Desdoblamiento

Ana negó con la cabeza mientras mantenía la vista fija en la carretera. No podía creerse lo que le había sucedido. ¿Cómo podía haberse confundido de coche? Si el dueño del otro vehiculo la hubiese descubierto, allí sentada, intentando sin éxito ponerlo en marcha y encender las luces, se habría muerto de vergüenza. A pesar de que se le escapó una sonrisa por lo ridículo de la situación, sintió que las manos que aferraban el volante le seguían temblando. Ya se había marchado de allí y por suerte nadie la había visto. Podía decirse que simplemente había sido una anecdota que contarles a los amigos en la cena del próximo viernes, pero sentía que había algo más. Desde el momento en el que, sentada en el otro coche, había visto el suyo a través del cristal, una sensación de inquietud se había instalado en su estómago y se resistía a abandonarla.

Echó la mano al asiento contiguo para sacar el paquete de tábaco. Removió el abrigo en el asiento, buscando su bolso, pero no logró encontrarlo al tacto. Desvió la mirada durante unos segundos de la carretera, buscándolo en el asiento o en el suelo, pero no estaba. No podía ser, tenía que estar ahí. La sensación de su estomago cobró nuevas fuerzas, pinchandola como si se hubiese comido un erizo vivo. Conectó las luces de emergencia y paró en la cuneta. Lo buscó de nuevo debajo de su abrigo, en los asientos de atrás… No estaba.

Tendría que volver al aparcamiento, buscar el otro coche e intentar colarse de nuevo sin que nadie la viese. Arrancó, aferrando con fuerza el volante para evitar el creciente temblor que la sacudía. Que vergüenza. ¿Qué iba a decir si la descubrían? Intentó no pensar en ello y concentrarse en conducir lo más rápido posible.

Cuando sólo le faltaban unos metros para llegar a la entrada del parking, lo vio salir. Sí, estaba segura de que era ese coche, un Seat Ibiza rojo identico al suyo. Sin pensarlo un momento, se colocó unos metros por detrás suyo, dispuesta a seguirle hasta su casa. Tampoco era tan grave, si se lo explicaba bien el otro conductor no tendría por qué enfadarse, incluso podría considerarlo divertido. Después de todo, no había dañado el coche, ni le había robado nada. Se miró en el retrovisor. Melena castaña bien cuidada, un traje caro de color arena, pendientes de perlas… No tenía la apariencia de una ladrona de coches sino de una mujer responsable y seria. El otro conductor no desconfiaría de ella ni se asustaría.

Se repitió esas razones una y otra vez mientras seguía al otro coche. Se internaron por la salida hacia Portugalete y, para su sorpresa, el otro coche aparcó en el mismo barrio en el que ella vivía. Mientras dejaba su coche en doble fila pensó, con una sonrisa en los labios, que tendría que tener cuidado de no confundirse de nuevo a la mañana siguiente. Bajó del coche y se acercó, sintiendo de nuevo aquella desagradable sensación de que algo no iba bien. La matricula del otro vehiculo le resultaba familiar. 1578-BSR. 1578-BSR…

La puerta del otro coche se abrió y de él bajó una joven. Melena castaña bien cuidada, un traje caro de color arena, pendientes de perlas, expresión de desconcierto mientras contemplaba dos bolsos identicos…

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