Sombras en las paredes

Recuerdo que la primera vez que vi una de aquellas figuras me pareció graciosa. Era el dibujo de un gato, negro y gordo, en la pared en la que se apoyaban unas escaleras. Daba la impresión de estar sentado en uno de los peldaños, tomando el sol, tranquilo. Lo miré durante unos segundos, sonreí, continué andando y lo olvidé. A pesar de trabajar para la policía municipal, nunca había considerado los graffitis como un acto de vandalismo.

Poco a poco, fueron apareciendo en diversos lugares de la ciudad: cerca de las paradas de autobús, en los subterráneos que cruzan las vías del tren… Y siempre el mismo dibujo: un gato. Más grande o más pequeño, negro o de colores, solo o en grupo, pero siempre gatos. Pensé que sería una gamberrada de alguien a quien le encantaban esos animales y seguí considerándolo algo gracioso y sin importancia.

Sin embargo, poco a poco, dejaron de parecerme tan simpáticos, sin saber al principio por qué. En mis rondas por la ciudad acabe dándome cuenta de que, al de unos días, no había calle en la que no apareciese uno de esos dibujos. Era imposible que una sola persona estuviese dedicándose a llenar la ciudad. Pregunte a mis compañeros y, a pesar de que todos ellos habían notado su aparición, nadie había visto al autor de esas figuras.

Un día, esperando a un amigo fuera de la estación, me di cuenta de que algo extraño había sucedido. Solía haber decenas de gatos rondando por allí, escarbando en los contenedores de basura que estaban situados cerca de las escaleras. Ahora no se veía ninguno, sólo muchísimos de esos dibujos esparcidos por las paredes cercanas. Sentí que un extraño frío me invadía, como una premonición. Pero lo dejé pasar. Después de todo, ¿qué tenia que ver aquello conmigo?.

Sin embargo, pocos días después, aquel extraño suceso paso a convertirse en el núcleo central de mi trabajo. Empezó a llegar gente a comisaría, enfadados unos, asustados otros, denunciando todos el mismo hecho: alguien había entrado por la noche en sus casas y se había llevado a su gato, dejando a cambio un dibujo en la pared.

Aquello constituía un delito, así que pasamos los siguientes días investigando, acudiendo a las casas de los afectados para comprobar que ninguna puerta había sido forzada, que no se habían llevado nada más, que nadie les había visto. Mientras tanto, cientos de denuncias empezaron a acumularse en comisaría. La gente estaba cada vez más asustada y exigía que se hiciese algo. Así que lo hicimos.

Alquilamos un gran almacén a las afueras de la ciudad y pedimos a todos los ciudadanos que trajesen a sus gatos a pasar allí la noche. Si los criminales querían seguir con sus actividades, tendrían que hacerlo delante de nosotros. Al final del día, teníamos 1157 gatos, cada uno en su caja, esperando para pasar la noche. Pronto nos dimos cuenta de que sería imposible permanecer vigilando dentro del almacén. Los gatos maullaban, lloraban, arañaban las cajas. Mis compañeros comentaron que debían estar nerviosos por estar fuera de su casa o que quizá el olor de las hembras les estaba poniendo histéricos, así que salimos a vigilar el almacén desde fuera. Salí el ultimo y eché un vistazo a las caras de los gatos de las primeras filas. A mí me pareció que estaban aterrados.

Vigilamos fuera durante algunas horas, conscientes de que, mientras estuviésemos allí, los culpables no se atreverían a acercarse. Aunque sofocados por las paredes, los maullidos de los animales seguían volviéndonos locos. Y entonces todo cesó y sólo quedó el silencio.

Entramos corriendo para encontrarnos con las cajas vacías. No quedaba ni uno solo de los animales, sólo sus sombras dibujadas en las paredes. Las puertas no se habían abierto, no había habido tiempo para que nadie dibujase todo eso. Pero había sucedido: en un instante estaban, al siguiente, no.

Mientras mis compañeros intentaban encontrar una explicación para todo aquello, yo me dedique a contar los dibujos de las paredes: 1157.

En los siguientes días recibimos algunas denuncias más de la gente que había preferido no llevar sus gatos al almacén. Seguían desapareciendo, aunque sus dueños se quedasen velándoles toda la noche. Bastaba una pequeña cabezada, una visita al baño, una mirada hacia otro lado para que el animal desapareciese y sólo quedase uno de aquellos dibujos como recuerdo.

Poco a poco las denuncias fueron espaciándose, hasta que un día ya no hubo más y nos quedo claro que ya no quedaba ningún gato en la ciudad. Pasaron los días y las cosas volvieron a la normalidad. Parecía que, una vez conseguido su objetivo, el misterioso dibujante se había quedado tranquilo.

Pero desde esta mañana sé que no es así. Creo que voy a dejar esta ciudad. Al salir de mi ascensor he visto, en una de las paredes de mi portal, el dibujo de la figura de un hombre. Se parece muchísimo a mi vecino del cuarto izquierda.

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2 Respuestas a “Sombras en las paredes

  1. Pingback: ¡Feliz día mundial del gato! | La Red de Caronte

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