Al otro lado de la verja (relato de terror postapocalíptico)

verja

Las gruesas verjas de hierro se cierran a mi espalda. Por un momento, me quedo paralizada en medio de la plaza desierta, sin saber hacia dónde continuar. Me giro hacia La Alhondiga, preguntándome si Abel me dejaría volver si le pido perdón y le prometo seguir sus órdenes. Puedo distinguir sus largas vestiduras blancas tras las verjas. Seguro que está esperando que el terror me impida avanzar y que vuelva suplicando. Pero ya es muy tarde para eso. No debí rebelarme contra mi destino, y mucho menos delante de toda la congregación. Me lo ha dejado muy claro: o soy reproductora o recolectora. No me dejará volver si no le demuestro que puedo conseguir alimentos tan bien como cualquiera de los hombres.

Me ajusto las correas de la mochila vacía, aprieto con fuerza el rifle que me han prestado y comienzo a avanzar. Sólo una rodaja de luna en cuarto menguante ilumina mis pasos. No puedo distinguir nada más allá de la plaza, rodeada por la vegetación descontrolada de los jardines, que forman una muralla en la que podría esconderse cualquier cosa. Abel ha dicho que es mejor salir de noche, que, aunque sea más difícil ver, evitas que los podridos te vean a ti. Pero no me tranquiliza, sé que ellos nos huelen. Avanzo hacia la salida de la plaza, temiendo que un brazo frío y grisáceo aparezca entre la maleza para atraparme.

No sucede nada. Camino agachada por Alameda Urquijo, pegada a los coches, con todos los sentidos alerta. El viento arrastra papeles, bolsas y latas vacías, haciendo que me gire a cada momento. Toda la ciudad huele a cementerio, a cadáveres abandonados dentro de sus casas, a cadáveres rondando por las aceras… Vuelvo a plantearme que debería volver, reconocer que me he equivocado y jurar que aceptaré mi lugar pero ya he avanzado más de cincuenta metros y me da tanto miedo darme la vuelta como seguir avanzando.

No tengo muchas esperanzas de conseguir comida en esas calles. Llevamos más de seis meses encerrados en La Alhóndiga y los recolectores han debido de acabar con todas las provisiones de las tiendas cercanas. Me habría gustado hablar con alguno de ellos antes de salir para preguntarles dónde podría ir pero, tras mis duras palabras a Abel, toda la congregación me ha dado la espalda, como si les hubiese traicionado. Ninguno de ellos me ha dirigido la palabra en las horas que han pasado hasta el anochecer. Ni siquiera me han mirado a los ojos, como si cualquier contacto conmigo pudiese infectarles. Comprendo que mis palabras supongan una amenaza al orden que nos protege y nos separa de la muerte, pero yo no pretendo destruir nada, sólo quiero mejorarlo.

Es imposible que Abel tenga la razón en todo, que su palabra sea ley. Nos comportamos como un grupo de fanáticos detrás de un líder y, cuanto más le seguimos a ciegas, más brilla en sus ojos una chispa que se parece mucho a la locura. Pero sé que si compartiese en voz alta estos pensamientos, nunca podría volver. Sólo me quedan dos posibilidades: convertirme en recolectora y ganarme así el derecho a decidir mi destino o aceptar las órdenes de Abel de convertirme en la cuarta mujer de Caleb, su lugarteniente, y comenzar a parir hijos con los que formar un ejército y repoblar la Tierra. Esa idea es estúpida. Ya pasamos bastante hambre siendo unos pocos. ¿Con qué piensa alimentar a un ejército?  Y aunque su idea fuese buena, no quiero ser la esposa de Caleb. He visto como trata a sus mujeres, las cosas que les hace por las noches en el barracón común. Yo no quiero que me haga eso. Sólo tengo catorce años.

Ya he cruzado todo Alameda Urquijo sin encontrarme con nadie. Me enderezo y le echo un vistazo a la Gran Vía. La calle me parece enorme, demasiado abierta, con las entradas a los portales demasiado grandes… Voy a estar muy expuesta, no se me ocurre dónde podría esconderme si alguno de ellos aparece. Pero en todo lo que puedo abarcar con mi vista, no descubro a ningún podrido tambaleándose. Por un momento me planteo que todos ellos han muerto, que el mundo vuelve a ser de los humanos y que Abel y sus recolectores lo saben pero prefieren ocultárnoslo y seguir dominándonos. Niego con la cabeza, me estoy dejando llevar por la paranoia. Ni siquiera Abel puede ser tan retorcido.

Me siento más tranquila, así que me adentro en la Gran Vía con aire decidido. Después de todo, puedo correr más que cualquiera de ellos y voy armada. No tiene por qué sucederme nada. Llenaré mi mochila, volveré como una triunfadora y me habré ganado el derecho a decidir sobre mí misma.

Me dirijo hacia la ría, pasando de largo el Corte Inglés. Es posible que haya provisiones dentro, pero es demasiado grande y está demasiado oscuro como para que yo entre sola. Cuando ya sea un miembro de pleno derecho del grupo de recolectores, podré venir con ellos y llenar mochilas enteras. De momento, me conformaré con buscar en las cafeterías y restaurantes de la calle.

Me parece escuchar algo a la espalda, un arrastrar de pasos. Un tempano helado recorre toda mi columna, paralizándome. Sólo puedo desear que sea algún cartón arrastrado por el viento. Pero entonces me llega su sonido, ese gemido ahogado que se quedó grabado en mi cerebro desde los primeros días de la plaga, lo último que escuché de labios de mi madre, de mi padre, de mi hermano pequeño… Lo tengo detrás, tengo a un maldito podrido a unos diez pasos. Sigo avanzando unos segundos, como si no me hubiese dado cuenta de su presencia, mientras quito el seguro del rifle.

Me giro y la veo, con los brazos levemente levantados hacia mí , la cabeza ladeada hacia la izquierda, la boca abierta lanzando ese sonido… Es una mujer joven, con el pelo tan sucio que cae en guedejas tapándole la mitad del rostro. Lleva unos pantalones vaqueros llenos de barro y sangre. Va desnuda de cintura para arriba. En lugar de su pecho derecho hay un desgarrón cubierto de sangre coagulada. A su brazo derecho le falta carne, puedo ver trozos de hueso a través de los agujeros. Seguro que fue ahí donde la mordieron cuando la convirtieron, cuando hicieron que dejase de ser un ser humano con familia y sentimientos para pasar a ser el monstruo repulsivo que se alza ante mí, acercándose poco a poco. No debo pensar en esas cosas, en eso Abel tiene razón. Son monstruos, no queda nada de humanidad en ellos. Lo mejor que se puede hacer es matarlos.

Apunto con cuidado a la cabeza, espero a que esté lo bastante cerca como para asegurarme de no fallar y aprieto el gatillo. Un clic apagado es la única respuesta que recibo. Disparo una y otra vez, incapaz de creer lo que está sucediendo. La mujer acelera un poco el paso, alzando más los brazos para atraparme. Me giro y echo a correr, sintiendo como sus dedos rozan mi nuca. El gemido de la mujer crece, cada vez más alto y más alto. Se convierte en un grito desgarrador con el que expresa toda su frustración y su hambre. Y también se convierte en una llamada a la caza para su manada.

En mi loca carrera voy viendo por el rabillo del ojo como más podridos van uniéndose a la persecución. Surgen de las negras bocas de los portales, se levantan de los asientos de los coches, aparecen tambaleándose por las puertas de los bares, como borrachos tras su última copa…

Avanzan lentamente, pero cada vez son más. Sus gritos se unen a los de la mujer, llamando a más compañeros al banquete. Corro todo lo rápido que puedo, esquivando a los que aparecen frente a mí, librándome por pocos centímetros de su mortal abrazo, de la caricia infectada de sus largas uñas… Sólo tengo que correr un poco más, sólo otros doscientos metros.

Escucho a mis espaldas el arrastrar de sus pasos, cada vez más numerosos. No sé cuántos me persiguen, no quiero girarme para mirarlos, pero suenan como un ejército. Noto que mis ojos se llenan de lágrimas. Pediré perdón públicamente, le diré a Abel que le obedeceré para siempre, me entregaré a Caleb como la más sumisa y abnegada de sus esposas. Lo único que quiero es estar de nuevo a salvo, alejar de mí la pesadilla…

Me seco con la manga de la chaqueta las lágrimas que me impiden ver. Sólo quedan cien metros. Empiezo a distinguir al fondo de la calle la silueta de La Alhóndiga. Voy a conseguirlo, sólo tengo que correr un poco más. Un podrido enorme, con un trozo de cuero cabelludo colgando de su cabeza, aparece frente a mí, a un par de pasos. Está colocado en medio de la carretera con los brazos abiertos y las rodillas flexionadas, como un jugador de fútbol americano que intentase placarme. No me da tiempo a esquivarle, así que agarro el rifle con todas mis fuerzas y le golpeo en la boca con la culata. El podrido cae al suelo, pero sujeta el rifle con las manos mientras lo muerde como un perro. Intento recuperarlo, pero es muy fuerte y, si me entretengo, me alcanzará el grupo que me persigue, así que, en lugar de tirar, cargo todo mi peso sobre el rifle, notando como los dientes del monstruo se rompen en pedazos. Después lo suelto y sigo corriendo.

Quedan menos de cincuenta metros. Ni siquiera busco los escalones de subida al parque. Me subo de un salto y atravieso la maleza, demasiado asustada como para pensar que alguno de ellos pueda estar escondido allí. Corro hacia la verja y vislumbro las vestiduras blancas de Abel. Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Estaba esperando mi vuelta, deseando perdonarme.

Me agarro a las verjas y le miro agradecida. Pero él se mantiene quieto, casi no si no me viera. A mis espaldas oigo como el arrastrar de pies se sigue acercando.
–    Abel, ábreme- le suplico-. Tenías razón, nunca debí llevarte la contraria. Haré todo lo que tú quieras.
–    Ya es muy tarde- me responde él-. Tú ya estás muerta.

Entonces lo comprendo todo. Nunca me ha dado la posibilidad de luchar por mi destino. Por eso me envío sola a buscar provisiones, por eso es él mismo el que está vigilando la entrada, por eso mi rifle no tenía municiones… Desde que hablé en su contra, estaba condenada. Les dirá a los demás que no lo conseguí y rezarán fervorosamente por mi alma. Mi muerte será un ejemplo, acrecentará el poder de Abel y el miedo de los otros a desafiar el orden establecido. Me agarro con fuerza a las verjas, mientras escucho los pasos cada vez más cerca.
–    Tú eres el monstruo, tú eres el podrido- le digo mientras escupo entre las barras.

Algo me agarra desde atrás, notó unos dientes hincarse en mi hombro. Me separan de la verja y se lanzan sobre mí. Intento no gritar y seguir mirándole, intentando grabar en mi cerebro su imagen. Si en la otra vida recordamos algo, quiero que sea el recuerdo de su rostro el que alimente mi hambre.

Gemma Herrero Virto

Portugalete, 7 de Octubre del 2013

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