Arcanos: Parte I. La profecía. Capítulo 1: El pacto (Páginas 5-6)

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Con mucho cuidado espoleó a Lodden para que se pusiera a la altura de Deneb. El chico giró la cabeza hacia ella y la miró con enfado. Después refrenó su caballo e hizo que se girara para que se dirigiese hacia Emma y Arne.

— Creo que sería bueno que hiciésemos un alto para comer— les dijo, señalando un prado cercano—. Ése podría ser un buen sitio.

Arne asintió y todos se dirigieron hacia allí. Deneb espoleó su caballo para llegar primero, se bajó de un ágil salto y, después de atar las riendas en una rama baja, se internó en el bosque.

— Voy a buscar leña— gritó antes de desaparecer.

Luna consiguió guiar hacia allí a su caballo y detenerlo. Se bajó rápidamente y salió detrás de él, decidida. No iba a permitir que Deneb siguiese comportándose con ella de aquella manera, así tuviera que perseguirlo por todo el bosque.

— Voy a ayudar a Deneb— gritó mientras se internaba en el bosque a toda velocidad para evitar que su tía pudiese poner alguna pega—. Volveremos enseguida.

Le buscó durante unos minutos sin éxito, hasta que le pareció escuchar el sonido de sus pasos más adelante. Corrió hacia él y le encontró apilando un gran fajo de ramas caídas. Él se giró al oírla llegar y frunció el ceño durante un segundo.

— Puedes ir llevando esta leña— le dijo, intentando simular que no pasaba nada—. Yo iré enseguida.
— No, no he venido hasta aquí a por leña— Luna se cruzó de brazos y le miró enfadada—. He venido para hablar contigo y no pienso marcharme hasta que lo consiga.
— Está bien— dijo él, soltando la leña y sentándose en el suelo—. ¿Qué necesitas hoy de mí? ¿Mi caballo, un mapa del castillo, la información que posea sobre las órdenes secretas del Consejo? Te advierto que sobre esto último no sé mucho. Mi hermano era muy discreto. Es una pena que no le hayan enviado a él para que puedas intentar manipularle.
— ¿A qué viene todo esto? Yo no he intentado manipularte— protestó Luna, dolida.
— No, por supuesto… La primera noche me convenciste de que me quedase porque te importaba que Arne y yo solucionásemos nuestros problemas. No tuvo nada que ver con el hecho de que, si yo me iba, no podrías utilizar el hipogrifo para intentar llegar a Cathcaill— Luna fue a protestar, pero él la interrumpió levantando la mano para pedirle silencio—. Y tampoco fue una manipulación que supieses conducir la conversación hacia los componentes del consejo de Aradia y sus poderes para poder trazar tu plan.
— No fue así. De verdad me preocupaba que arreglases las cosas con Arne y no quería que te marcharas— Luna se acercó un par de pasos, rogando para que él no huyera de nuevo.
— Claro, si me hubiese ido, no habrías tenido a quien robarle la bolsa— Deneb le lanzó una fría mirada.
— Toma tu bolsa— contestó Luna, metiendo la mano en el bolsillo y lanzándosela—. Te devolveré hasta la última moneda.

Deneb recogió la bolsa al vuelo y la sopesó, sorprendido. La abrió y miró dentro durante unos segundos. Cuando levanto la vista, la contempló asombrado.

— Espero que me invites al palacete que debes haberte comprado en Cathcaill— le dijo con una sonrisa irónica—. No pensé que quisieras irte a vivir allí.
— No entiendo lo que dices— respondió Luna, confusa—. Tan sólo le di unas monedas al tabernero que me indicó dónde encontrar un ilusionista y compré un hechizo para parecerme a Daiva.
— ¿Tú sabes lo que has gastado? Con ese dinero podrías haber vivido en Cathcaill durante meses. El sinvergüenza que hizo el hechizo para ti te engañó.
— No me engañó porque no me pidió nada— Luna se acercó aún más y se sentó junto a Deneb, avergonzada—. Yo fui ofreciéndole monedas para no quedarme corta. No pensé que me estaba gastando tanto dinero.

Deneb se echó a reír, cerró la bolsa y la dejó caer a su lado mientras negaba con la cabeza. Luna sintió que el calor subía por sus mejillas y apartó la cara para que él no lo notara.

— Te lo devolveré, lo prometo— insistió con terquedad.
— Vas a tener que trabajar mucho para eso— dijo él sin parar de reír—. No te preocupes, aún me queda bastante dinero.
— ¿Quiere esto decir que me perdonas?— preguntó Luna, esperanzada.
— No, me lo devolverás todo. No me habría importado regalarte ese dinero, pero no soporto que me robes y mucho menos que me mientas— dijo él, mirándola fijamente a los ojos.
— Tuve que hacerlo. No estabais dispuestos a ayudarme a rescatar a Emma— Luna desvió la mirada, recogió un palo del suelo y se puso a hacer dibujos en la tierra. No podía sostenerle aquella mirada azul sabiendo que él no estaba dispuesto a perdonarla—. No podía dejarla allí sabiendo que estaba en peligro de muerte.
— Lo comprendo— Deneb alargó su mano y agarró la de Luna para que dejase de dibujar en el suelo y le mirase—. Yo habría hecho lo mismo por la gente que quiero. Por eso voy a darte la oportunidad de hacer que te perdone y pagar tu deuda de un solo golpe.
— ¿En serio? ¿Qué tengo que hacer?— preguntó Luna, emocionada.
— Tienes que prometer que no volverás a mentirme ni a ocultarme tus alocados planes— dijo él, sonriendo con dulzura—. Si vas a volver a meterte en un lío, quiero que me lo consultes primero y que me des la oportunidad de hacer locuras contigo.
— ¿Durante cuánto tiempo tendría que cumplir para pagar la deuda?
— Para siempre— contestó él.
— Eso es muchísimo tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que sois inmortales— protestó Luna.
— Es que has gastado muchísimo dinero— contestó él, riendo—. No sé si preferirías cambiarlo por trabajar como criada para mí durante unos seis meses. Te advierto que soy muy desordenado.
— No lo creo, pero tampoco me querrías como criada— contestó Luna con una sonrisa—. Soy un desastre con las labores domésticas.
— Entonces, ¿aceptas mi oferta?— Deneb volvió a mirarla a los ojos—. ¿O tienes miedo a contraer conmigo un compromiso eterno?

Luna bajó la cabeza, sintiendo que volvía a sonrojarse. Por la manera en la que hablaba casi parecía que le estuviese ofreciendo matrimonio. No podía explicarse por qué su brillante mirada y su voz cálida y lenta le hacía sentirse tan torpe y nerviosa, ni por qué aquella sensación no le resultaba incómoda ni le hacía sentir ganas de alejarse de él.

— No, no me da miedo— contestó, apretando su mano para sellar el trato—. Deberías ser tú el que estuviera asustado de que intentase hacerte cómplice de mis locuras. ¿Amigos, entonces?
— Amigos— dijo Deneb, levantándose—. Y ahora deberíamos llevar esta leña antes de que Emma y Arne empiecen a preguntarse si hemos desaparecido.

Luna se levantó y recogió el haz de leña que Deneb había arrojado mientras él seguía buscando más. Caminó de vuelta al lugar en el que habían acampado, pero, tras avanzar unos pasos, se giró para contemplarle de nuevo. Sí, seguramente habría sido el chico más guapo del instituto, todas se habrían peleado por él como lobas. Se preguntó si en aquel mundo tendría tanta competencia y se encontró suspirando como una tonta. Se dio la vuelta antes de que él la descubriera espiándole a pocos pasos con cara de adoración, mientras se decía a sí misma que no debía tener aquellos estúpidos pensamientos. Había ido a Eilean para salvar a su tía y volver juntas a la Tierra. Sería mejor no complicar las cosas más de lo que ya lo estaban.

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