Segunda oportunidad (Otro relato postapocalíptico)

Estaba revisando unos emails enviados y, de repente, he encontrado este relato, que creía que había perdido para siempre cuando se me achicharró el disco duro. Me he puesto contentísima, ha sido como reencontrarse con un viejo amigo al que pensabas que no ibas a ver más.

Para que no vuelva a perderse, voy a ir colgándolo aquí. Espero que os guste:

SEGUNDA OPORTUNIDAD

PARTE 1/3

RUINAS
El viento atraviesa mis ropas, empapadas por el frío sirimiri, estremeciendo mi cuerpo con su caricia. Levanto la vista al cielo, que muestra ese gris plomizo que sugiere que la lluvia no cesará nunca. Echo la mirada atrás para contemplar cómo está el resto del grupo. Los niños están cansados y arrastran los pies sobre los charcos que inundan la agrietada carretera. Los más pequeños ya no quieren seguir andando. Algunos miembros del grupo los llevan en brazos. Los niños han apoyado la cabeza en su pecho, como si fuesen a quedarse dormidos mientras avanzamos.
No podemos seguir andando mucho más y el frontón que se alza a unos doscientos metros parece un buen lugar para pasar la noche. La pintura está desconchada y la hiedra y el musgo han comenzado la conquista de sus muros pero el tejado parece en buen estado. Calculo que estaremos a algo más de un kilómetro de Basauri y que la inclinación del terreno evitará que puedan ver nuestra hoguera desde la ciudad. Doy la orden de acampar y de estar preparados para partir al alba. Debemos cruzar la ciudad mientras los vigilantes están dormidos.
En pocos minutos, gracias a la rutina de tantas noches, el campamento está listo. Parte del grupo busca leña, otros empiezan a preparar la cena con las pocas latas de comida que hemos conseguido encontrar en el camino, otros patrullan los alrededores y se preparan para el primer turno de vigilancia. En menos de una hora, todo el mundo ha comido y está descansando. Los niños duermen acurrucados en sus sacos de dormir, en lo más profundo del frontón.
Me siento junto a la hoguera, frotando mis manos para intentar que entren en calor. Debería irme a dormir, me toca el último turno de vigilancia antes del amanecer, pero no creo que pueda hacerlo. Me preocupa cruzar la ciudad, los rumores que hemos oído continúan girando en mi cabeza. Sonia está sentada a mi lado, abrazando a su pequeño dormido.
–    Laura- me llama, susurrando-. Quería hablar contigo sobre lo de mañana.
–    ¿Qué quieres saber?- mi tono suena cansado, imagino lo que quiere decirme.
–    Creo que deberíamos asegurarnos de que lo que nos contaron es cierto- clava sus ojos en los míos, intentando parecer firme-. No podemos fiarnos de unos rumores.
Suspiro cansada antes de contestar y contemplo a su hijo dormido. Cada día está más delgado y parece perdido dentro de sus propias ropas. Su piel está tan pálida que unas pequeñas venas azuladas se translucen bajo sus ojeras. No me extraña que Sonia lo abrace tan fuerte, yo también tendría miedo de que fuese volviéndose más transparente hasta desvanecerse por completo.
–    Ya lo discutimos entre todos hace tres noches y decidimos que debíamos intentar cruzar sin que nos vieran- contesto, intentando evitar la discusión.
–    Pero la gente que vive en la cárcel de Basauri tiene protección. Hay altos muros y armas. Y están cultivando su propia comida- Sonia va elevando la voz mientras habla, provocando que su pequeño se agite en sueños. Sin embargo, está tan agotado que no se despierta-. Y tienen medicamentos, y su propia enfermería y hasta un pequeño quirófano…
–    Sí, todos oímos todo eso- la corto con una voz más agresiva de lo que me hubiera gustado-. Y también oímos que viven en una tiranía, que los que tienen las armas utilizan a los hombres como esclavos y a las mujeres como bestias de cría, que asesinan a todos los que son débiles o ancianos. Y que también matan a los enfermos- al decir esto clavo la mirada en su pequeño, intentando que entienda lo que estoy sugiriendo-.  ¿Es eso lo que quieres para ti y para Isaac?
Sé que estoy siendo cruel y me odio por ello. Comprendo que sólo quiera un lugar seguro, que esté cansada de vagar por las carreteras sin rumbo fijo. Pero tengo que conseguir que deje de engañarse, que se dé cuenta del destino que esa ciudad les ofrece. Sonia se mantiene en silencio durante unos segundos, abrazando a su hijo con fuerza.
–    Él no va a poder soportar esto durante mucho tiempo- dice al final con un hilo de voz que acaba en un sollozo ahogado-. Sólo quiero que volvamos a tener una vida normal.
–    Todos lo queremos pero eso se acabo- pongo una mano en su hombro para tratar de consolarla-. Ya te he dicho que Isaac no morirá. Es bronquitis, se pondrá bien en cuanto mejore el tiempo.
–    ¿Puedes asegurarme eso?- su voz, aunque sigue siendo baja, se ha convertido en un rugido grave, como el sonido de un felino antes de saltar. Se mueve con brusquedad para apartar su hombro de mi mano.
–    Ya nadie puede asegurarte nada. Las compañías de seguros se extinguieron, como los dinosaurios- intento bromear pero su mirada furiosa me indica que no está funcionando-. Lo único que nos queda ahora es confiar los unos en los otros y luchar juntos para seguir adelante.
Sonia no contesta. Se levanta con Isaac en brazos y se dirige al fondo del frontón. La llamo de nuevo:
–    ¿Lo pensarás al menos? Sé que esto no es un hotel de cinco estrellas- le digo señalando el frontón-, pero al menos somos libres.
–    ¿Crees que me importa algo tu puta libertad?- la voz le tiembla y, a la luz cambiante de la hoguera, distingo sus mejillas inundadas de lagrimas.
Se gira de nuevo y se pierde entre las sombras del frontón, a pesar de que la llamo un par de veces más. Sé que se marcharan. Ya ha pasado más veces. Hay gente que no es capaz de comprender el mundo en el que vivimos ahora. Siguen añorando su jornada de trabajo, su seguridad social, volver a una casa con calefacción central a sentarse en el sofá, frente a su televisión de cuarenta pulgadas. Nada de eso volverá y no aceptarlo en los días que nos ha tocado vivir es un error que puede conducir a la muerte.

Para cuando la primera claridad del alba empieza a iluminar tenuemente los nubarrones del horizonte llevo un par de horas despierta, haciendo guardia al lado de las ascuas de la hoguera. Todo el grupo continúa profundamente dormido. Quizá sea éste el momento del día que más me gusta, el momento en que puedo ser de nuevo simplemente Laura, una chica que se siente sola y triste por todo lo que ha perdido y asustada por todo lo que puede perder.
Unos pasos furtivos dentro del frontón me hacen girarme. Sonia se desliza entre las sombras, con la mochila al hombro y su hijo apoyado en la cadera. Se va, nada de lo que estuvimos hablando sirvió para nada y nada de lo que pueda decirle ahora la hará cambiar de opinión.
Cuando ha avanzado unos cincuenta metros se gira y mira de nuevo al frontón. Me pongo de pie despacio, tratando de no asustarla, y agitó mi mano en señal de despedida. Quiero transmitirle tantas cosas con este gesto: que no la odio, que la comprendo, que me siento muy triste por su marcha, que le deseo suerte… Pero creo que ella no comprende nada de todo eso. Abraza con más fuerza a su hijo, se gira y se aleja a paso rápido, como si fuésemos a intentar detenerla.
Seco un par de lágrimas furtivas y empiezo a despertar a los demás. Es posible que Sonia, para intentar salvar la vida de Isaac, olvide demasiado pronto que fuimos sus amigos y decida vendernos a los habitantes de Basauri. La gente remolonea unos segundos dentro de sus sacos de dormir y algunos de los niños protestan un poco pero en menos de un cuarto de hora todos estamos preparados para partir.
Nos acercamos a la entrada de Basauri perseguidos por la luz del alba, que ya empieza a despuntar, pálida y enfermiza, tras las montañas. Los altos muros de la cárcel destacan imponentes en la penumbra. Observó el terreno, agazapada tras un coche abandonado. Tenemos que cruzar un pequeño parque y llegar hasta el puente que se adentra en la ciudad. Sólo estaremos unos cincuenta metros a la vista de las torres de la cárcel y aún está bastante oscuro. Debería ser fácil cruzar sin que adviertan nuestra presencia pero me siento nerviosa y asustada.
Por señas indicó a la gente que se acerque. Les explico que iremos pasando el puente en parejas o tríos, agachados y sin hacer ruido y que, en cuanto podamos, nos pegaremos a los edificios. La gente asiente e intenta explicar a sus pequeños que deben estar muy callados.
Le indicó a Fran que él y su hijo Eneko serán los primeros. Se deslizan por el parque en silencio, escondiéndose cada vez que pueden tras un matorral o un banco. Por fin llegan al puente y, durante unos segundos que me parecen eternos, quedan totalmente expuestos, corriendo en la penumbra del amanecer. Me parece que sus pasos apagados retumban con estrepito despertando ecos en los vacios edificios y que será imposible que no les descubran. Durante un momento puedo imaginar perfectamente una ráfaga de balas saliendo de una de las torres, impactando en sus cuerpos indefensos, haciéndoles bailar una danza macabra sobre ese puente. Imagino sus cuerpos tendidos en el suelo, su sangre mezclándose con el agua de los charcos… Pero no sucede nada. Llegan a los primeros edificios y Fran se gira para hacernos un signo de victoria antes de desaparecer tras la primera esquina.
Van pasando los demás: Cristina con su hijo Unai, Mónica con su pequeña Leire… Empiezo a pensar que lo conseguiremos, aunque me parece que tardan demasiado y que cada vez hay más claridad.
Les toca el turno a Alejandro y sus tres hijos. Le hago una seña para que no salga y me acerco a él.
–    No podrás pasar con los tres niños a la vez- le susurró-. Coge a uno de ellos. Alicia y Juan pasarán con los otros dos.
–    No, ni hablar- acaba de cargarse al pequeño David en brazos e intenta que se mantenga solo mientras le tiende la mano a sus hijas Silvia e Isabel-. No pienso dejar a ninguno atrás.
–    No seas cabezota. No te estoy pidiendo que los abandones- insisto enfadada-. Estarán contigo en menos de cinco minutos.
–    No. Puedo hacerlo solo.
Se pone en pie y empieza a correr por el parque, sin dejarme discutir más. Observo sus pasos torpes, al niño bamboleándose colgado de su cuello, a las dos niñas corriendo torpemente agarradas de sus manos. Si no lo consiguen, nos pondrán en peligro a todos. Atraviesan el parque y, por un instante, pienso que lo lograrán pero, en ese momento, Isabel se atraviesa frente a los pies de su padre y todos tropiezan. Los demás observamos su caída en total silencio, sin atrevernos siquiera a respirar. En ese silencio, el grito de dolor de David atraviesa la noche, con la potencia de una sirena de bomberos. La luz de una linterna surge de una de las torres de vigilancia, dejándolos tan expuestos como un insecto al microscopio. Salgo corriendo de mi escondite, disparando una ráfaga de balas contra la torre.
–    ¡Moveos todos!- les grito mientras corro hacia Alejandro y sus hijos, que continúan paralizados en el suelo-. ¡Corred, maldita sea!
Todo el grupo cruza el parque detrás de mí. Agarró a David, que continua gritando a pleno pulmón y me lo cargo en la cadera. Empujo a Alejandro, intentando que reaccione. Por unos segundos me mira asustado, como si no supiera dónde está o qué es lo que tiene que hacer. Finalmente reacciona, coge a sus otras dos hijas y corre hacia el puente.
Vuelvo a disparar hacia los muros de la cárcel, a pesar de que ellos todavía no han respondido a nuestros disparos. Quizá los rumores eran falsos, quizá no haya un ejército de desalmados esclavistas escondidos en ese edificio, quizá sólo sean un grupo de personas asustadas como nosotros. Pero en ese momento empiezo a escuchar el tañido de una campana dando la alarma y el tableteo de los primeros disparos.
Carlos me empuja hacia el puente mientras dispara a nuestros invisibles atacantes. Jon y Daniel se colocan a su lado, cubriendo nuestra retirada. Les miró por un momento. Me gustaría quedarme con ellos, disparar hasta que me derriben y acabar con toda esta mierda pero los sollozos de David, aun apoyado en mi cadera, me recuerdan que debemos escapar. Carlos se gira y me dirige una sonrisa, no sé si para tranquilizarme o para despedirse.
Empiezo a correr junto al resto del grupo. Los niños siguen llorando asustados mientras cruzamos la ciudad abandonada. Durante todo el camino sólo se escuchan sus sollozos, el ruido de nuestros pasos a la carrera sobre el asfalto y, de vez en cuando, disparos cada vez más lejanos. Con cada estallido mi respiración se paraliza, pensado quién habrá caído, qué compañero habremos perdido esta vez.
Cuando conseguimos llegar a la salida de Basauri, hace tiempo que ya no se escucha ningún disparo. Es muy posible que los tres hayan caído intentando defendernos.
Alejandro se acerca y recoge a su hijo, que continua llorando. Intento no mirarle, incluso contengo la respiración, tratando de contener el torrente de palabras de rabia que amenaza con asfixiarme. Una vez libre de la carga del niño, pienso en volver, en correr hacia esa gente y vengar a mis compañeros, en disparar sin parar hasta caer abatida pero sé que no serviría de nada. Después de todo lo que he pasado, sería una estupidez suicidarse así, aunque muchos días me dé la impresión de que supondría una salida más inteligente que seguir avanzando sin rumbo fijo para acabar muerta en algún camino desconocido.
Escucho unos pasos a nuestra espalda y me vuelvo con la escopeta preparada. Quizá vaya a tener la oportunidad de vengarme, de partir hacia el infierno llevándome algunos compañeros para el camino. La niebla aún no se ha levantado del todo y, durante unos segundos, no distingo nada. Al fin, las oscuras siluetas que se acercan se convierten en las figuras de Carlos y Daniel. Me quedó parada en medio de la carretera, forzando la vista para descubrir a Jon acercándose entre la niebla pero no les sigue nadie más. Carlos niega con la cabeza: no lo ha conseguido.
Me giro sin decir nada, sin darles la bienvenida ni decirles lo mucho que me alegro de que se hayan salvado. Sé que no podría decir una sola palabra sin romper a llorar y no quiero que me vean así, no quiero que descubran lo que soy en realidad: una chica débil, asustada, pérdida… Alguien que no tiene ni idea de lo que está haciendo o adonde va, ni adónde les está conduciendo a todos.
Acelero el paso y me coloco a la cabeza del grupo, unos veinte metros por delante. Quiero estar sola y pensar en Jon, en lo poco que le conocía. Sólo sé que tenía unos veinticinco años y que había sido electricista. Era un chico tímido que solía sentarse separado del grupo, sin participar en las conversaciones alrededor de la hoguera. Simplemente se quedaba aparte y observaba una foto que sacaba con cariño de la cartera. Nunca le pregunté a quién había perdido. Ahora ya es tarde.

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