Arcanos: Parte I. La profecía. Capítulo 1: El pacto (Páginas 3-4)

Luna entró en la casa, emocionada por ponerse en camino. Encima de la mesa, Arne había dejado una mochila para cada uno de ellos. Luna la recogió, preguntándose qué podría meter dentro. Todas sus cosas estaban en Madrid. Metió el libro de las sombras que había traído de la Tierra. Ya que su tía tenía una copia idéntica que no podían explicar, le había regalado aquél para que lo utilizase como si fuera suyo. Además, le tranquilizaba saber que con él disponía de una manera de comunicarse con Emma si, por alguna razón, volvían a separarse. Se planteó qué más meter en la mochila y buscó debajo de la cama. Allí estaban las cuatro figurillas de barro que Deneb le había regalado. Pensó que le hubiera gustado tener también la figura de Olwen, no para completar la colección del “quinteto maléfico”, sino para tener la imagen de Deneb. Pero no encontraba la manera de pedírselo sin que quedara cursi y, además, no estaba segura de que él la hubiese perdonado. Sacó la rosa de plata que él había creado para ella y le dio vueltas entre los dedos, sonriendo. Era preciosa. Ningún joyero del mundo podría haber creado algo tan perfecto. Se la acercó a los labios, sin pensar en lo que hacía, casi asombrándose ante su frío tacto y su ausencia de aroma. Guardó la rosa con cuidado en la mochila y se metió en el bolsillo la bolsa de monedas que todavía no había podido devolverle, pensando que eran la excusa perfecta para volver a mantener una conversación. Cerró la mochila, se la colgó al hombro y salió de la casa para despedirse de Agnes. La dragona aún estaba muy débil para viajar y había decidido quedarse a vigilar la puerta por si alguien la cruzaba en ausencia de Arne.

Al cabo de unos minutos, escuchó los cascos de otro caballo acercándose por el camino. Besó a Agnes en el rugoso hocico y corrió a reunirse con los demás. Los caballos ya estaban ensillados y cargados. Emma ayudó a Arne a subir en el suyo y después montó con agilidad.

— ¿Sabes montar a caballo?— le preguntó Luna con envidia.
— Por supuesto, llevo toda la vida viviendo en el campo— contestó su tía—. ¿Necesitas ayuda?

Luna negó con la cabeza y se acercó, felicitándose por haber elegido un caballo bajito en lugar de alguno de los espectaculares sementales que Arne había invocado aquella mañana. Buscó con la mirada a Deneb, esperando que él se ofreciera a ayudarla, pero el joven apartó la mirada e hizo que su caballo se girara hacia el camino, dándole la espalda. Luna resopló, pensando que no era la única del grupo que se comportaba de forma inmadura. Irguió la cabeza con decisión, se agarró con fuerza a las riendas rogando para que Lodden no se moviera y se encaramó de un salto. A pesar de no sentirse muy segura, consiguió mantener el equilibrio y se puso en marcha detrás de Deneb.
La primera hora fue una tortura. Aunque avanzaban despacio, le costaba muchísimo mantener el equilibrio encima de aquel animal que botaba sin parar un segundo e intentaba salirse continuamente del camino. Mientras observaba con envidia el tranquilo caballo de Arne, pensó con amargura que debería haber elegido un caballo menos juguetón. Sus tres compañeros de viaje no parecían tener ninguna dificultad, como si llevaran toda la vida montando. Arne y su tía disfrutaban del paseo mientras charlaban animadamente y Deneb parecía haber nacido con un caballo entre las piernas. Su pose era tan elegante como la de los caballeros de las películas, con su pelo rubio brillando bajo los rayos del sol, su capa ondeando al viento… Parecía la encarnación de un príncipe azul. Era una pena que ella se asemejase más a una rana botando sobre la grupa del caballo que a una princesa de cuento.

Poco a poco, empezó a pillarle el truco a mantenerse en equilibrio e incluso consiguió que Lodden obedeciese las órdenes que le daba con las riendas. Consiguió por fin erguirse sobre la silla y contemplar el paisaje por el que pasaban. El lugar era muy hermoso: suaves colinas, praderas verdes cuajadas de flores hasta donde alcanzaba la vista, el cielo más brillante y azul que hubiera imaginado jamás… De vez en cuando, cruzaban pequeños bosques que les refrescaban, con el suelo cubierto por un colchón de agujas de pino. Luna intentaba observar cada detalle: las setas que crecían en los rincones oscuros y húmedos, el sonido de los riachuelos, las carreras de los animales que se ocultaban a su paso, el aroma del aire, tan limpio que estaba segura de que debía sentarle mal a sus pulmones urbanitas… Nunca, ni siquiera cuando paseaba por los bosques de Estella, había estado en un lugar tan bello, tan puro, tan ausente de la corrupción que el ser humano dejaba a su paso. Comprobar que, por mucho que alejase la vista, sus ojos no tropezaban con ninguna línea de tendido eléctrico que cortase el cielo como una cuchillada y que, por mucho que aguzase el oído, el viento no traería el sonido de ningún motor, le hacía darse cuenta de que estaba en un mundo extraño y lejano. Esa sensación se acrecentaba por el brillo inusual de las hojas, por los colores demasiado vivos de las flores, por una especie de chisporroteo en el aire que la hacía sentirse más despierta que nunca en su vida. Se preguntó si se debería a la magia que impregnaba Eilean, si sería tan fuerte como para que alguien tan torpe como ella pudiera sentirla invadiendo todo su cuerpo.

Pasaron un par de horas más siguiendo la misma formación. Luna echó la vista atrás y contempló con envidia como Emma y Arne seguían conversando. Parecía que ella, después de haber conseguido explicarle el funcionamiento de los trenes y los coches, intentaba convencerle sin mucho éxito de que los enormes aviones de metal cargados con cientos de personas eran capaces de mantenerse en el aire. Daba la impresión de que podrían pasarse horas hablando sobre aquello y no le apetecía meterse en su conversación, pero empezaba a cansarse de no tener a nadie con quien hablar. Volvió a mirar a Deneb, planteándose que él debía de estar tan aburrido como ella y que, por muy enfadado que pudiese haber estado, agradecería un poco de entretenimiento.

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