y cerró los ojos, concentrándose.

Luna observó su reflejo, sintiéndose más segura al ver que los segundos pasaban y no sucedía nada. Entonces sintió que un escalofrío recorría su columna. La imagen de la vidente, situada a su espalda, fue difuminándose hasta desaparecer por completo. Luna tuvo que girarse para comprobar que la mujer seguía allí. Cuando volvió la vista hacia el reflejo, observó que todo había cambiado. El espejo le mostraba una cama, una ventana abierta por la que se filtraba la tenue luz del atardecer. Reconoció el lugar, era su habitación de la posada. La puerta se abrió y ella entró corriendo, con los ojos arrasados en lágrimas. Se tumbó sobre la cama y enterró la cabeza en la almohada, tratando de ahogar los sollozos que sacudían todo su cuerpo. ¿Qué era lo que habría sucedido para que se encontrase tan triste, tan desesperada? Sintió que el estómago se le encogía por el miedo.


Volvió a girarse hacia la vidente y asintió con la cabeza, indicándole que estaba dispuesta para la prueba. La imagen de la habitación desapareció para volver a mostrar la figura de Luna. Poco a poco, su reflejo fue cambiando. Sus caderas se ensancharon, su pecho creció, su cara se redondeó. Los años pasaron en cuestión de minutos. Aparecieron las primeras arrugas y en su cabello brillaron algunas tímidas canas plateadas. A pesar de estar hipnotizada por lo que el espejo le mostraba, notó el revuelo a su alrededor. Los murmullos fueron haciéndose cada vez más altos, algunos de los consejeros bajaron de sus gradas hasta el círculo para contemplar de cerca la transformación.

La vidente soltó los hombros de Luna y se separó unos pasos, con un gesto de incomprensión en la cara. Luna agradeció que su imagen en el espejo volviese a ser la acostumbrada, no tenía ninguna curiosidad por saber cómo sería con ochenta años. O lo que era peor: no quería saber en qué momento la imagen desaparecería porque ella ya no existía.

— Esto confirma que podrías ser la elegida que Aradia estaba buscando— Nélida también se había acercado y contemplaba fascinada el espejo, a pesar de que ya no reflejaba nada inusual—. Te rogamos que seas nuestra invitada hasta que reflexionemos y podamos daros una respuesta.
— No soy ninguna elegida— insistió Luna—. Ya hemos explicado que cruzamos mediante un hechizo y que lo único que queremos es volver a casa.
— Intentaremos también dar respuesta a esa cuestión— respondió Nélida, antes de volverse hacia Emma—. ¿Te importaría que lo comprobásemos también contigo?

Emma se acercó con paso vacilante hacia el espejo. Luna se apartó y dejó que ocupase su lugar. Su tía le lanzó una mirada asustada y ella le contestó con una sonrisa tranquilizadora. No era agradable ver como envejecías pero serviría para que aquella gente se diese cuenta de que no tenían nada que ver con los delirios de Aradia. Cuando viesen que la figura de Emma también cambiaba, comprenderían que no era posible que las dos fuesen las elegidas de la profecía y que el hecho de que estuviesen allí se debía a una simple casualidad.

El silencio había vuelto a adueñarse de la sala. Todos contemplaban expectantes el reflejo del espejo, mientras la vidente posaba las manos sobre los hombros de Emma y cerraba los ojos para concentrarse. Pasó un minuto y después otro y otro. Y la imagen no cambió.

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