La última maravilla

maravilla

Las luces azules de los coches patrulla estacionados en la puerta del instituto me hicieron acelerar el paso. Me uní a la fila de estudiantes que esperaban y me estiré todo lo que pude para averiguar que pasaba. Un hombre moreno con abrigo oscuro hablaba con cada uno de los alumnos antes de dejarlos entrar. Me pregunté que estarían buscando y esperé pacientemente mi turno. Cuando llegué al principio de la fila, el hombre me miró aburrido:

– ¿Eres Trencavel, el portador de una maravilla en el server4.net de Travian?

Me quedé paralizado, sin poder pronunciar palabra. Creo que aquella era la última pregunta que me habría esperado de un policía. El hombre se dio cuenta de mi estupor y reaccionó, llamando por gestos a otros dos agentes.- Eres tú, ¿verdad?- puso una mano en mi espalda y me empujó, de forma suave pero firme, hacia uno de los coches-. Soy el inspector Vega. Llevamos buscándote desde ayer por la noche. Tienes que acompañarnos a comisaria.

– ¿Por qué?- reaccioné por fin-. Yo no he hecho nada malo.

– Tranquilo, es por tu seguridad- contestó el inspector, mientras me obligaba a sentarme en el asiento trasero-. Sólo intentamos protegerte.

Durante todo el trayecto los agentes se negaron a contestar a mis preguntas, manteniéndose en silencio, así que sólo pude mirar por la ventanilla mientras intentaba encontrar algo de sentido a aquella ridícula situación. ¿Por qué me habían detenido? ¿Desde cuándo la policía se interesaba en los jugadores de un juego online, por mucho que fuesen los portadores de una maravilla? Y, lo más importante y preocupante de todo, ¿de qué se suponía que tenían que protegerme?

Una vez en comisaria me tomaron los datos y me condujeron a una habitación sin ventanas, amueblada tan solo con una mesa vieja y un par de sillas. Me dejaron encerrado sin ninguna explicación, con la única compañía de mis pensamientos. Aquello se parecía tanto a una sala de interrogatorios como para que empezase a plantearme que me habían llevado allí engañado y que en realidad iban a acusarme de algo. Intenté controlar mis nervios mientras me repetía una y otra vez que yo no había hecho nada por lo que debiera preocuparme.

Después de un tiempo que me pareció eterno la puerta volvió a abrirse. El inspector Vega entró y ocupó una de las sillas, indicándome con un gesto de la cabeza que hiciese lo mismo. Sacó un hoja de su carpeta y me la tendió.

– ¿Te suenan de algo esos nombres?

– Sí, por supuesto- contesté después de mirar la lista durante unos segundos-. Son los nombres de algunos de los dueños de las maravillas del server en el que juego. ¿Por qué? ¿Han hecho algo malo?

– Malo para ellos, sí- contestó el hombre-. Han muerto.

– ¿Muerto?- me quedé paralizado. Todo aquello tenía que ser una broma pesada.

– Sí, alguien los ha asesinado. Todos sus cuerpos han ido apareciendo desde la medianoche de ayer- siguió explicando el hombre-. Al principio no supimos qué tenían en común todas las víctimas. No coincidía el sexo, la edad, la clase social, las ciudades en las que aparecieron… Sólo el arma coincidía: una lanza. Y dado que es un arma poco usual hoy en día, seguimos investigando seguros de que las víctimas tenían que tener algo en común. Cuando descubrimos que todos ellos jugaban al mismo juego de ordenador y que eran lo que llamáis portadores de las maravillas, empezamos a buscar a los que continuabais con vida para protegeros. Tus compañeros de alianza sólo pudieron decirnos en que instituto estudiabas y por eso hemos ido a buscarte.

– Pero es imposible. Es sólo un juego…- seguí mirando la lista, incapaz de creer lo que estaba oyendo-. ¿Quién podría estar tan loco para matar por algo así?

– Di mejor quienes. A esa lista de seis víctimas hay que sumar otras dos muertes en Argentina y una en Colombia. Una sola persona no habría podido cometer todos esos crímenes en menos de ocho horas- el inspector esperó unos segundos a que levantase la vista de la página y siguió preguntando-. ¿Algún sospechoso?

– No, no sé qué decirle. En esta lista hay víctimas de los dos bloques que luchamos por la victoria- rebusqué en mi cabeza alguna pista y negué, confuso-. No sé de nadie que pueda haber hecho algo así. Hay gente que se lo toma muy en serio, que ha podido llegar a discutir o insultar a otros jugadores en el foro general… Pero de ahí a matar a alguien… No se me ocurre quién podría estar tan loco para hacer una cosa así.

– Te sorprendería saber la cantidad de chalados que hay sueltos en Internet, te lo digo por experiencia. Bien, pondré a algunos de mis hombres a revisar ese foro general- el hombre se levantó-. Mientras resolvemos esto tendrás que quedarte aquí. Espero que lo entiendas.

Asentí y el hombre me lanzó una sonrisa tranquilizadora antes de salir. Continué sentado, con la mirada fija en aquella lista de nombres, algunos de ellos amigos con los que había compartido buenos momentos en aquel server. Y ahora estaban muertos. Sentí que un frío glacial recorría mi espalda mientras calculaba que, sumando las tres muertes de Sudamérica, sólo quedábamos cuatro portadores con vida.

Mucho tiempo después la puerta se abrió y el inspector volvió a entrar. Le miré expectante y el me sonrió y me dio una palmada en la espalda.

– Puedes irte. La administración de Travian ha decidido reiniciar el server, así que estás fuera de peligro.

– ¿Y ya está?- pregunté asombrado-. ¿Y todas esas muertes?

– Seguiremos investigando, por supuesto- contestó el hombre mientras me acompañaba a la salida-. Cogeremos al culpable, no te preocupes por eso.

Salí de la comisaria, dudando si todo aquello no habría sido un mal sueño. Miré mi reloj. Sólo eran las doce, aún podía llegar al instituto. Pensé que no me apetecía dar explicaciones de mi detención a un montón de cotillas y me dirigí a casa. Tenía que entrar en el foro general y hablar con mis compañeros de alianza para tratar de encontrar algo de lógica a aquella locura.

Entré en casa. Por suerte mis padres seguían en el trabajo, así que pude lanzarme hacia mi habitación. Encendí el monitor y me conecté a Travian. Un anuncio de la Administración avisaba de que el server había sido reiniciado y remitía a una página del foro donde se explicaban las razones. Sentí una punzada de pena. Tantos meses de esfuerzo para que todo acabase así por culpa de algún lunático. La página con el anuncio desapareció y me encontré dentro de mi cuenta. Miré el monitor extrañado. ¿No se suponía que habían reiniciado el servidor? ¿Por qué seguía viendo mi aldea de la maravilla? Recargué la página pensando que debía tratarse de un error. Continuó igual. Allí estaban los cientos de miles de tropas defensivas, comiendo cereal a toda velocidad mientras un solitario ataque llegaba hasta ellas en tan solo tres minutos. ¿Cómo podía estar recibiendo un ataque si todo estaba paralizado?. Pulsé sobre las aspas rojas para ver el nombre del atacante. Los natare. ¿Por qué estaba recibiendo un ataque de los natare en nivel 73? No tendría que llegar ninguno más hasta el nivel 75. Todo aquello debía ser por el reinicio, el sistema debía haberse vuelto loco.

Pulsé en la página del ranking de maravillas para ver si las demás también recibían ataques aunque no les correspondiese. Me quedé helado, totalmente paralizado. No había más maravillas. Tan sólo quedaba la mía. ¿Qué significaba aquello?

El sonido de mi móvil me hizo saltar en el asiento. Descolgué a toda velocidad, feliz de escuchar una voz en medio de aquella locura.

– ¿David? Soy el inspector Vega- dijo la voz al otro lado del teléfono-. ¿Dónde estás?

– En mi casa. ¿Qué está pasando?- pregunté con la voz entrecortada.

– El server no se reinicia, no saben qué pasa- escuché un suspiro desesperado al otro lado de la linea-. Han muerto otros tres chicos, sólo quedas tú. Cierra bien la puerta y no abras a nadie hasta que vuelva a llamarte. Vamos para allá.

Me quedé quieto, con el móvil aún apoyado en la oreja, escuchando el silencio al otro lado. Aquello no podía estar sucediendo. Corrí hacia la puerta de la calle mientras sacaba las llaves del bolsillo y cerré con dos vueltas. Después volví a mi habitación, sintiendo que el corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho, que la cabeza me daba vueltas. Me senté frente al ordenador, pensando que no era posible que fuese a morir por un juego.

El ataque de los natare estaba llegando. Tres segundos, dos, uno… Y la aldea desapareció. No podía ser. El juego debía haberse vuelto loco. ¿Cómo iba a desaparecer una aldea con un solo ataque? Busque el informe y lo abrí. Sólo había un atacante, un héroe natar. Todas las tropas defensivas habían sido exterminadas y al final del informe se leía “La aldea ha sido destruida completamente”. ¿Qué clase de héroe era aquel capaz de cargarse una aldea de un solo golpe?

Mientras seguía mirando atónito el informe, un leve ruido me hizo volver la cabeza. Era un suave y prolongado rugido de triunfo, un sonido amenazante que erizó todo el vello de mi cuerpo. Contemplé paralizado al emisor de aquel sonido, de pie en una esquina de mi habitación, acechando en las sombras. Nada de aquello tenía sentido fuera del reino de las pesadillas: ni el brillante pelo negro que cubría todo su cuerpo, ni sus garras, ni sus fuertes músculos felinos en tensión, ni aquellos ojos amarillos que parecían brillar con luz propia. El brillo de su lanza me hipnotizó, mientras el ser rugía victorioso, mostrando sus largos colmillos, y se abalanzaba sobre mí.

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