Cordón de plata (2/2)

 

gato y árbol

Lo repitieron varias noches pero pronto Mikel empezó a cansarse de aquellos paseos sin sentido. Sabía que había un lugar al que debía ir y que no podía seguir retrasándolo más tiempo. Así que aquella noche, en cuanto entró en el cuerpo del gato, se dirigió hacia la carretera general, rumbo a su casa.

Tras correr durante algunos kilómetros, empezó a reconocer los edificios de su barrio. La panadería, el estanco, el bar de Manolo… Ya casi estaba llegando, pero, cuanto más cerca estaba, más ganas tenía de dar la vuelta, volver a la prisión y dejar las cosas como estaban. ¿De qué le iba a servir saber? Seguramente lo que descubriese sólo le haría más daño.

De repente se encontró frente al pequeño jardín de su casa. Todas las luces estaban apagadas y no percibió ningún sonido o movimiento. Corrió por el césped y trepó hasta el segundo piso por el fresno que crecía pegado a la fachada. Las ventanas estaban abiertas. Se quedó sentado en una rama, frente a la ventana de Lucía, escuchando con atención. Sus nuevos sentidos felinos le confirmaron lo que ya sospechaba: escuchaba claramente el sonido de dos respiraciones y bajo las sabanas se distinguían los bultos de dos cuerpos. Aquella era la verdadera razón de que le hubiese dicho en su última carta que no iba a visitarle más, que no podía seguir esperándole, que era mejor para la niña que se olvidasen de él y ambas empezasen una nueva vida.

En aquel momento surgieron unos gritos agudos de la habitación de al lado. Alba, su pequeña, gritaba asustada pidiendo ayuda. Tuvo que recordarse a sí mismo que tenía aspecto de gato para no saltar por la ventana y entrar en la habitación. Saltó a la rama más próxima y se quedó observando.

Lucía entró a la carrera y encendió la luz. Alba lloraba, agarrándose con fuerza al osito de peluche que él le regaló en su segundo cumpleaños, con los ojos muy abiertos clavados en la puerta del armario.

– ¿Qué pasa, Alba?- Lucía se sentó en la cama y le acarició el pelo.

– Hay un monstruo en el armario- explicó la niña, abrazándose a ella.

– Ya te he dicho que no hay ningún monstruo, que sólo existen en los cuentos- Lucia intentó tranquilizarla y volvió a tumbarla en la cama-. ¿Quieres que lo compruebe de nuevo?

La niña asintió y Lucía se acercó al armario, abrió la puerta y miró dentro durante un largo rato.

– Lo que te decía: no hay nada- se acercó a la niña, sonrió y le dio un fuerte beso en la mejilla-. He mirado hasta en la última rendija. ¿Podrás dormir ahora?

– Sí, pero déjame la luz encendida.

Lucía se despidió de ella y salió de la habitación, dejando la luz encendida y la puerta entornada. Mikel cambió de posición en el árbol para mirar la otra habitación. Un hombre moreno y fuerte al que no conocía estaba sentado en la cama, fumándose un cigarrillo. Debía ser uno de los compañeros de trabajo de Lucía, aquellos que le mandaban todo el día chistes al móvil y que siempre estaban invitándola a tomar una copa a la salida. Ella siempre insistía en que aquello no significaba nada pero él también era hombre y sabía perfectamente lo que significaba. Habían estado revoloteando alrededor de ella como buitres, esperando a que él la cagara y la dejara libre. Y aquel baboso lo había conseguido.

– ¿Ya está?- preguntó el hombre, estrujando su cigarrillo contra el cenicero según Lucía entró por la puerta-. ¿Se va a poder dormir en paz alguna noche en esta puta casa?

– No te pongas así- le dijo ella, metiéndose de nuevo en la cama-. La niña lo está pasando muy mal con lo de su padre y con que tú vivas aquí ahora. Son muchos cambios.

– Su padre lleva tres años en la cárcel. Seguro que ni se acuerda de él- el hombre se tumbó y apagó la luz de la mesilla-. Un par de ostias bien dadas es lo que necesita para que se le pase tanta tontería.

Mikel esperó la respuesta airada de Lucía pero no se produjo. Ella se limitó a meterse en la cama y apagar la luz, sin decir absolutamente nada para defender a su pequeña. Sintió que la furia crecía en su interior y tuvo ganas de matar a aquel desgraciado. Pero, en lugar de eso, volvió a acercarse a la otra ventana para contemplar a su niña.

Alba no dormía. Estaba sentada en la cama, mirando hacia la pared que conectaba con la habitación de su madre con una expresión muy triste. Seguramente lo había oído todo.

Mikel no pudo aguantarlo más y, de un salto, se plantó en el alfeizar. Alba giró la cabeza al oírlo aterrizar y, en cuanto le vio, una enorme sonrisa se dibujó en su cara. Siempre le habían encantado los gatos.

La niña salió de la cama y se acercó a la ventana despacio, intentando no asustarle. Él se mantuvo muy quieto y, cuando ella le puso la mano encima, ronroneó y se estremeció ante su contacto. Alba le cogió en brazos con esfuerzo y se lo llevó, dejándole con cuidado en mitad de la cama. Cuando ella se sentó, con las piernas cruzadas sobre la cama, él se subió encima para que ella lo abrazase.

– Eres un gato muy bonito. Ojala mi mama y Jon me dejen quedarme contigo- le dijo la niña mientras le acariciaba la cabeza-. Te llamaré Hugo y podrás quedarte en mi habitación y yo te cuidaré. Puedo darte de comer y peinarte y hablar contigo y así siempre seremos amigos y nunca estaremos solos.

– Alba, ¿con quién hablas?

Desde la otra habitación se escuchó como Lucia volvía a salir de la cama, junto con una maldición entre dientes de su acompañante. Mientras los pasos de Lucía se acercaban a la habitación, Mikel pensó en volver a escapar por la ventana pero algo le hizo quedarse quieto y esperar.

Lucía abrió la puerta y soltó un grito ahogado.

– Cariño, ¿qué es eso?

– Es mi gato. Se llama Hugo- explicó Alba, apretándole aún más contra su cuerpo-. Ha entrado por la ventana para quedarse conmigo.

– No puede quedarse aquí, Alba. No sabemos si tiene enfermedades o si te podría arañar.

– No araña. Es muy bueno y se deja tocar. Mira- Alba le achuchó y él se esforzó por poner lo que esperaba que fuese una cara de gato adorable-. Me va a cuidar para que no esté sola y no tenga miedo a los monstruos. ¿Puedo quedármelo, por favor, por favor, por favor?

– Lo hablaremos por la mañana- Lucia abrió el armario, sacó una manta y la colocó en el suelo, al lado de la cama-. Pero esta noche duerme en el suelo, hasta que lo llevemos al veterinario.

Lucía salió de la habitación y, en cuanto cerró la puerta, Mikel volvió a subir de un salto a la cama. Alba le abrazó contenta. Ella también había notado que su madre iba a permitir que se quedara.

Se tumbó al lado de su pequeña, restregando el morro contra sus mejillas hasta que se quedó dormida. La contempló durante horas, agradeciendo aquel regalo del cielo.

Le quedaban doce años de cárcel. Cuando saliese, ella tendría diecisiete y habría pasado toda la vida sin él, le habrían envenenado en su contra y pensaría que ya no le necesitaba, que no le quería en su vida. Su lugar habría sido ocupado por el hombre que ya había invadido su sitio en la cama de su esposa o por cualquier otro. Fuese quien fuese, ninguno la querría como él la quería, ninguno querría protegerla como él lo haría.

Las primeras luces del día empezaron a colarse por la ventana. Si quería volver antes de que se diesen cuenta en la cárcel, tenía que marcharse ya. Miró el cordón de plata, que se extendía durante kilómetros brillando tenuemente, marcando el largo camino hacia su cuerpo. Ya no le apetecía seguir aquel camino, había encontrado su sitio. Agachó la cabeza y cortó con sus colmillos el cordón de plata.

 

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Una respuesta a “Cordón de plata (2/2)

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