Ultimos sobre la Tierra

No puedo seguir soportando sus gemidos de agonía. Está tardando en morir mucho más de lo que esperaba. Me levanto de la silla y me dirijo a la cama para mirarle. El olor del vómito es aún más penetrante y nauseabundo según me voy acercando.

Al oír mis pasos abre los ojos y me mira. Están nublados, opacos. Creo que ya no puede verme, pero sabe que estoy ahí y pronuncia unas palabras que no logro comprender. Supongo que me está pidiendo ayuda pero ya no puedo hacer nada por él. Me giro y salgo de la casa. No puedo aguantar la oscuridad, la fetidez, la presencia tan cercana de la muerte, los recuerdos de las muertes pasadas…

Cruzo las calles del pueblo, flanqueada por las farolas apagadas. Mis pasos resuenan en el empedrado, produciendo la impresión de que alguien me sigue. Ni una sola vez giro la cabeza para asegurarme. Sé que no hay nadie.

Abandono el pueblo y despacio, tranquila, me dirijo a una colina cercana. Paseo contemplando el paisaje hasta que encuentro un lugar en el que pueda esperar las horas que quedan. Me siento al pie de un árbol y contemplo el anochecer, la bruma dorada sobre las colinas, los árboles mecidos por la brisa suave. Por unos segundos me engaño con la sensación de paz de una soledad buscada, imagino que he acudido a esa colina a buscar la tranquilidad que no puedo encontrar en un mundo frenético. Y durante esos segundos, la soledad vuelve a ser mi compañera, no mi enemiga ni mi terror más profundo.

La paz del momento me hace recordar los antiguos tiempos: las conversaciones con los amigos, el trabajo, las noches con mi familia, los bares, los cines, las miles de caras anónimas por las calles… Pienso en todo eso que una vez tuve y que se ha ido para siempre y vuelvo a sentir el dolor de esas perdidas, de no poder hacer nada para que el tiempo vuelva atrás. Y, sin que pueda evitarlo, el recuerdo vuelve…

Sé que nunca podré olvidar aquel día. Desperté y en mi casa todos estaban muertos. En los primeros momentos creí enloquecer. Corrí de habitación en habitación, gritándoles, llamándoles, tratando de despertarles, mirando sus caras, tan indiferentes, tan tranquilas que daban la impresión de estar en un profundo sueño. Desesperada, marqué el número de emergencias. Nadie contestó. Llamé una y otra vez pero solo escuché el sonido de la línea.

Salí de la casa y fui llamando a todas las puertas del edificio. Nadie abrió. No había ninguna explicación para aquello, mi angustia iba creciendo cada vez más, impidiéndome que parase unos segundos a preguntarme qué estaba pasando. Grité pidiendo ayuda, lo más fuerte que pude, pero mis gritos se perdieron, como en una pesadilla.

Corrí al exterior, aún gritando, buscando a cualquier persona que pudiera ayudarme, pero no encontré a nadie. Seguí calle abajo, cada vez más rápido. Mi mente se negaba a creer que aquello era real, intentaba convencerme de que estaba corriendo en un sueño del que pronto despertaría. Entonces tropecé y quedé en el suelo, llorando, rendida por la desesperación y la angustia. El dolor en mi pierna derecha fue tan fuerte y punzante que pareció querer llamar mi atención, convencerme de que aquello era real, de que estaba despierta. Cuando mis sollozos fueron remitiendo me di cuenta de algo que no había percibido hasta el momento. El silencio. Un silencio total, absoluto. Ni coches, ni voces, ni risas, ni pasos… Sólo silencio. La verdad se abrió paso en mi mente, destrozándola. Todos estaban muertos.

Me levanté y eché a andar, despacio esta vez, girando sobre mi misma para contemplar la ciudad vacía, negándome a aceptar aquella verdad que cada vez era más innegable. No podía ser, tenía que haber alguien más. Empecé a recorrer las calles cercanas. La rodilla derecha dolía y sentí como la sangre bajaba por la pierna, cálida y viscosa, pero no le hice caso. Seguí andando, recorriendo la ciudad, mirando calle tras calle, buscando… Gritaba de vez en cuando, esperando encontrar a alguien que pudiese aliviar esa soledad completa, pero sólo el sonido del viento entre las calles me respondía.

Entonces escuché el lejano sonido del motor de un coche. Corrí hacia allí, arrastrando la pierna, que cada vez dolía más, pronunciando en susurros mi oración una y otra vez. Por favor, no te vayas. Por favor, no te vayas. Por favor, no te vayas…

El ruido del motor fue haciéndose cada vez más cercano. Ya sólo debía estar a dos calles. Sentí tanto alivio, tanta alegría, que empecé a llorar de nuevo. Intenté acelerar mi paso sin hacer caso de las lacerantes punzadas de mi pierna. Por fin lo vi y al acercarme mis esperanzas desaparecieron de nuevo. El coche estaba empotrado contra una farola, con el motor aún funcionando. Su ocupante estaba muerto, sin ninguna herida visible. Había muerto sin enterarse, como mi familia, ya que en su cara descubrí la misma expresión de placidez que había visto en la de ellos.

Caminé durante horas. Encontré a varias personas más, todas muertas: vagabundos que dormirían para siempre en un banco, gente al volante de sus coches o sorprendida por la muerte en su puesto de trabajo… Y a todos les envidié esa expresión de tranquilidad. ¿Por qué se habían marchado todos?. ¿Por que me habían dejado sola en un mundo muerto?.

No sé cuánto tiempo más seguí vagando hasta conseguir convencerme de que no había nadie. Toda la ciudad estaba muerta. Pero quizá sólo había sucedido aquí. Tendría que quedar alguien en algún lugar. Volví hasta mi casa, recogí algo de ropa y las llaves de mi coche y me marché para siempre, sin atreverme a entrar en las habitaciones en las que mi familia dormiría eternamente.

Pase días, quizá semanas, recorriendo ciudades en mi coche, buscando a alguien. Conducía despacio, esperando que apareciesen alertados por el ruido de mi motor. Visitaba todas las calles y esperaba algunas horas a la salida de la ciudad, siempre reacia a darme por vencida, a aceptar que acababa de recorrer otro cementerio.

Así día tras día. Y después llegaban las noches, vacías de todo sonido, aterradoras por su soledad y su silencio, llenas de preguntas. ¿Qué había pasado?. ¿Por qué habían muerto todos?. ¿Cómo?. ¿Y por qué yo no?. Nunca más hubo televisión, ni radio. Nunca hubo explicaciones. Sólo preguntas sin respuesta posible.

Las noches eran lo que más me atemorizaba. En cuanto el sol empezaba a esconderse tras el horizonte, tiñendo el cielo con sus brillos anaranjados, el desanimo se apoderaba de mi mente y volvía a sentir con toda su fuerza los ancestrales miedos que desde siempre ha tenido el ser humano: miedo a estar solo, miedo a la oscuridad, a la noche y a lo que esta pudiese ocultar. Y habría dado con gusto esa oportunidad de seguir viva, que se me había regalado sin yo pedirlo, a cambio de poder compartir esas noches con alguien, de estar en un grupo, oyendo sus voces, sus risas, sus cantos, rodeando una hoguera, sintiéndome parte de algo más grande que evitaría que cualquier mal pudiese acercarse. Pero cada día el atardecer volvía a sorprenderme sola y aterrada.

Paraba mi coche en la cuneta y me quedaba muy quieta, abrazándome con fuerza las rodillas, encogiéndome lo más posible, sintiendo como el miedo iba creciendo a medida que la oscuridad se acrecentaba. Podría haber encendido yo misma esa hoguera para alejar la oscuridad unos centímetros, pero me parecía que sin los demás no tendría sentido, que lo único que haría sería aumentar aún más la sensación de abandono. Y además, me daban miedo las sombras que podrían producirse con su suave luz y en las cuales me parecería ver las caras llenas de envidia y odio de todos los que habían muerto, de todos los que no habían tenido esa oportunidad de seguir viviendo que yo no apreciaba y que, sin embargo, quería conservar a toda costa. Pasaba las noches vigilando, negándome a quedarme dormida por si la muerte, que en su primer rápido paso se había olvidado de recogerme, se daba cuenta de su error y decidía volver a por mí. No quería que me encontrase durmiendo, quería saber el cómo, el por qué… Y así, las lágrimas y el miedo eran mis únicos compañeros de cama, hasta que el agotamiento me hacía caer rendida. Y a la mañana siguiente me despertaba, con esperanzas renovadas, convencida de que aquella horrible noche sería la última en soledad, de que ese día encontraría a alguien. Y volvía a buscar.

Poco a poco el aire de las ciudades volvió a hacerse respirable, el aroma de la muerte fue retirándose de las calles. Empecé a recorrer las ciudades y pueblos con las ventanillas abiertas y la música saliendo por ellas, como un canto de bienvenida, una llamada a la reunión y la compañía que, ciudad tras ciudad, sólo sirvió como canto fúnebre para los miles de cadáveres dormidos en los edificios.

No sé cómo no me volví loca. Creo que mi mente se negó a reconocer en todo momento que yo podía ser el único ser humano del planeta, que la esperanza mantuvo mi cordura, que los recuerdos de aquella otra vida, que cada día resultaba más lejana y borrosa en mi recuerdo, me daban fuerzas para seguir luchando por volver a tener un amigo, un compañero de viaje, una familia…

Y un día le encontré. Entré en un pequeño pueblo, igual a tantos otros, con la misma canción que yo ya no oía por la costumbre sonando atronadora. Recorrí las calles despacio, mirando las aceras vacías, las casas cerradas, las ventanas ciegas… Y entonces le vi, en medio de la plaza, sentado en el bordillo de una fuente de la que ya nunca más manaría agua. Al principio se mantuvo tan quieto, tan gris, tan semejante a la materia muerta de su alrededor que no le distinguí. Al fijarme mejor, intentando saber si mis ojos volvían a crear ilusiones inútiles y dolorosas, se giró hacia mí y se quedó mirándome, esperando.

Bajé del coche y fui hacia él. No avanzó un paso, no dio ninguna muestra de alegría, ni de bienvenida. Se comportó como si siempre hubiese sabido que yo llegaría y le encontraría, como si no me quedase otra salida que llegar hasta él. O como si no le importase si le encontraban o no.

Le hablé y me contestó con monosílabos, en un idioma que, al de algunos minutos, identifiqué como francés. Intenté que nos entendiésemos hablándole despacio, usando signos… emocionada con la posibilidad de volver a comunicarme, pero él no pareció interesado. Se levantó de la fuente y empezó a caminar. Le seguí hasta una casa, dos pasos detrás de él, sin decir una palabra, decidida a seguirle a cualquier lugar, feliz por haberle encontrado. Me señaló la cama en la que dormiría y volvió a salir. Me quedé allí, sintiéndome aún más sola de lo que lo había estado hasta el momento. Al de unas horas de esperar, me quedé dormida.

Desperté por el sonido que producía su cuerpo metiéndose en mi cama. Abrí los ojos y vi la luz de las estrellas a través de la ventana. Su sombra enorme se deslizó sobre mi cuerpo. Empezó a moverse y yo le dejé hacer, reconfortada por sentir a alguien a mi lado. Se movía sin pasión, sin energía, como si estuviese cumpliendo con una tarea que le desagradaba. Cerré los ojos e intenté no pensar, no darme cuenta de que él sólo veía en mí un vehículo de reproducción, un animal de cría, un futuro para el género humano. Yo sólo quería compañía, había pasado meses imaginando a alguien que me quisiera, unas manos amables, una voz suave, una sonrisa… Pero el empuje mecánico de su cuerpo sobre el mío, el agridulce olor del sudor en su piel, la fetidez del alcohol en su aliento me sacaron de la ilusión para hacerme sentir más vacía. Y más sola.

Cuando terminó, se levantó y se marchó a otra habitación. Y así, día tras día y noche tras noche, nunca tuvo una sonrisa o una palabra de afecto para mí. Nos limitábamos a compartir espacio, a sobrevivir en un mundo que ya no nos quería, a intentar resucitar la esperanza para una especie que debería haber desaparecido.

Aun así seguí intentándolo. Ahora que le había encontrado no podía rendirme tan fácilmente. Mis sueños de volver a ser parte de un grupo, de una pequeña sociedad, volvían a mi mente una y otra vez y me daban nuevas fuerzas para intentar relacionarme con él, para mentirme y no ver la magnitud de su odio hacia mí, para ignorar el desprecio que sentía y que me demostraba en cada pequeño gesto.

Busqué libros en el pueblo e intenté aprender su idioma. Cada día, cuando él llegaba, yo trataba de sorprenderle con las cosas nuevas que había aprendido, le decía las palabras en los dos idiomas, intentando que él se involucrase en aquel esfuerzo por comprendernos, por comunicarnos, por volver a comportarnos como dos seres humanos. Pero él nunca intentó nada. Se limitaba a sentarse frente a una ventana, contemplando el pueblo muerto.

Yo le sonreía a todas horas, intentaba seguirle, me comportaba como un perro fiel que llora y suplica por una caricia de su amo. Pero nunca conseguí nada. Era como si yo no estuviese ahí o como si no tuviese más importancia que un mueble. Tampoco hizo nunca ningún intento por que yo me marchase. Creó que me habría hecho menos daño si me hubiese echado de su lado. Al menos eso habría indicado que notaba mi presencia, que yo producía alguna reacción en su ánimo. Pero ni siquiera me odiaba, ni siquiera le molestaba. A veces pienso que se había convencido de tal manera de que él era el único ser humano del planeta que nunca me reconoció como tal.

La vida con él me resultaba insoportable. Casi habría preferido no haberle encontrado nunca. La soledad a su lado se hacía más palpable, más pesada… Empecé a pensar en abandonarle, en marcharme de nuevo a buscar vida en las ciudades muertas. Un par de veces me dirigí a mi coche, dispuesta a irme para siempre, pero no me atreví. Estar con él era una salida fácil, al menos alejaba el miedo, mantenía a la noche y a la locura algo más lejos de atraparme. Sabía que volvería cuando la noche llegase y me diese cuenta de que estaba en un mundo demasiado grande, demasiado vacío…

Pero tampoco podía quedarme a su lado. Su falta de emociones, su evidente desprecio hacia mí me hacía demasiado daño. Pasaba horas preguntándome por qué me alejaba así de su lado, por qué nunca quiso intentarlo. Al fin llegó un día en que me di cuenta de que me daba igual. Le odiaba tanto como le necesitaba.

La idea de acabar con él fue haciéndose cada vez más fuerte. Si eliminaba del todo la posibilidad de regresar a su lado, podría volver a ser libre. Intenté durante semanas apartar esa idea de mi cabeza. Me decía que estaba loca, que no podía ser tan malo, que al menos con él no estaba sola… Traía a mi mente los recuerdos de esas noches en mi coche, vigilando la oscuridad asustada, suplicando por tener a alguien. Y ahora lo tenía, debería conformarme, ser realista y adaptarme. Y volvía a intentarlo durante unos días para volver a chocar contra sus muros. Y volvía a sentirme sola y a pensar en su muerte, en recuperar mi libertad. Si no acababa con él, no podría volver a ser una persona. Nunca sería libre mientras me atase con su mirada, no mientras continuase despojando mi espíritu de todo valor con su desprecio.

Así que lo hice. Entré en una farmacia y busqué algo con lo que envenenarle. El se lo tragó todo sin percatarse de mi presencia, como siempre. Me sentí triunfal, poderosa. Tenía su vida en mis manos, podría haberlo evitado con un gesto, con una palabra. Pero no lo hice, por todos los gestos que él no hizo, por todas las palabras que no pronunció y que podrían haberme salvado de la soledad, que le habrían salvado a él de la pena de muerte que había tenido que imponerle. Mientras ingería la cena del condenado yo fui recontando las sonrisas que no me había dado, las emociones que me había negado.

Después se fue a dormir. Al de unas horas empezó a gritar de dolor. Me acerqué a su cama y le miré a los ojos y por fin descubrí emoción en ellos. Sabía que se moría, tenía miedo y me pedía ayuda. Por fin valía algo para él, por fin me necesitaba. Pero era tarde. Me giré y volví a mi habitación. Por primera vez en meses me dormí sin derramar una lágrima.

Ya es noche cerrada sobre la colina. Las estrellas brillan frías en lo alto. Me pregunto si alguien más las estará contemplando, en algún lugar del mundo, si mis sueños de encontrar a alguien que me quiera y me acepte, que me devuelva a la vida, tienen todavía alguna oportunidad de hacerse realidad.

Empiezo a bajar la colina y me dirijo de nuevo a la casa. Tengo que comprobar que está muerto. No quiero tener ninguna esperanza que pueda hacerme volver a buscarle, no debo volver a caer en esta trampa en la que he permanecido atrapada durante meses, viendo como mi vida se escapaba sin tener valor para hacer nada. Esta historia debe acabar aquí, debo empezar renovada, sin ninguna carga detrás, sin pasado… Cuando lo haya comprobado, cogeré de nuevo mi coche y volveré a recorrer ciudad tras ciudad, buscando a alguien a quien poder mirar a los ojos sin caer en un abismo.

La duda vuelve a asaltar mi mente. ¿Y si no hay nadie más?. ¿Y si he acabado con la mitad de la humanidad?. Quizá sea mejor así, quizá el ser humano esté destinado a matarse entre sí, a luchar mientras haya alguien con quien hacerlo sobre la faz de la tierra. Quizá el momento del final de la humanidad había llegado y nosotros éramos un fallo. No lo sé y no quiero planteármelo. No quiero pensar en nada más, solo en seguir buscando mi sitio, seguir buscando, seguir buscando…

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