Segunda oportunidad (relato postapocalíptico parte 2/3)

ruinas2

Entramos en Bilbao por Atxuri y nos dirigimos hacia la Gran Vía. Sigue haciendo frío y el cielo continúa cubierto pero, al menos, ha parado de llover. Doy la orden de avanzar por la carretera, con los niños en el centro para evitar que vean con demasiado detalle los cadáveres que descansan dentro de los coches aparcados.
Todos los que llevamos armas nos colocamos en círculo, exhibiendo nuestras escopetas y pistolas. Hace ya muchos días que nos quedamos sin munición para la mayoría de ellas pero, si conseguimos parecer peligrosos, es posible que no tengamos que utilizarlas.
La carretera está cubierta de cristales rotos. El viento se cuela por las ventanas abiertas de los altos edificios, entonando un lamento fúnebre, y nos trae el aroma de los cientos de cuerpos en descomposición. No sé si el olor ya empieza a ser más débil o si se deberá al paso por tantas ciudades con la misma atmosfera, pero empiezo a considerarlo soportable.
Cuando empezamos a cruzar el puente del Arenal, Alicia se coloca a mi lado, a pesar de que le sobran muchos años y unos cuantos kilos para seguir mi paso. Está temblando, puede que de frío, puede que de miedo. Quizá por ambas cosas.
– No consigo acostumbrarme- su voz suena asustada pero intenta disimularlo con una forzada sonrisa-. ¿Hay algo más aterrador que una ciudad vacía?
– Sí, una ciudad que parece vacía pero que no lo está- le hago una seña con la cabeza para que siga mi mirada hacia una ventana. Ella se gira bruscamente y una mano invisible deja caer una cortina-. Nos observan desde hace rato. Hay muchos.
– ¿Crees que nos dejarán pasar?- pregunta, acercándose aún más a mí.
– Supongo que sí. No llevamos nada que les pueda interesar y estamos armados- sonrío a Alicia intentando tranquilizarla-. No les conviene meterse con nosotros. No pasará nada.
Carlos se acerca a nosotras, agarrando su escopeta con tanta fuerza que los nudillos se han vuelto blancos.
– He estado hablando con algunos de los hombres y creen que deberíamos entrar al Corte Inglés a buscar provisiones.
– El supermercado está en el sexto piso- contesto mientras niego con la cabeza-. No voy a permitir que nadie intente subir seis pisos en completa oscuridad sin saber qué puede haber ahí.
– Pero puede que haya muchísima comida- Carlos protesta pero afloja la presa que ejercía sobre su arma y su rostro se relaja. Intuyo que la idea de entrar no había sido suya.
– Y también muchísimos problemas- le sonrío mientras vuelvo a negar con la cabeza-. Ya lo decidimos hace tiempo. Sólo entraremos en edificios de los que podamos tener una buena visión desde la calle.
Carlos asiente y vuelve a ocupar su lugar en el círculo, tras cruzar unas palabras con algunos de sus compañeros. Algunos no ponen buena cara ante mi negativa pero no protestan y continúan avanzando.
– ¿Te sabes los números de piso de todas las secciones del Corte Inglés?- bromea Alicia a mi lado.
– No, por supuesto que no. Trabajaba ahí, de cajera en el supermercado.
Siento que mis mejillas arden al explicarlo. Siempre igual. ¿Por qué tengo que sentirme tan insegura? ¿Por qué siempre pienso que dejarán de considerarme una buena líder si descubren que en mi “vida anterior” yo era una persona mediocre, con una nomina miserable, que vivía de alquiler en un quinto sin ascensor?
– Yo creía que eras médico- contesta Alicia, avivando mis temores.
– Estudie medicina pero vosotros sois mis primeros pacientes- le digo casi disculpándome-. Nunca conseguí ejercer y había que pagar las facturas.
– Todos teníamos que hacerlo, cariño- Alicia me acaricia el pelo, como si hubiese leído mis pensamientos y tratase de devolverme la confianza-. Muchos teníamos demasiadas facturas que pagar y muy poco dinero para hacerlo. ¿Puedo contarte una cosa?
Yo me encojo de hombros y sigo vigilando las ventanas oscuras que se elevan al otro lado del puente. Alicia continúa sin hablar, así que la miro y la animo con una sonrisa.
– Juan perdió su trabajo hará más de tres años. Toda la vida como albañil y de repente todo eso terminó. Se quedó en la calle, con cincuenta y cinco años a cuestas y sin saber hacer otra cosa que poner ladrillos- suspira y clava la mirada en la espalda de Juan, que camina tres metros por delante, tratando de parecer peligroso a pesar de que la gorra que le cubre la calva le queda demasiado pequeña y de que su escopeta de caza parece tener más años que él-. Intentó encontrar trabajo durante muchísimos meses pero fue imposible. Al final, se convirtió en un fantasma. Se levantaba y se tiraba en el sofá durante todo el día, viendo cualquier cosa en la tele. Cuando yo me iba a la cama se quedaba allí, con la mirada pérdida. Y, cuando pensaba que yo me había quedado dormida, se ponía a llorar. Entonces llegó la carta en la que nos avisaban del desahucio. Tantos años trabajando para acabar en la calle… Durante muchos días pensé que se moriría de la pena o que cometería alguna locura. Me levantaba de la cama temiendo que lo encontraría muerto en el sofá. Pasaba las noches rezando para que sucediese algo, un milagro… Y entonces todo terminó- Alicia tomó aire antes de continuar-. Sé que todo esto es un infierno pero… de alguna manera… nos salvó.
Giro la cabeza hacia Alicia y descubro que ha bajado la mirada hacia el suelo y que ella también se ha sonrojado. Paso un brazo sobre sus hombros y la atraigo hacia mí.
– No pensarás que todo esto ha pasado por tus rezos, ¿verdad?- preguntó mientras la abrazo-. ¿No te sentirás culpable por ello?
Alicia levanta la vista de la carretera y vuelve a clavarla en Juan. Él parece sentirlo porque se gira hacia ella y sonríe. Las nubes grises se abren y los rayos de un pálido sol le iluminan. Durante unos segundos parece mucho más joven, un hombre fuerte e ilusionado capaz de luchar contra cualquier cosa y, durante esos segundos, descubro lo que Alicia vio hace muchos años en él, lo que sigue manteniéndola enamorada.
– Por supuesto que no me siento culpable por lo que pasó- contesta al fin Alicia-. Pero hay ocasiones en las que me siento culpable por alegrarme de que pasara.

Continuamos avanzando, acompañados por el sonido de los vidrios rotos bajo nuestras botas y las miradas evaluadoras de nuestros invisibles vigilantes. Al llegar a la plaza descubrimos una pila de cadáveres. Alguien intentó sin éxito quemarlos y sus miembros ennegrecidos se elevan hacia el cielo gris en una muda plegaria. Los niños empiezan a llorar, así que nos apresuramos a dejar atrás el macabro monumento mientras tratamos de tranquilizarlos.
Al aproximarnos al Corte Inglés, Carlos vuelve a acercarse a nosotras. Los hombres frenan su paso, atentos a nuestra conversación.
– Siento tener que insistir- Carlos me sonríe a modo de disculpa-. Casi no tenemos nada de comida para esta noche. Se supone que mañana nos pasaremos todo el día en la A-8 y, sinceramente, no creo que vayamos a encontrar mucha comida ahí.
– Encontraremos alguna tienda más segura en la que entrar- alzo la voz para que todos puedan oírme-. No sabemos lo que podemos encontrar ahí. Podríamos morir todos.
– Laura, por favor- insiste él-. Esto era Bilbao. Aquí vivían decenas de miles de personas. ¿De verdad crees que vamos a encontrar tiendas repletas de comida esperándonos a nosotros? Nuestra única oportunidad es que no se hayan atrevido a subir todos esos pisos y que quede algo allí.
Me sigue pareciendo una temeridad pero todos me miran impacientes. Sé que los hombres quieren intentarlo y que las mujeres no se resignarán a que sus hijos pasen hambre por mi decisión.
– Está bien. Si todos estáis de acuerdo, entraremos- voy recorriendo el grupo con la mirada-. Aunque creo que es una locura, os acompañaré. Hay más probabilidades de que quede algo de comida en los almacenes del supermercado y soy la única que sabe dónde están. Entraré con Carlos, Daniel y Alejandro.
Veo en los ojos que todos se sorprenden de mi decisión. Alejandro casi no sabe disparar y tiene tres hijos de los que cuidar, tres niños que se quedarían solos en el mundo si entrar ahí acaba siendo tan peligroso como les estoy diciendo. Alejandro ha adivinado perfectamente la razón de mi decisión: rencor, venganza por lo que sucedió en Basauri. No me siento orgullosa de lo que siento pero, al mismo tiempo, se trata de una lección que debe aprender. La última vez que desobedeció mis órdenes, uno de nuestros compañeros murió. Si quiere rebelarse, prefiero que lo haga ahora y que él siga su camino y nosotros el nuestro, antes de que nos cueste la vida de alguien más. Sin embargo no dice nada, clava su mirada en mí, recoge la escopeta que le tiende Iker y avanza con nosotros.

Contemplo las puertas reventadas del centro comercial. Más allá de las primeras escaleras todo se pierde en la negrura. Mientras subimos despacio los escalones cubiertos de basura y papeles, encendemos nuestras linternas para barrer los pasillos que se abren hacia nosotros. Me paró en el último escalón, avisando a los demás con un gesto para que hagan lo mismo. Espero durante un par de minutos, intentando que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. No queda nada del centro comercial ruidoso y siempre abarrotado, en el que se mezclaban cientos de voces con la música ambiente, donde se exponían brillantes y en perfecto orden todos los deseos de la sociedad capitalista. Ahora el lugar tiene la oscuridad, la amplitud y el silencio de una caverna. Los estantes están vacios. Una parte de la mercancía ha sido robada pero la mayoría yace esparcida y pisoteada por el suelo. Hemos pasado a un mundo en el que no sirve de nada llevar un reloj de oro o un bolso de marca, en el que una lata de conservas se ha convertido en una mercancía de mayor valor.
Cuando consigo que mis ojos se acostumbren a la penumbra indico a los demás que podemos seguir avanzando. Escoltados por los ojos muertos de los maniquís, caminamos esquivando sombreros, bolsos, carteras… El aroma de los cientos de frascos de perfume rotos inunda el ambiente. Su olor es tan fuerte que empalaga, me trae a la mente la imagen de ciénagas tropicales, de cementerios llenos de flores en descomposición.
Guio a los demás hacia las escaleras de emergencia que se encuentran al lado de los inutilizados ascensores. Carlos suelta una exclamación de asombro y salta la barra del estanco. Giro en todas direcciones, buscando la causa de su excitación pero no encuentro nada. Él ha abierto su mochila y la está rellenando a toda prisa con cartones de tabaco. Se encoge de hombros ante mi gesto de enfado.
– Venga, Laura- me dice, riendo-. Sólo por esto ya ha merecido la pena entrar aquí.
Su sonrisa me recuerda a la de un niño abriendo los regalos la mañana de navidad, así que le dejo hacer. Después de todo, a mí también me gusta fumarme algún cigarrillo de vez en cuando. Puede que el mundo se haya acabado pero cuesta trabajo perder las malas costumbres.
Cuando Carlos acaba de llenar su mochila, empezamos a subir las escaleras. Ya no entra nada de luz desde la calle y nuestras linternas apenas iluminan tres o cuatro escaleras por delante de nosotros. Todos avanzamos en silencio, tratando de no hacer el mínimo ruido. Percibo sus respiraciones ansiosas y entrecortadas y escucho como se descuelgan las escopetas y quitan los seguros. Al llegar a la primera planta barremos la oscuridad con los cañones de nuestras linternas, iluminando las decenas de maniquís que parecen observarnos, preguntándonos si alguno de ellos empezara a moverse en cuanto le demos la espalda.
Continuamos subiendo. Sin darnos cuenta, hemos comenzado a avanzar más rápido. Empiezo a pensar que no habrá nadie, que todos los pisos estarán abandonados pero, aún así, me muero de ganas de abandonar este silencio agobiante, este ambiente cargado. Ascendemos piso a piso, sintiendo en todo momento la opresión del edificio a nuestro alrededor, sumidos en el silencio de una gigantesca cripta. Empieza a darme igual si conseguimos comida o no. Sólo quiero acabar con esto y volver a estar a la luz del sol.
Entre el cuarto y el quinto piso me parece escuchar un susurro que proviene del final de las escaleras. Me giro hacia los demás y veo sus rostros en tensión. Ellos también lo han oído, no han sido imaginaciones mías. Apagamos las linternas y nos quedamos quietos. Permanezco en total silencio, intentando acallar el sonido de mi respiración y el alocado galopar del corazón en mi pecho. Vuelvo a escuchar algo: unos susurros acallados y otro sonido sinuoso que tardo unos segundos en ubicar. Es el roce de pies descalzos sobre una moqueta.
No sé qué decisión tomar y no puedo consultárselo a los demás sin que nos escuchen. Ni siquiera puedo ver su expresión en la más completa oscuridad. Me siento tan asustada que tengo ganas de alargar la mano y rozar a quien sea que esté a mi lado para no encontrarme tan sola pero permanezco quieta para no asustarles y hacer que nos descubran. Además, nunca me ha parecido buena idea alargar la mano en la oscuridad sin saber que puedes encontrar al otro lado.
Parece que los misteriosos habitantes que nos esperan al final de la escalera se encuentran tan confusos como nosotros. Se escuchan cada vez más susurros nerviosos y más pasos apagados. Deben ser muchos, lo mejor sería dar la vuelta y abandonar.
La luz de un potente foco se enciende en lo alto de la escalera, cegándonos como a topos. Me cubro los ojos con la mano e intento descubrir a que nos enfrentamos pero la luz es tan potente que sólo distingo fantasmas oscuros. Escucho el sonido de una pistola a la que le quitan el seguro.
– Marchaos, no queremos problemas- nos grita una potente voz masculina-. Si os dais la vuelta ahora, no os haremos ningún daño.
La voz me resulta familiar. Intento forzar aún más la vista, protegiendo aún mis ojos de la luz. Distingo a un hombre vestido con un uniforme gris de vigilante. Subo un par de escalones más, despacio y con las manos en alto, rezando para que no me dispare. Levanto la cabeza y consigo al fin distinguir sus facciones:
– ¿Luis? ¿Eres tú?- le digo con voz suave, intentando tranquilizarle-. ¿No me recuerdas? Soy Laura, trabajaba de cajera en el supermercado.
Él permanece en silencio unos segundos, examinando mi cara a la luz de la linterna. Cuando me reconoce, indico al resto de mi grupo que baje las armas.
– Laura, me alegro de verte- sus palabras tardan en salir y no suenan muy sinceras. Da la impresión de que ha estado rebuscando lo que debería decir en una situación así en un rincón de su memoria que no utiliza hace mucho tiempo.
– No sabíamos que vivía gente aquí- le digo disculpándome-. Sólo queremos encontrar algo de comida. No pretendemos hacer ningún daño.
– No tenemos comida aquí- responde con voz seca.
A su espalda el resto de figuras que le acompañan parecen discutir en susurros. La luz de la linterna que aún me apunta a los ojos me impide distinguirlos con claridad pero parecen enfadados y no han bajado sus armas. No puedo explicar por qué pero siento que estamos en peligro, que esas personas quieren hacernos daño. Tengo muchísimas ganas de darme la vuelta y salir corriendo pero no puedo arriesgarme a que me disparen por la espalda. Luis parece ser su líder. Si pudiese ganármelo…
– No puedo creerme que te haya encontrado aquí- continuó hablando intentando que mi voz suene tranquila y desenfadada-. Con la de cafés que hemos compartido juntos… ¿Te acuerdas de la vez que la encargada nos pillo echando un pitillo en el almacén? Vaya bronca nos echo a los dos…
– Sí, me acuerdo- Luis sonríe, aunque su mirada continúa perdida-. Se llamaba Marilo, la muy bruja.
– Sí, eso es- suelto una risa pero me suena forzada y asustada-. Creo que estuvo gritándonos más de una hora mientras nosotros mirábamos al suelo con cara de niños buenos.
Las voces a su espalda suben de tono, aunque continúo sin entender lo que dicen. Luis se gira hacia ellos, se separan unos pasos y discuten. Me planteo que quizá sería un buen momento para huir pero hay posibilidades de que Luis esté intentando convencerles de que nos den algo de comer, así que controlo mis nervios y les hago un gesto a mis compañeros para que esperen. Ellos también parecen asustados y a punto de echar a correr.
Tras un par de minutos, Luis se separa de su grupo y empieza a bajar los escalones. Algunas personas intentan acompañarle pero él se gira y abre los brazos en cruz para detenerles.
– No, era mi amiga- les grita-. Yo me encargo.
A pesar de que la frase “era mi amiga” no me resulta nada tranquilizadora, continúo esperando. Por el rabillo del ojo observo que Carlos sube con disimulo su escopeta y coloca el dedo en el gatillo. Luis se coloca frente a mí, un par de escalones más arriba. Todo su cuerpo está temblando. Cuando clava su mirada en mis ojos me doy cuenta de que está muy asustado.
– No hay comida aquí- me susurra para que sus compañeros no le oigan-. Nos comemos a los muertos, nos comemos los unos a los otros…
Me quedo paralizada por el terror. No puedo comprender lo que me está diciendo, me parece tan horrible que mi mente no consigue procesarlo. Las sombras oscuras del final de la escalera empiezan a bajar los escalones, muy despacio. Luis escucha sus pasos y me empuja para que reaccione:
– ¡Marchaos!- me grita-. ¡Tenéis que escapar de aquí!
Carlos dispara un par de tiros a lo alto de la escalera, me agarra del brazo y tira de mí. En cuanto me mueve la parálisis desaparece y me lanzo escaleras abajo con el resto de mis compañeros. Escucho gritos y ruido de pelea más arriba pero no me giro para observar. Ni siquiera me fijo en los escalones o en si hay alguien en los pisos que atravesamos que pueda intentar detenernos. Sólo puedo pensar en salir, en escapar…
Los ruidos de pelea se han detenido. No puedo dejar de pensar que Luis pueda haber muerto por salvarnos, que tendría que haber huido con nosotros. Pero todo ha sucedido tan rápido…
Escuchamos muchos pasos a la carrera que nos siguen por las escaleras oscuras, ruidos de caídas, gritos de rabia… Ni siquiera sé cuántos pisos hemos conseguido bajar ya. Los pasos se escuchan cada vez más cerca. Aprieto con fuerza mi escopeta aunque sé que no tendremos disparos suficientes para detenerlos a todos.
Cuando estamos a punto de empezar otro tramo de escaleras, Alejandro se para y me agarra la mano para detenerme. Me vuelvo hacia él sin comprender qué hace.
– Ya estamos en la planta baja- nos grita-. Esas escaleras conducen a los garajes.
– ¿Estás seguro?- le preguntó.
Él asiente y sale corriendo pasillo adelante, mientras todos le seguimos. Los pasos a nuestra espalda se escuchan muy cerca ahora. Si Alejandro se ha confundido, estaremos perdidos, atrapados. Pero al cruzar una puerta distingo a lo lejos la claridad del día. Corro lo más deprisa que me permiten mis piernas. La luz va cobrando fuerza, haciendo que me lloren los ojos.
A mi espalda escucho gritos y los pasos se detienen. Parece que la luz les hace daño, deben llevar semanas encerrados en la oscuridad total. Les imagino como a gigantescas ratas mutantes, atrapadas en la más profunda de las alcantarillas.
Salimos a la calle, donde el resto de nuestro grupo nos espera. Les gritamos que corran, no podemos arriesgarnos a que puedan salir. Los que estamos armados nos quedamos atrás, girando cada pocos segundos para vigilar la entrada pero no aparece nadie. Cuando llegamos a la plaza Moyua nos detenemos unos minutos para recoger agua en la fuente. Carlos se sienta a mi lado, abre su mochila y saca un paquete de tabaco. Me ofrece un cigarrillo, que acepto con una sonrisa.
– Bueno, al menos ha servido para algo- me dice mientras me tiende un mechero.
– No sé yo si el susto nos ha salido muy rentable- bromeo tras dar un par de caladas con la vista clavada en el cielo, agradeciendo a la pálida luz del sol que nos haya salvado.
– ¿Crees que decía la verdad?- me pregunta Carlos, con voz asustada. Las manos le tiemblan tanto que le cuesta encender su cigarrillo.
– No, no lo creo. Seguramente intentaban proteger sus provisiones. Será un cuento para asustar a las visitas inoportunas.
Carlos se encoge de hombros y continúa fumando, con la mirada perdida. Sé que no cree lo que le he dicho, yo tampoco lo hago, a pesar de que a la luz del día parece imposible pensar que algo así pueda ser cierto. Espero poder convencerme, poder olvidarlo, eliminar el escalofrío de terror que recorre mi espalda cada vez que pienso en ello. Es imposible, la humanidad no puede haber llegado a esto en tan poco tiempo.

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