Una escritora novel en el infierno (II. La firma)

Habiamos dejado a nuestra protagonista (o sea, yo misma) escuchando coros celestiales ante la perspectiva de la firma de su primer contrato. Despues de unas cuantas charlas telefonicas con la secretaria del editor, conseguimos quedar en Madrid para una comida de negocios en la que hablariamos sobre los detalles del contrato. Me estudie todo lo que encontre en Internet acerca de que se debe firmar y que no, busque un hotelito barato y convenci a mi novio de que me acompañara, recordandole que, ya que para mi izquierda y derecha son dos conceptos totalmente aleatorios, me quedaria condenada a vagar eternamente por el metro de Madrid si no  venia conmigo.

Llegamos el dia antes para que estuviese descansada para la reunion. El hotel era un desastre: nos quedamos con el marco de la puerta en la mano, la cama sonaba como si fuera a caerse en cualquier momento y, a pesar de estar anunciado en Internet como un apartamento equipado para dos personas, solo contaba con un tenedor. Pero nos reimos mucho y pasamos la tarde en el Zoo viendo bichejos, que siempre entretiene (un saludo a los osos tibetanos).

Por la noche quedo claro que eso de ir descansada a la reunion era una utopia. Estaba tan nerviosa que no hubo manera de pegar ojo hasta despues de las 7 de la mañana, momento en el cual un desgraciado de Seur aprovecho para llamarme al movil diciendome que se pasaria por mi casa ese mismo dia para entregarme un paquete (un saludo tambien a la familia de ese señor de Seur).

A la mañanita nos preparamos y, despues de desayunar en el Cafe Gijon, como correspondia a una literata que estaba a punto de conseguir fortuna y gloria, deje a mi novio en un Burguer King y me dirigi al restaurante en el que habia quedado con el señor Rogelio Delgado, editor de RD. El restaurante era muy mono y tenia pinta de que te cobrasen solo por respirar. Rogelio habia pedido un reservado para que pudiesemos hablar tranquilos, asi que, en cuanto nos trajeron una enorme paella para dos, fuimos al grano (nunca mejor dicho X-D)

Rogelio utilizaba la tactica de hacer alguna pregunta y dejarme hablando mientras comia. Yo estaba tan nerviosa que conseguia que cayese mas arroz en la mesa y dentro de mi escote que en mi boca, asi que acabe optando por remover simplemente la comida en mi plato mientras le contestaba (tampoco fue tanto sacrificio, la paella de mi madre le daba mil vueltas). Y asi aquel hombre me fue hipnotizando como una serpiente a su presa: que si Juan Eslava Galan era un hombre encantador y ya me lo presentaria, que si Reverte era un salado y tambien me lo presentaria, que si este que si aquel… Yo iba flipando con cada palabra y podia verme en esas fiestas, poniendo verde al personal mientras me tomaba unas copas con Lucia Etxebarria o diciendole a Julia Navarro que no me habia gustado nada “La Biblia de barro”.

Y entonces abrio su portafolios y saco EL CONTRATO. Y me dejo leerlo mientras el seguia dando cuenta de aquella paella para dos. Aquello, mas que un contrato, parecia un compendio de todo lo que un escritor no debe firmar. Le cedia todos mis derechos de reproduccion en todos los formatos y todos los idiomas, no habia anticipo, me comprometia a darles preferencia en mis cinco siguientes novelas… Vamos, que solo me faltaba prometerles mi alma inmortal. Yo intente protestar timidamente diciendo que por que no habia anticipo. El me comento que podria darme sin problemas un millon de pesetas pero que preferia invertirlos en gastos de promocion y en contratar a Juan Bonilla (el escritor de “Nadie conoce a nadie”) para que me ayudase a acortar la novela y hacerla mas comercial, que precisamente habia estado hablando con el por la mañana y el chico parecia muy interesado en el proyecto.

Claro, cuando te plantean que vas a trabajar con un escritor profesional, cuya obra has leido y te gusta, todas tus pegas se diluyen. Aun asi, me aferre a los consejos que habia leido y le dije que no me parecia normal cederle de aquella manera todos mis derechos. El tio saco ahi su verdadera cara de editor esclavista y me dijo sin sonrojarse ni un poquillo:

– Reverte puede ponerle pegas a los contratos que firma. Siendo tu, o lo tomas o lo dejas.

Ahi tendria que haberme levantado de la mesa y haberle mandado a la mierda pero en vez de hacer eso me fui al baño y me tire cinco minutos reflexionando (que el hombre tuvo que pensar que me habia sentado mal el arroz). Y cuando volvi, le dije que firmaba siempre que aceptase reducir la novela a 220 paginas en vez de las 140 que me pedia (si, aquel tocho de 666 folios reducidos a su minima expresion porque no podia arriesgarse a publicar algo tan grande de una escritora novel). El acepto y yo estampe mi firma en aquellas hojas, dandole permiso con ello a convertir mi vida en la sala de torturas que os ire relatando en capitulos posteriores.

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