Cordón de plata (1/2)

viajes astrales
El sonido de unos pasos acercándose por el corredor le hizo levantar la mirada de la carta y frotarse los ojos para eliminar las lágrimas que le escocían en los ojos.
Mikel respiró un par de veces y se acercó a la puerta de la celda para dar la bienvenida a Bernardo. No necesitaba verlo para saber que era él. El chirrido de su carrito de libros, semejante a los gritos de un perro atropellado, era inconfundible. El viejo se acercaba cojeando directamente hacia su celda. La lectura no tenía demasiados aficionados en el resto del corredor.
Bernardo se acercó sonriendo, echó un vistazo a la carta que Mikel conservaba entre las manos y a su semblante serio y decidió no hacer preguntas. Rebuscó en su carrito y sacó un libro que le tendió.
– ¿Proyección astral y viajes fuera del cuerpo?- Mikel torció el gesto tras contemplar el título del libro- ¿No tienes nada mejor?
– No tengo nada más. Es el único libro que queda en la biblioteca que aún no te has leído. Nunca pensé que nadie pudiese leer tanto en sólo 3 años.
– Tengo mucho tiempo libre aquí dentro- respondió Mikel, sonriendo.
– Lo sé pero aún te queda por pasar mucho tiempo más- le dijo Bernardo-. Quizá deberías decirle a alguien de fuera que te traiga algunos libros nuevos.
Mikel observó la carta que aún mantenía en la mano, la arrugó un poco más y negó con la cabeza.
– Ya no me queda nadie fuera- dijo con tono amargo-. Déjame el libro ese. Lo leeré de todas formas.

La noche, su gran enemiga, había vuelto a adueñarse de la prisión. El silencio sólo se quebraba por el eco de los pasos de los vigilantes, los ronquidos de algún preso y los lloros y murmullos de Elías, el ocupante de la 213, que estaba totalmente loco y se pasaba las noches hablando con su madre muerta. Los primeros días ese soniquete continuo le había puesto los pelos de punta pero ahora le tranquilizaba saber que no era el único que pasaba las noches en blanco.
Desde la adolescencia había tenido problemas para dormir pero, desde que ingresó en prisión, el insomnio se había convertido en una tortura. Las mejores noches conseguía dormir dos o tres horas pero, la mayoría de las veces, tenía que conformarse con media hora, un cuarto de hora o incluso con una noche entera sin pegar ojo. Siempre estaba cansado, dolorido y de mal humor pero lo peor eran los cálculos que su cabeza se empeñaba en hacer. Le quedaban doce años en aquel lugar. Teniendo en cuenta que casi no dormía, la condena se alargaba casi hasta dieciséis.
Aquella noche hacía mucho calor. Las sabanas se le pegaban al cuerpo y tenía la piel empapada y pegajosa. Se sentó en la cama, resignado. Ese tipo de noches era imposible dormir y lo sabía. No serviría de nada quedarse en la cama fingiendo que estaba a gusto y que al final dormiría. Se levantó y se acercó a la ventana, buscando sin éxito un poco de brisa. Por encima del muro de la prisión se acercaba con andares dignos el fiel compañero de sus noches de vigilia: un gato enorme gris atigrado que se paraba frente a su ventana. Mikel pulsó el botón de la luz de su reloj: la una de la mañana, puntual como siempre.
Fijó su mirada en los ojos del gato, que brillaban como focos por el reflejo de la luz de las farolas. El gato le devolvió la mirada, aceptando el desafío. Permanecieron así varios minutos, como hacían todas las noches, hasta que el gato se dio por vencido y siguió su camino. Mikel no se alegró de haber vencido la partida de nuevo. Era lo normal. El gato tenía lugares que visitar, comida que cazar, gatas que cortejar… Él no tenía nada más interesante que hacer en toda la noche que retar a un gato a un duelo de miradas.
Se apartó de la ventana, volvió a sentarse en su cama y encendió un par de velas. Sacó de debajo del colchón el libro que le había dejado Bernardo. Nunca le habían atraído las paparruchas paranormales pero al menos le entretendría hasta el amanecer. Se tumbó boca abajo en la cama y comenzó a leer.

Aquel día, por primera vez desde que ingresó en prisión, el día se le hizo largo esperando a que llegase la noche. El libro, que había estado devorando hasta que amaneció, estaba lleno de términos sin sentido: desdoblamiento, proyección fuera del cuerpo, cordones de plata que unían el ente astral con el cuerpo físico… Nada de aquello tenía fundamento para él pero había descubierto algo que quizá podría servirle. Para poder llegar a ese supuesto estado de desdoblamiento, había que conseguir una relajación muy profunda, una especie de autohipnosis. El libro explicaba perfectamente cómo hacerlo y comentaba que, con tan sólo quince minutos de mantenerse en ese estado, el cerebro descansaba como si hubieses dormido ocho horas. Aquello sí que merecía la pena probarlo y ardía en deseos de que se apagasen las luces del corredor para ponerse a ello.
Cuando la megafonía anunció que los presos podían volver a sus celdas, fue el primero en hacerlo. Repasó con cuidado todas las instrucciones para asegurarse de hacerlo bien. En cuanto las luces se apagaron, se tumbó en su cama y empezó a respirar de forma lenta y profunda y a imaginar que una luz cálida iba recorriendo sus miembros, haciendo que se sintiesen pesados y relajados.
No fue tan fácil como había imaginado. La sabana le daba calor y su simple roce en los dedos gordos de los pies hacía que no pudiese concentrarse, así que tuvo que retirarla. Cada vez que le parecía que empezaba a relajarse, empezaba a picarle algo. Incluso los pasos de los vigilantes y la cantinela de Elías le desconcentraban.
Pero poco a poco fue capaz de ir aislándose del mundo exterior. Empezó a visualizar realmente aquella luz brillante y cálida y a sentir como el sopor se adueñaba de su cuerpo. En aquel momento, realizó la última instrucción del libro: con los párpados cerrados, intentó girar los ojos hacia atrás, como si pretendiese echar un vistazo a su propio cerebro.
Y de repente, sin saber cómo, estaba fuera. Sintió un dolor agudo que habría calificado como un pinchazo en el estómago, si no fuese porque su estómago estaba un metro más abajo, junto con el resto de su cuerpo. Se contempló durante unos segundos, muerto de miedo.
Descansaba en la cama, con una expresión de paz y felicidad que no habría imaginado nunca en su rostro y, al mismo tiempo, una copia translucida de sí mismo flotaba cerca del techo de la celda. Ambas imágenes de sí mismo estaban unidas por un cordón plateado, que salía de sus respectivos ombligos. Aquello era ridículo, no podía estar sucediendo.
Pensó en volver inmediatamente al interior de su cuerpo y no volver a jugar jamás con aquellas cosas pero se le veía tan a gusto que pensó que no le vendría nada mal dejarse dormir un rato más. Miró hacia la ventana de la celda. El libro decía que, mientras el cordón de plata no se rompiese, podría volver a su cuerpo, así que, ¿por qué no aprovechar para dar una vuelta? Una oportunidad como aquella no se le presentaba todos los días.
Simplemente con pensarlo su cuerpo astral se aproximó a la ventana y la atravesó. Tumbado sobre la verja, como todas las noches, pudo ver al enorme gato gris. Pensó en acercarse a él, simplemente por la curiosidad de saber si el animal podía percibirlo pero algo debió fallar.
De repente el mundo se iluminó, como si fuese de día, y todo se tiño de tonos azules y verdes. Se quedó paralizado, preguntándose qué habría pasado, si le habrían descubierto y estaban iluminándole de pleno con uno de los focos de las torres de vigilancia. Pero la alarma no sonó y la prisión continuó silenciosa y adormecida. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que todas las farolas irradiaban una luz enorme, como si hubiesen aumentado veinte veces su potencia.
Aquello debía tener algo que ver con su viaje astral, aunque no recordaba haber leído nada al respecto en el libro. Se miró las manos, para ver si algo en él había cambiado, y estuvo a punto de caer de lo alto de la verja. Sus manos eran pequeñas, estaban cubiertas de pelo gris y terminaban en unas uñas largas y afiladas. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había sucedido. Al pensar en acercarse al gato, se había metido dentro.
Todo aquello era muy extraño pero, sin saber por qué, decidió probar qué se sentía. Después de todo, conocía a aquel gato desde hacía tres años, no era como invadir el cuerpo de un desconocido. Apoyándose en un canalón, descendió la verja en un par de segundos, sorprendiéndose de la agilidad con la que lo había conseguido. Por primera vez en años se encontró fuera de la prisión, con todo el mundo a sus pies.
Y lo aprovecho, vaya que sí lo aprovechó. Trepó a los tejados a contemplar la luna, corrió con todas sus fuerzas por las carreteras desiertas, se coló en un cementerio a cantar con otros gatos, se peleó con un par de ellos y consiguió ganarles, subió a los árboles, derribó cubos de basura… Cuando el horizonte empezó a mostrar los primeros tonos del amanecer, corrió de vuelta a la prisión, escaló la verja y se colocó frente a la ventana. En aquel momento recordó el cordón de plata. No había pensado en él en toda la noche y, seguramente, habría podido romperse con todas aquellas locuras. Pero no, allí seguía, uniéndole con su cuerpo que continuaba profundamente dormido en la cama. Imaginó que volvía y, en un segundo, abrió los ojos y contempló el techo de su celda. Se levantó de un salto y corrió hacia la ventana, temiendo que todo aquello sólo hubiese sido un sueño. El gato gris estaba allí, mirándole con una expresión que parecía de desconcierto. Mikel soltó una carcajada y le guiño un ojo:
– Muchas gracias por el paseo, compañero- se despidió mientras el gato desaparecía tras la verja-. Tendremos que repetirlo.

Anuncios

Una respuesta a “Cordón de plata (1/2)

  1. Pingback: ¡Feliz día mundial del gato! | La Red de Caronte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s