Parte I. La profecía. Capítulo 2: Un paseo por Poscait (Páginas 7-8)

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Empezaba a anochecer cuando por fin divisaron la ciudad de Poscait desde lo alto de una loma. Después de tres días a caballo, Luna sintió ganas de bajarse y besar el suelo. La perspectiva de una cama blanda y una cena caliente hizo que animase a su caballo a seguir la marcha, a pesar de que sus tres acompañantes se habían detenido. A regañadientes, refrenó a Lodden y se paró a mirar qué era lo que les retenía.

Al instante comprendió las caras de admiración de Emma y Deneb. La visión de Poscait desde lo alto era impresionante. Había esperado una ciudad medieval amurallada, con sus edificios modificados por la magia al igual que en Cathcaill, pero aquella ciudad era muy diferente. La mayoría de los edificios eran bajos y se desperdigaban por todo el valle, dejando entre ellos salvajes prados, pequeños y oscuros bosquecillos o cuidados jardines. Las casas estaban construidas con piedras verdosas, amarillas o pardas, integrándose perfectamente con el paisaje. A la luz del crepúsculo el agua de sus múltiples lagos y riachuelos lanzaba reflejos dorados, haciendo que toda la ciudad pareciese brillar como una pequeña joya. En el centro se alzaban varias torres que parecían resplandecer y cambiar de color dependiendo del ángulo desde el que se mirase.

— Bienvenidas a Poscait, la joya de Tirean— exclamó Arne con un gesto teatral—. Siempre que acompañó a alguien y se queda tan embobado como estáis vosotras ahora, me entristezco por ser ciego.
— Es una preciosidad— exclamó Luna, sorprendida—. ¿Por qué brillan tanto los edificios? ¿Es magia?
— No, esta ciudad es un tributo a la diosa y a los tesoros que depositó para nosotros en la naturaleza. Todos sus edificios están construidos con cuarzo de diversos colores encontrado en unas minas cercanas— explicó Arne—. Habéis tenido suerte de llegar a esta hora. Dicen que es el momento en el que Poscait está más hermosa.
— Sí, pero pronto anochecerá— le cortó Deneb, haciendo que su caballo volviese a ponerse en camino—. Será mejor que nos demos prisa.

Luna espoleó a Lodden y acompasó su paso al del caballo de Deneb, mientras seguía contemplando extasiada la ciudad. Le daba la impresión de estar en un sueño, de que algo así no podía existir.

— ¿Qué significa Poscait?— le pregunto a Deneb—. ¿Tiene algo que ver con el cuarzo, con el brillo o es algún nombre de la diosa?
— No, para nada…— contestó Deneb, riendo—. Significa “la gatera” en gaélico. Enseguida verás por qué.

Cruzaron un puente de piedras translúcidas de color verdoso cuyo brillo se confundía con el reflejo de las aguas, produciendo la impresión de estar volando. Según se iban acercando, Luna empezó a escuchar unos extraños sonidos, parecidos a los sollozos de varios niños. Fue a preguntar, pero Deneb le indicó con una sonrisa que le siguiera hacia un prado cercano. Cuando detuvieron los caballos, Luna se quedó tan sorprendida que durante unos segundos no supo qué decir.

En el prado correteaban cientos de gatos. Se perseguían unos a otros, saltaban o disfrutaban lánguidamente de los últimos rayos de sol. El aire estaba repleto de sus maullidos, bufidos y ronroneos.

— ¿Ves estos prados? Están repletos de nébeda, hierba gatera creo que la llaman— explicó Deneb, señalando divertido—. Se cree que estos gatos pudieron llegar aquí después de las persecuciones a los que se les sometió por toda Europa en la Edad Media.
— ¿Persecuciones de gatos?— preguntó Luna, confusa—. Eso sí que no lo había oído nunca.
— Sí, se les consideraba animales diabólicos, así que los aldeanos les buscaban por todos los rincones, los metían en sacos y los quemaban en las plazas de los pueblos— explicó Deneb.
— Pero si son adorables— dijo Luna, bajándose del caballo para acariciar a un gato gordo que se le había acercado e intentaba olisquearla—. Como me gustaría pillar a los que cometieron esas barbaridades.
— Tranquila, tuvieron su castigo— Luna se giró hacia Deneb, mirándole con curiosidad—. Menos gatos significan más ratas y más ratas significan más enfermedades. Se dice que aquellas cacerías indiscriminadas de gatos pudieron ser una de las causas de la extensión de la peste negra por Europa. Sea verdad o no, los primeros habitantes de Poscait cuentan que, cuando llegaron aquí, encontraron todo el valle lleno de esta hierba y repleto de gatos. Les pareció un buen lugar para vivir, sobre todo porque, como te habrá contado Arne, no hay muchos animales en Eilean y les resultó tranquilizador encontrar los mismos gatos con los que habían convivido en la Tierra. Construyeron sus primeras casas e intentaron convivir con ellos. Sin embargo, al de un tiempo se dieron cuenta de que aquello les volvería locos. Los gatos invadían las casas y les robaban la comida. Además, supongo que te estarás dando cuenta de que no debía resultarles nada fácil conciliar el sueño con este escándalo.
— ¿Y qué es lo que hicieron?— preguntó Luna mientras observaba divertida la persecución de unos cachorros.
— Quemaron los campos que rodeaban la ciudad, pensando que, si les quitaban la hierba, se marcharían buscando otro lugar— siguió contando Deneb—. Pero al llegar la mañana siguiente, los campos volvían a estar repletos de nébeda y los gatos seguían allí como si no hubiera sucedido nada.
— ¿En serio?— preguntó Luna, sorprendida—. Supongo que los dealbhanos tuvieron algo que ver con eso.
— Puede ser. Los gatos siempre se han considerado animales mágicos, quizá sean sus protegidos— Deneb le señaló riendo como un enorme gato negro se restregaba contra una de las plantas de manera lujuriosa antes de seguir hablando—. Los habitantes de Poscait intentaron acabar con las plantas pero, tras varios intentos, decidieron dejar de tentar a los seres que estuvieran protegiendo a los gatos. Crearon una barrera mágica alrededor de la ciudad que impide que llegué el sonido y eligieron a unos encargados de traerles comida todos los días para evitar que entren en la ciudad a robarla. Aún así, la ciudad está repleta de ellos.
— Menos mal que no soy alérgica— bromeó Luna. Deneb la miró desconcertada—. Es una enfermedad que hace que estornudes o que te pique todo. Cosas de mi tiempo.

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