La cita

Cerró la puerta con tres vueltas de llave y, en el momento en que se giraba para llamar al ascensor, se dio cuenta de que le faltaba algo. Se volvió extrañado y, después de comprobar que había cerrado bien la puerta, la abrió de nuevo y entró en la casa. Las ventanas estaban cerradas, las luces apagadas… Comprobó la llave del gas, los grifos… Todo estaba bien pero la sensación seguía allí, aun más apremiante. Faltaba algo, algo importante, algo que tenía que recordar con urgencia.

Se miró en el espejo para comprobar su aspecto físico. Impecable, como siempre. Recordó la revisión de su agenda que había realizado minutos antes, sintiéndose estúpido por pensar que lo que faltaba podía estar ahí. Era imposible. Siempre era meticuloso a la hora de anotar una cita, de organizar sus días… Entonces, ¿qué podía ser?. ¿Qué estaba produciendo esa sensación de inquietud, esa idea absurda de que algo importante se le escapaba?.

Era una sensación más incomoda a cada segundo que pasaba, como si estuviese a punto de recordarlo pero se escapase siempre fuera del alcance de su conciencia en el último momento. Como cuando te parece ver algo por el rabillo del ojo, pero, cuando intentas enfocarlo, ya no está.

Respiró de forma profunda y lenta unas cuantas veces. Intentó pensar en otras cosas y dejar que el ritmo de la respiración fuera relajándole, como había sucedido en otras ocasiones, pero fue en vano. La sensación seguía ahí, cada vez más fuerte, como algo que le pinchase en el centro de su cerebro, para impedir que lo ignorase. Al de unos minutos de inútiles esfuerzos por tranquilizarse volvió a abrir los ojos y miró su reloj. Se sorprendió. Iba a llegar tarde. Por primera vez en más de diez años, iba a llegar tarde.

Recogió el maletín que había dejado en la entrada y salió rápido de la casa pero la sensación se hizo más apremiante. No debía ir a trabajar y enfrascarse en sus casos y sus reuniones, debía recordar. Era urgente que se acordase pero no sabía como hacerlo. El recuerdo parecía estar más lejos cuanto más se esforzaba por traerlo a su mente y, sin embargo, no sabía como tranquilizarse, no sabía que podía hacer para evitar esa idea que le obsesionaba.

Bajó en el ascensor hasta el garaje, mientras la misma idea seguía girando en su mente, una y otra vez, cada vez más rápido, como una espiral sin fin. Empezaba a apremiarle la certidumbre de que lo que tenía que recordar no era algo tan tonto e insustancial como una luz encendida o un grifo goteante. No, era algo REALMENTE IMPORTANTE. Pero, ¿qué?.

Llegó hasta su Audi y encendió el motor mientras su cabeza seguía trabajando a toda máquina: la ITV, la declaración, el impuesto de circulación, un chequeo médico, el cumpleaños de su padre, el de su madre… Nada, no era nada de eso. Conocía a la perfección las fechas y horas de cada uno de esos eventos. Entonces, ¿qué era?. Si no era nada de eso, ¿qué podía ser?. Su mente seguía torturándole con la idea de que se trataba de algo AÚN MÁS IMPORTANTE.

Encendió la radio del coche para intentar distraerse mientras conducía a toda velocidad hacia su trabajo. No funcionó. Ni escuchar la radio, ni concentrarse en el tráfico, ni encender un cigarrillo tras otro,… ni siquiera la preocupación que debería sentir por ir tarde a trabajar. Todo quedaba minimizado por la tremenda importancia de aquello que se le escapaba.

Llegó al edificio de oficinas y se dirigió al ascensor. Saludó a su secretaria de forma mecánica al pasar y entró. Encendió el ordenador y revisó la agenda que tenía allí. No había nada nuevo, era una copia exacta de su agenda de mano. Echó un vistazo a los expedientes de sus últimos clientes por si hubiese algo que no había anotado: una cita, la revisión de un caso, una comparecencia a juicio, algún impreso que rellenar, aunque fuese una llamada de teléfono para confirmar algo… No encontró nada.

Se frotó los ojos y los apartó de la pantalla del ordenador. Encendió otro cigarrillo y decidió concederse un par de minutos de descanso, pero su cerebro no pensó que fuese buena idea. Seguía atormentándole, imprimiendo cada vez más urgencia a la necesidad de que recordara.

Intentó distraerse observando el despacho en el que trabajaba, día tras día, desde hacía más de diez años. El amplio ventanal que ocupaba toda la pared derramaba su luz por el cuarto y le permitía ver a sus pies la ciudad de Bilbao, viva y frenética a esa hora de la mañana. Sobre su mesa se encontraban, ordenados de forma meticulosa, los expedientes en los que trabajaba. La mesa, las sillas, los ficheros eran modernos, limpios, asépticos, fabricados en una fría combinación de cristal y acero. En la pared destacaba un enorme cuadro modernista en tonos azules y grises que él mismo había elegido. Nunca lo había entendido pero combinaba a la perfección con la moqueta. No había nada más en la oficina que hubiese sido escogido por él. Ni fotos, ni adornos, nada que diese la impresión de que ese lugar estaba habitado por un ser con vida propia. En aquel momento, echó en falta esos adornos, que hubiesen podido distraer su atención de las urgencias que su mente le imponía.

De repente, la puerta se abrió y entró Ana, su secretaria:

– Señor Aguirre, aquí le dejó la correspondencia.

Antonio clavó sus fríos ojos grises en ella. Ana lo miraba con una sonrisa estúpida. La estudió durante unos segundos. Rubia teñida, largas piernas bajo una escasísima minifalda, escote vertiginoso… Consiguió sonreír antes de contestar:

– Gracias, Ana. Puedes marcharte.

– ¿Quiere un café?. ¿Un té?. ¿Necesita alguna cosa?.

Antonio empezó a sentirse nervioso, irritado. Claro que necesitaba algo: que alguien le dijese qué era lo que le faltaba, qué estaba haciendo que su cabeza no funcionase bien esa mañana. Y, si eso no podía ser, necesitaba que al menos le dejasen solo, en paz. Necesitaba concentrarse y recordar o iba a volverse loco. Sin embargo, logro contener su mal humor:

– No, gracias. Solo llama a los clientes con los que estaba citado hoy y aplaza las reuniones para cualquier otro día. No me encuentro bien.

Ana le miró con expresión de extrañeza:

– ¿Le pasa algo?. ¿Quiere una aspirina?.

Antonio notó que su autocontrol se debilitaba con cada palabra que ella pronunciaba. Su sola presencia empezaba a resultarle insoportable.

– No necesito nada. Ahora vete.

Había intentado imprimir a su voz toda la firmeza y determinación de que era capaz pero Ana no pareció darse cuenta de ello.

– Esta bien. Si necesita cualquier cosa, llámeme. Y ya he terminado de revisar los expedientes de los casos que me pidió ayer. Cuando quiera, los traigo y los comentamos.

Antonio la miró unos segundos mientras intentaba contener la ira que crecía en su interior. Tanta solicitud le ponía enfermo, tantas sonrisas y falsos intentos de resultar amable. Lo único que quería era estar solo. ¿Tan difícil era entenderlo?.

– Le he dicho que no necesito nada, gracias.- su tono era cortante, remarcando cada una de las palabras. Ella se giró, dispuesta por fin a retirarse pero la ira había crecido demasiado como para dejar la situación así.- Por cierto, Ana, ¿qué estudios tienes?.

– Bueno, yo…- se quedó plantada delante de la puerta, fuera de lugar, como si no supiese a que venía la pregunta. Incluso la sonrisa estúpida desapareció de su cara, para satisfacción de Antonio.- Soy administrativo.

– Entonces, ¿de dónde sacas la titulación necesaria para revisar expedientes?. Estas aquí para traerme café, atender mis llamadas y sacar fotocopias. Y ahora déjame solo.

– Si, señor.- La voz de Ana sonó entrecortada, como si estuviese a punto de llorar. La conciencia de Antonio le susurró que no estaba actuando bien, pero su ira estaba desbocada y tuvo que seguir.

– Ah, una cosa más. Espero que, a partir de mañana, vengas vestida como debes. Esto es una oficina, no un bar de alterne.

Esta vez la chica salió de la oficina sin decir nada más. Antonio sintió una punzada de culpabilidad, pero fue desterrada de inmediato por la idea que había conquistado la totalidad de su pensamiento esa mañana.

Llamó por teléfono a Raúl para cancelar el café de media mañana, alegando que tenía mucho trabajo. Ya había ofendido a su secretaria, no quería enemistarse también con la única persona de la oficina con quien tenía suficiente confianza para tomarse un café o jugar un partido de paddle.

Una vez libre de sus obligaciones se sintió más tranquilo. Lo único que le preocupaba era la comida con el Señor Gutiérrez. Llevaba más de un mes esperando esa reunión y tenía puestas muchas esperanzas en ella. Se rumoreaba que iba a ofrecerle el puesto de jefe del departamento e incluso una participación en la empresa como socio. No podía presentarse a esa reunión con la cabeza desordenada y comportándose como un enajenado. Pero al menos tenía por delante más de cuatro horas para recordar o para que su mente se cansase de aquel estúpido juego con el que llevaba torturándole toda la mañana.

Decidió imponerse a su nerviosismo y comenzar su búsqueda de forma metódica. Empezaría por revisar su agenda, mirando todas las páginas desde que había comenzado el año. Página tras página, se obligó a seguir a pesar de la sensación de que lo que buscaba no estaba ahí, hasta que consiguió terminar de revisarla. Pensaba que si lograba concentrarse lo suficiente en una tarea rutinaria, conseguiría tranquilizarse, olvidar aquella urgencia, pero no fue así. La sensación era más y más fuerte, como si le sugiriese que había una hora límite para encontrarlo, que si no se daba la suficiente prisa, sería demasiado tarde.

Cuando terminó con la agenda, revisó su directorio telefónico. Quizá había prometido llamar a alguien y lo había olvidado. Mientras miraba, recordó a dos o tres personas a las que había prometido llamar para comer algún día, y que luego había olvidado porque nunca encontraba un hueco en su trabajo o las ganas suficientes para perder dos horas en conversaciones intrascendentes. Pero tampoco era eso.

Se encendió otro cigarrillo mientras se preguntaba por dónde continuar la búsqueda. No se le ocurría nada, pero en algún sitio tenía que estar la respuesta. Ya no pensaba que todos aquellos pensamientos que le torturaban fuesen un juego de su cerebro. Había algo, algo importante, algo real… No se estaba volviendo loco, estaba seguro. Había un hueco en su memoria, un recuerdo borrado, un vacío que tenía que llenar. Sintiéndose cada vez más frenético, empezó a revisar todos sus expedientes, sabiendo de antemano que no había nada allí, pero incapaz de soportar la inactividad un segundo más.

Consiguió enfrascarse de tal modo en la búsqueda, que la voz de Ana por el intercomunicador le sobresaltó:

– Señor Aguirre, le recuerdo que tiene una cita con el Señor Gutiérrez en media hora.

¿En media hora?. Miró su reloj, asombrado. No podía creer que hubiese pasado tanto tiempo. Y seguía sin encontrar nada y el tiempo se le estaba acabando. En ese momento, reunirse con el Señor Gutiérrez le parecía una imperdonable pérdida de tiempo. Con un suspiro resignado, cerró la carpeta de sus expedientes. Tenía que ir. No se le ocurría ninguna excusa y, de todas maneras, estaba seguro de que lo que buscaba no se hallaba en la oficina. No serviría de nada quedarse allí. Salió y, tras avisar a Ana de que no volvería hasta el día siguiente, se dirigió al restaurante.

El Señor Gutiérrez hablaba y hablaba sin parar, pero Antonio no era capaz de concentrarse en la conversación. Captaba retazos sobre el auge económico de la empresa, el enorme prestigio que estaban alcanzando, futuros planes de expansión…, lo suficiente para contestar con monosílabos cuando le preguntaba. Gracias a Dios, al Señor Gutiérrez le encantaba oír el sonido de su propia voz. Antonio pensó que si se muriese en la silla, le costaría un par de horas darse cuenta de que nadie le escuchaba. Por ello, pudo volver a concentrar todos sus esfuerzos en la idea que seguía dando vueltas por su cabeza. Mientras conducía hacia allí, se le había ocurrido que lo que debía recordar tenía que ver con su pasado y que debería mirar sus agendas de años anteriores. Por ello, lo único que deseaba en ese momento era que la reunión acabase por fin para correr hacia su casa a mirarlo. Y pensar que había pasado semanas obsesionado por esa reunión. Ahora daba igual, todo daba igual menos aquel espacio en negro en su memoria.

– ¿Qué me contestas, Antonio?.

– ¿Qué…?- se dio cuenta de que debía llevar varios minutos sin escuchar una sola palabra de la conversación.- Perdone, me he distraído.

– ¿Estas bien?.- El Señor Gutiérrez frunció el ceño, mostrando con su expresión que el hecho de que uno de sus empleados se distrajera mientras hablaba, era nuevo para él.- Te preguntaba que opinabas sobre la posibilidad de ocupar el puesto de director del departamento jurídico.

– Ah, eso…- Antonio se quedó unos segundos mirando su plato, sin saber que contestar. El Señor Gutiérrez carraspeó, impaciente.- Bueno, claro que me gustaría.

– ¿Que te gustaría?. Pensé que te mostrarías más entusiasmado. Llevas años trabajando para lograr ese puesto.

Antonio volvió a sentir la ira creciendo en su interior. Era cierto que llevaba años trabajando para eso, viviendo para la empresa, sin importar que fuese fiesta, o que estuviese cansado o enfermo. Lo había dado todo por la compañía. ¿Era tanto pedir un día de su vida para ordenar sus pensamientos?. Echando un vistazo a esos diez años intentó encontrar momentos de su vida que no tuviesen que ver con su trabajo, momentos para él. Y no encontró nada. Sólo amigos distanciados, aficiones perdidas, sueños olvidados. Y sobre todas esas cosas la imperiosa necesidad de no fallarle a la empresa, de ser el número uno… Asombrado, se encontró preguntándose si en realidad había merecido la pena. Sin poder aguantar un segundo más, se levantó de la silla.

– Claro que estoy interesado, pero no me encuentro bien. Hablaremos de esto otro día. Ahora tengo que irme.

El Señor Gutiérrez se quedó boquiabierto, mostrando la comida que estaba masticando en aquel momento, consiguiendo con ello que la ira de Antonio se disparase. ¿Por qué tenía que seguir haciéndole la pelota a aquel gordo presumido al que doblaba en inteligencia y capacidad de trabajo?. En aquel momento se dio cuenta de que no lo admiraba, ni lo envidiaba sino que lo aborrecía, que llevaba sintiendo odio y asco por él desde hacía años. O quizá por si mismo, por obligarse a una sumisión que no soportaba. Todo su subconsciente pareció liberarse en un segundo, llenando su cerebro con los gritos de protesta que llevaba reprimiendo todo ese tiempo y que contestaban a su pregunta. No había merecido la pena. Estaba entregando toda su vida, se había convertido en un esclavo de gente a la que aborrecía por un trabajo. Antonio se odió al darse cuenta de que hace unos días habría entregado su alma por ese ascenso. Pero ya no. Además, su alma ya no debía valer nada. Llevaba acallándola tanto tiempo que casi la había matado. Pero ahora se había despertado y gritaba desesperada, exigiéndole que la sacase de aquel restaurante, de aquel trabajo, de aquella vida…

– Puedes irte, si quieres. Pero supongo que sabrás que tenemos varios candidatos más para ese puesto.

– Métanse el puesto por el culo, no lo quiero.- la cara de asombro del Señor Gutiérrez le animó a seguir hablando, eufórico.- Y pueden quedarse también con mi trabajo. Dimito.

Salió del restaurante, sintiéndose ligero, liberado, fijándose por primera vez en años en que el cielo era azul. Ahora podía volver a su casa a seguir con lo que de verdad era importante, buscar su recuerdo.

En el camino de vuelta a casa se sintió sorprendido por lo que acababa de hacer, pero sobre todo por como estaba afrontando la situación. Siempre que había pensado en la posibilidad de perder su trabajo, o de no ser el número uno, había sentido pánico y sin embargo, ahora que esa posibilidad se había convertido en algo real, se sentía feliz. Y lo más importante, no sabía de que manera, pero le parecía que aquel cambio radical en su vida le ponía en el camino correcto para recordar. No conseguía encontrar la relación, pero sabía que existía.

Llegó a su casa y se dirigió a la estantería en la que guardaba sus agendas de años anteriores por orden cronológico. Fue sacando una tras otra, revisándolas de manera frenética, dándose cuenta de que no eran más que una sucesión de días, semanas, meses, años iguales, sin emoción. Según iba revisándolas iba dejándolas en el suelo, según caían. Cuando hubo acabado con todas empezó a buscar en las carpetas en las que tenía ordenados todos sus documentos y recibos. Fue sacándolos con rapidez, echándoles un vistazo, preocupado por si la velocidad le hacía perderse algún detalle importante, pero sabiendo que no había tiempo para una revisión más minuciosa.

Cuando terminó con todas las carpetas, echó un vistazo a su alrededor. El salón aparecía abarrotado de papeles, como si hubiesen llovido del cielo. Su impecable chaqueta y su carísima corbata italiana de seda estaban tiradas sin ningún cuidado sobre el sofá. Se levantó del suelo y encendió un cigarrillo, mientras observaba el caos en el que se había convertido su casa, su vida, su mente… Se miró en un espejo y se sorprendió de su reflejo. Estaba despeinado, con la ropa arrugada, pero sus ojos no le devolvían la mirada de hastío y preocupación que solía ver todas las mañanas. Le gustó esa mirada, así como el desorden de la habitación. Sentía que estaba siguiendo el camino correcto para salir de la absurda vida que había llevado hasta entonces y que cuando encontrase su recuerdo todo encajaría, como un puzzle al que colocase la última pieza. Pero esa pieza tampoco estaba en casa.

Al mirar por la ventana volvió a fijarse en el radiante cielo azul. Era posible que pasear le tranquilizase. Hacia muchísimos años que no se dedicaba a vagar sin rumbo fijo, sin ir a ninguna parte, por el simple placer de caminar hasta encontrar un banco en el que fumarse un cigarrillo. Recogió su chaqueta y salió con ella colgada del brazo.

Empezó a vagar sin rumbo fijo, pero enseguida se dio cuenta de que extrañas sensaciones invadían su cuerpo, dependiendo del camino que eligiese. Había calles que, sólo con mirarlas, hacían que se acelerase su respiración, que las manos le sudasen, que su corazón latiese sin control, mientras que otras hacían que su ansiedad desapareciese por momentos, le producían la sensación de estar en el buen camino. Dedujo que, aunque conscientemente no pudiese recordar, su mente sabía lo que tenía que hacer, así que se dejó guiar. Le resultaba difícil comportarse de una manera tan pasiva, como si ya no tuviese las riendas de su propia vida, pero llevaba así desde que se había levantado y, por el momento, no podía quejarse del resultado. No recordaba el último momento de su vida en que se había sentido tan liberado, así que se dejó llevar.

Siguió caminando mientras el cielo iba volviéndose de un azul oscuro más y más profundo y las primeras farolas iban encendiéndose. Las calles fueron vaciándose de gente. Antonio fue encaminándose hacia calles cada vez menos concurridas, acelerando sus pasos al sentirse cerca de su objetivo. De repente, paró y miró alrededor. Aunque se encontraba muy lejos de los barrios que solía frecuentar, el paisaje le resultaba familiar. Se fijó en un pequeño parque vacío, en el patio de un colegio, en la fachada de una iglesia… A pesar de que el resto del paisaje había cambiado, que los edificios eran más altos y nuevos, que los comercios eran diferentes, reconoció el barrio al que solía venir con su grupo de amigos, cuando tenía dieciséis años. Recordó los primeros cigarrillos a escondidas, las primeras cervezas, las risas de entonces… ¿Donde estarían todos ellos?. Y lo peor de todo, ¿donde estaba aquel Antonio feliz y despreocupado?. Sintió la amarga mordedura de la nostalgia por aquellos momentos y aquella forma de ver la vida que ya no volvería. ¿O quizá sí?. Después de todo, había roto las cadenas que le sujetaban, podía volver a empezar su vida y esta vez lo haría bien.

Cumpliría sus sueños de adolescente: vendería el Audi y el apartamento y se compraría un jeep y una casa frente a la playa. Y un perro, sí. Uno enorme que llenase la casa de pelos. Y trabajaría solo, no volvería a inclinarse ante nadie. Y nunca más jugaría al paddle.

Respiró llenándose los pulmones con la brisa cálida del anochecer. Se sentía pleno, eufórico… si no fuese porque todavía tenía que encontrar la última pieza… Volvió a caminar mientras encendía otro cigarrillo. Ya no se sentía angustiado, ni preocupado. El recuerdo aparecería y todo se completaría. Estaba seguro de ello.

Entonces lo vio. La entrada de un garaje, vacía y oscura. Y se vio a sí mismo, con dieciséis años, en ese garaje. Llevaba el pelo más largo y unos gastadísimos pantalones vaqueros que le encantaban. Llovía a cantaros y en el cielo brillaban los relámpagos. La tormenta de verano caía con toda su fuerza y él reía cuando Raquel se apretaba contra su pecho cada vez que sonaban los truenos. Él la abrazaba fuerte para protegerla y le susurraba al oído que nada malo iba a pasar. Raquel, su primer amor. ¿Cuánto tiempo hacía que no se acordaba de ella?. Y entonces una luz se hizo en su mente, llenando por fin el vacío. Se oyó a si mismo, repitiendo la promesa que hiciera tanto tiempo atrás:

– No importa lo que pase, ni donde vayamos. Dentro de veinticinco años, yo estaré aquí, el mismo día a la misma hora y te seguiré queriendo igual que ahora. ¿Vendrás?.

Ella había sonreído y le había besado y él, sintiéndose la persona más feliz del mundo, había confirmado:

– Bien, entonces tenemos una cita. No lo olvidaré.

Se sintió por fin liberado de la opresión, de la sensación de urgencia. Por fin lo había recordado. A pesar de la tranquilidad y de lo dulce del recuerdo, se enfadó consigo mismo. ¿A eso venía toda aquella obsesión, todo ese torbellino?.

Era cierto que nunca había vuelto a encontrar a nadie que le hiciese sentir como Raquel, pero, ¿de qué le servia haberlo recordado?. Ella no iba a venir, de hecho no estaba allí.

Con una sonrisa triste arrojó el cigarrillo al suelo y se giró para volver a casa. Y entonces la vio, con las luces de las farolas dorando su silueta y su voz sonando igual que años atrás y despertando sentimientos que él creía muertos:

– Estás aquí. Pensé que no lo recordarías.

Cuando él se acercó y le tomó la mano, sonó el primer trueno.

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