Segunda oportunidad (relato postapocalíptico 3/3)

camino

Tras un par de días por la A-8, llegamos a la entrada de Portugalete. El grupo se detiene, hay un par de personas a unos doscientos metros. Ellos también se han detenido y nos observan. Ordeno a los demás que me cubran, me cuelgo la escopeta a la espalda y avanzo lentamente hacia ellos con las manos levantadas.
Cuando me voy acercando descubro que son una pareja joven. Ella luce una barriga enorme, debe estar al menos de siete meses. Les sonrió, intentando tranquilizarles, mientras cubro los últimos pasos hasta ellos.
– Hola, soy Laura- les digo tendiéndoles la mano-. Mi grupo y yo nos dirigimos a Santurce.
– Yo soy Mikel y ella es mi mujer, Amaia- él me estrecha la mano como si estuviéramos en una reunión social, aunque no aparta los ojos de las oscuras bocas de las armas de mis compañeros-. Santurce no es un buen destino. Nosotros acabamos de huir de allí.
– El pueblo está dividido en dos grupos- interviene la mujer con voz temblorosa-. La gente se mata a tiros por las calles, las aceras están cubiertas de sangre y de cadáveres. Es un infierno…
– Habíamos pensado seguir el bidegorri y llegar hasta Muskiz para pasar a Cantabria- explica Mikel.
– Suena bien. Si queréis indicarnos el camino, quizá podríamos ir juntos un rato.
Me giro y hago un gesto a los demás para que bajen las armas. Amaia se acerca a mí, me coge la mano y la agarra con fuerza.
– ¿Podríamos unirnos a vuestro grupo?- me pregunta con ojos suplicantes.
Lo pienso durante un par de segundos. Más bocas que alimentar, más gente que proteger… Sin olvidar que el avanzado embarazo de Amaia será una nueva fuente de retrasos y problemas. Pero no puedo dejarles ahí. Asiento con una sonrisa mientras la conduzco hacia el grupo sin soltar su mano. Las mujeres se adelantan y le dan la bienvenida. Las oigo comentarle que no tiene nada de lo que preocuparse, que yo soy médico. Amaia se gira hacia mí y me mira como si estuviese frente a una aparición mariana. Espero que siga sintiéndose igual de feliz cuando le comente que no he asistido un parto en toda mi vida.
Veinte minutos después entramos en el bidegorri. Las nubes están empezando a dispersarse y el sol brilla con fuerza en un cielo azul brillante, trayéndonos el anuncio de la cercana primavera. Los niños corren tranquilos, recogiendo las primeras margaritas y dientes de león. La gente se ha dividido en grupos de dos o tres personas, que charlan animadamente con las escopetas colgadas a la espalda.
Me quedo parada en medio del camino, contemplándoles. Ya no parecemos zombies sin rumbo, casi da la impresión de que somos un grupo de gente normal que ha salido una mañana de domingo a dar un paseo con sus hijos. Durante un momento siento que todo va a salir bien, que lo conseguiremos, que esa carretera de asfalto rojo es nuestra versión del camino de baldosas amarillas.
Caminamos todo el día y llegamos a Muskiz al anochecer. El cielo continúa tan claro que decidimos acampar en la playa. Iker se acerca a mí para comentarme que es el cumpleaños de Lucía, su mujer, y que le gustaría prepararle algo especial. Aunque me sorprende que alguien siga llevando la cuenta del día en que estamos, le digo que le ayudaré. Envío a Lucia con el grupo que va a buscar agua mientras preparamos la cena. Cocinamos unas latas de albóndigas que encontramos en una pequeña tienda antes de salir de Bilbao e Iker saca de su mochila un bizcocho industrial que cogió en un supermercado hará más de una semana.
Cuando Lucía vuelve, la felicitamos y nos sentamos a cenar. La comida me parece buenísima, quizá lo mejor que he comido en mi vida. Y tras la cena, Iker aparece con el pastel, adornado con una solitaria vela. Todos cantamos cumpleaños feliz, sentados alrededor de la hoguera. Cuando terminamos de cantar, descubro a mucha gente intentando secarse las lágrimas disimuladamente. Iker le regala un anillo de madera que ha ido tallando él mismo, a escondidas en sus ratos libres.
– Sabes que últimamente estaba metiendo muchas horas extras en la empresa. La explicación es que quería llevarte a Paris por tu cumpleaños- le dice disculpándose-. Al final no ha servido de nada. Lo siento, tendrás que conformarte con esto.
– Esto es mejor- le dice ella, abrazándole-. Estamos vivos y estás conmigo. No deberíamos pedir nada más.
Un rato después, la gente empieza a acostarse. Los niños protestan porque quieren seguir corriendo por la playa y jugando con la arena pero acaban obedeciendo y en unos minutos están dormidos. La tranquilidad se extiende por el campamento.
Algunos seguimos sentados alrededor de la hoguera. Ha sido un día bonito y nos resistimos a dejarlo terminar. Iker y Lucía están sentados juntos, ella apoya la espalda en su pecho mientras él le rodea la cintura con los brazos. Lucía tiene la mano extendida y contempla el anillo de madera a la luz de las llamas, como si fuese lo más bonito que hubiese visto nunca. Alicia y Juan están sentados juntos y contemplan en silencio el cielo estrellado.
Oigo unos pasos y giró la cabeza. Carlos vuelve de su ronda tras comprobar que todos los vigilantes están en sus puestos. Se sienta a mi lado, tan cerca que me hace sentir agradablemente incómoda. Sé que no es momento para tonterías pero creo que le gusto y eso enciende una pequeña llamita en mi interior.
– Ha sido un buen día, ojalá todos fueran así- comenta Carlos y los demás asienten a sus palabras-. ¿A dónde vamos a ir ahora?
– Creo que la idea de Mikel y Amaia es buena- contesto mientras remuevo la hoguera con un palito-. Deberíamos seguir la costa de Cantabria buscando algún lugar en el que quedarnos.
– ¿Tú crees que encontraremos algo?- me pregunta Alicia.
Apartó la mirada de las llamas y les contemplo. No sé por qué hoy me siento tan optimista pero me parece que al fin estamos en el buen camino.
– Sí, es muy posible que en Cantabria encontremos algún pequeño pueblo abandonado o alguno con pocos habitantes en el que podamos quedarnos- les digo, sonriendo esperanzada-. Tampoco pedimos tanto. Un lugar con agua limpia para beber y regar los cultivos, el mar o un río en el que pescar, campos que cuidar, algunos animales…
– Va a ser muy divertido ver a un grupo de urbanitas intentando ordeñar una vaca o arar un campo- bromea Iker.
– Bueno, lo que no consiga uno, lo conseguirá otro. Es lo bueno de ser un grupo- me dejo caer hacia atrás, contemplando un cielo con una cantidad imposible de estrellas, imaginando ese lugar soñado.
– Es curioso- comenta Carlos con la mirada pérdida en el mar oscuro-. La humanidad se ha ido al garete, no tenemos nada y, sin embargo, me siento como si todo fuese correcto, como si las piezas por fin encajasen. ¿Crees que lo conseguiremos, que esta vez lo haremos bien?
Me incorporo de nuevo y miro alrededor antes de contestar. El cielo limpio, el mar en calma, los bultos de la gente dormida a unos metros… Sonrío de nuevo y estrecho la mano de Carlos.
– No sé si lo conseguiremos pero al menos ahora tenemos la posibilidad de intentarlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s