Tibia venganza

Observó como los últimos habitantes del pueblo traspasaban la puerta del cementerio. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando el agujero en el que reposaban los restos de su padre. Horas mas tarde, el enterrador vendría a sellar la tumba con cemento y a colocar la losa de mármol pero, por el momento, estaría a solas con su cuerpo y sus recuerdos.

Siente el viento en su pelo, las piernas pesan cada vez más pero sigue corriendo, cada vez más fuerte. Oye los gritos de su padre animándole, unos metros más adelante. Cruza la línea de meta y se agacha, intentando recuperar el aliento. Al levantar los ojos encuentra la sonrisa de su padre, su mirada brillante. Lo ha hecho, ha ganado la carrera. Su padre le da una palmada en la espalda y le sube a sus hombros. Se dirigen al bar cantando “campeones, campeones”. Su padre invita a una ronda a todos los que están allí y les cuenta como su hijo, con solo seis años, ha ganado a otros niños mucho mayores y que será un gran campeón. Todo el mundo le felicita y le alborota el pelo y le da palmadas cariñosas.

Miró el ataúd de nuevo, pensando que esos momentos felices quedaron ya muy lejanos, casi como si los hubiese soñado. Caminó unos pasos y se colocó delante de la otra tumba, cerrada hace apenas tres meses. Paseó los dedos sobre el nombre de su madre, grabado en letras doradas sobre el mármol negro, con el mismo cariño que si acariciase su rostro. Pensó con amargura en cuanto la había odiado cuando era niño, en lo difícil que le había resultado comprenderla.

La luz de su cuarto está apagada, debe ser todavía de noche. En un primer momento no sabe por que se ha despertado pero entonces lo nota. Su cama esta empapada, de un liquido tibio que baja por los pantalones de su pijama. Se sonroja por la vergüenza. ¿Cómo ha podido hacer eso?. Ya no es un niño pequeño, tiene casi siete años.

Llama a su madre, en susurros al principio. Sabe que aun están despiertos, puede oír el rumor de la televisión. Empieza a llamarla en voz más alta y ella acude. Cuando entra, él destapa la cama y, sin mirarla ni decir una palabra, le enseña la mancha amarillenta que empapa el colchón. Ella se queda en la puerta durante unos segundos y cuando él levanta la vista, le dice:

– Espera a que se haga de día. No me llames hasta entonces.

Vuelve a apagar la luz y sale. Él se queda sentado en la cama, a oscuras, incapaz de volver a dormir. El liquido de las sabanas va enfriándose, haciéndole tiritar. El olor invade toda la habitación. Se echa a llorar, intentando entender por que su madre le trata así, esperando que en cualquier momento ella entre de nuevo.

Retiró las flores marchitas que adornaban la tumba de su madre y colocó uno de los ramos que los vecinos habían traído para el funeral. Lo que había sucedido aquella noche se había repetido muchas más veces y ella siempre se había comportado igual, dejándole solo y lloroso hasta que su padre se marchaba a trabajar al amanecer. Pensó muchas veces en contarle a su padre como le trataba para que él la riñera por portarse así con su campeón. Sabía que a su padre si le haría caso, que la reñía muchas veces cuando él estaba en la cama y pensaban que no oía los golpes y los sollozos de su madre. Recordó con amargura como había pasado años pensando que su madre debía ser muy mala para que su padre tuviese que castigarla tanto. Nunca le había dicho nada. A pesar de odiar como le trataba, siempre le dio pena oírla llorar.

Abre los ojos a la luz de la mañana. Se levanta corriendo y va a la habitación de sus padres. Es domingo y su padre le deja meterse en la cama hasta que su madre les trae el desayuno. Le gustan esos momentos, los dos solos escuchando en la radio las noticias deportivas.

Su padre le sonríe y le saluda con un “hola, campeón” mientras da unas palmaditas en la cama, a su lado, invitándole a subir. Él entra en la cama y se tumba, acurrucándose en las mantas. Oye los ruidos de su madre en la cocina y siente el calor del cuerpo de su padre al lado del suyo. Se siente tranquilo y a gusto. Sin darse cuenta, vuelve a quedarse dormido, arrullado por el sonido de la radio. Unos gritos de su padre le hacen volver a despertarse:

– ¿Qué cojones has hecho?. ¡Puto crío de mierda!.

Su madre llega corriendo desde la cocina. Su padre se ha levantado y ha destapado la cama. Un charco amarillento se extiende por las sabanas. Su madre corre hacia él pero su padre le corta el paso y la empuja contra una pared. Ella se queda sentada en el suelo, llorando y mirándoles asustada.

– ¡Mierda de niño!. Te voy a enseñar yo a mearle a tu padre.- grita mientras suelta los botones de su pantalón de pijama.

Apagó su cigarrillo y volvió a contemplar la tumba de su padre, donde descansaba inerte el hombre que les aterrorizó durante tantos años. Desde aquel día había dejado de ser su campeón, no había vuelto a acompañarle a los entrenamientos, ni le había llevado más al bar para presumir delante de sus amigos. Poco a poco, había ido comprendiendo la conducta de su madre, su afán por esconder delante de su padre que su hijo no era perfecto, igual que había escondido delante de todo el pueblo que su matrimonio era un infierno.

Ahora todo había acabado, para su madre y para él. Todos los golpes que habían sufrido, todo el terror, todo el odio. O quizá el odio no. Seguía sintiéndolo dentro, quemándole, y ahora que su objeto había muerto no sabía como descargarlo, como devolverle algo de ese dolor. Aunque quizá si había algo que podía hacer. Se desabrochó el pantalón y se quedó contemplando el chorro dorado, disfrutando del sonido del tamborileo contra la madera como si fuese música. Volvió a atarse los pantalones y sonrió:

– Devuélvemelo otra vez si puedes, hijo de puta.

Volvió a poner su mano durante unos segundos en la fría superficie de mármol de la tumba de su madre y después se alejo, sintiéndose mucho más ligero.

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