El ultimo paseo

El espejo no le devolvía su propia imagen. Era su pelo, sus ojos, sus rasgos, pero no acababa de reconocerse. Aquella expresión de derrota, esas lágrimas… Era la cara de alguien condenado a muerte y que espera con anhelo su ejecución.

Cristina se aparto de aquel reflejo y volvió a pasear intranquila por el salón. ¿Cómo podría remediar aquel error?. Si pudiese echar atrás el tiempo y cambiar lo que había sucedido aquella noche… Si pudiese cambiar el ultimo año…

Se sentó en el sofá, encendió otro cigarrillo y volvió a mirar su reloj. Quedaba menos de un cuarto de hora para que volviese Javier, y aun no sabía que iba a decirle, como iba a excusarse, ni si merecía la pena. Quizá no tuviese que decirle nada. Él lo sabría en cuanto la mirase a los ojos, todos sus temores quedarían confirmados.

Siguió con la mirada las espirales de humo del cigarrillo, dejando que su mente volviese a los acontecimientos de la pasada noche, intentando organizar sus pensamientos, encontrar un por qué.

Recordaba la entrada a la fiesta, del brazo de Javier, y su deseo de pasarlo bien entre la gente, de sentirse viva de nuevo. Pero al de unos minutos se dio cuenta de que todo era como siempre, dejada de lado y abandonada mientras Javier se enfrascaba en alguna conversación de negocios con sus socios. Ella allí no era nadie aparte de “la mujer de” y le parecía que los demás se lo hacían saber con sus vacías frases de cortesía y sus sonrisas huecas. Volvió a sentirse sola entre la multitud, olvidada en un rincón, rodeada por un ambiente de música y risas al que le estaba prohibido incorporarse. El alcohol iba nublando sus recuerdos a partir de ese momento, diluyendo el dolor.

Y entonces había aparecido él. Ni siquiera lo recordaba con claridad. Sólo unos ojos de un verde imposible enmarcados por unas pestañas oscuras y una voz lenta y grave. Se sintió a gusto con él, quizá porque su voz había sido una tabla de salvación en aquel océano de voces.

Habían seguido hablando, puede que durante horas. En algún momento de la noche, Javier se había acercado a decirle que se iban a casa, que tenia que madrugar mucho al día siguiente para coger un puente aéreo a Madrid. El recuerdo era muy borroso, casi como si no le hubiese sucedido a ella. Le había dicho que se quedaba, que volvería después en un taxi. Javier había insistido en que le acompañase, le había agarrado del brazo dispuesto a llevársela. A Cristina le había parecido ver una chispa de emoción en sus ojos negros pero no había sabido interpretarla. ¿Celos?. ¿Miedo?. ¿Odio?. Sin importarle, se había soltado de su brazo y girado de nuevo hacia la barra, para contemplar con interés el fondo de su vaso. El no había dicho nada más y se había marchado. Claro, Javier no iba a montar una escena delante de sus socios. El no podía hacer eso, tan serio, tan frío, tan profesional… Pero al menos, después de muchos meses había vuelto a demostrar un rastro de emoción, se había dado cuenta de que ella existía.

Había seguido hundiéndose en la inconsciencia del alcohol. En su mente aparecían imágenes de diferentes bares, siempre acompañada del desconocido de ojos verdes que le susurraba cumplidos con voz suave. Se había dejado llevar por aquellas dulces mentiras, por sentirse bonita, admirada, deseada por alguien… Sabia que Javier estaría preocupado, o enfadado, pero de alguna extraña y retorcida manera, eso también le había hecho sentirse bien, poderosa…

Y después la habitación de un hotel, besos y caricias anónimas, una pasión a la que sólo le importaba el momento presente. Cuando despertó a la mañana siguiente, sola en una habitación desconocida, se sintió aun más vacía.

Para cuando llego a casa, Javier se había marchado hacia horas. Le espero sintiéndose asustada, triste, culpable…

Oyó el ruido de la llave en la cerradura y sus pasos por el pasillo. Su estomago se contrajo, como si una mano lo apretase con fuerza desde dentro. Javier entró en el salón, serio, silencioso, y fijó su mirada en la mesa, en el cenicero repleto de colillas, en los kleenex llenos de lágrimas y, por fin, en sus ojos rojos. Cristina abrió la boca, intentando explicarse, pero no consiguió emitir ningún sonido. Sólo las lagrimas volvieron a brotar, imparables, expresándole su culpa y su dolor. Él puso su dedo índice en los labios de ella, pidiéndole que no hablase. Después le cogió la mano y la ayudó a levantarse, dirigiéndose de nuevo al pasillo.

– ¿A dónde vamos?.- consiguió preguntar por fin Cristina.

– A dar un paseo. Me ahogo aquí dentro.- respondió él.

Salieron de la casa y entraron en el coche. Permanecieron en silencio todo el viaje, como si ambos supieran que lo que tenían que decirse necesitaba un escenario especial, un ritual. Él permanecía atento a la carretera, conduciendo despacio, como si realmente estuviera paseando sin importar el destino.

Cristina lo contemplaba, iluminado de vez en cuando por las luces de los otros coches, que arrancaban reflejos de sus ojos negros. Se detuvo en observar cada uno de sus rasgos, su pelo ondulado, la curva de su mandíbula, sus labios gruesos, sus largas manos aferradas al volante en las que el anillo de boda parecía brillar con tanta fuerza que arrancaba calladas lágrimas a sus ojos. Se esforzó en memorizar todos esos rasgos, todos sus movimientos, su aroma…

Por fin paró y se bajó del coche, sin decir nada. Cristina observó el lugar a través de las lagrimas. Su acantilado, con el mismo mar de siempre, enfrascado en su eterna lucha por destrozar las rocas. Hacía siglos que no venían juntos a ese lugar. Habían sido felices allí, miles de besos y promesas acompañados por la música del océano.

Miró de nuevo a Javier, que se había adelantado y contemplaba el mar en silencio, de espaldas a ella, desde el borde del precipicio. El viento desordenaba su pelo e hinchaba su camisa blanca, que parecía brillar en la oscuridad, como un faro que indicase la salvación y la tranquilidad en medio de la tormenta de sus pensamientos. Le pareció hermoso. Supo que esa imagen la acompañaría durante muchas noches, cada vez que cerrase los ojos, y que le haría llorar, pero aun así permaneció quieta, sin querer molestarlo, deseando que ese instante fuese eterno, que se grabase a fuego en su memoria.

Por fin él se giró, rompiendo el hechizo, y le tendió la mano para que se acercase. Ella empezó a andar, con la cabeza baja, hasta situarse a su lado, con las olas rompiendo varios metros mas abajo. Si tuviese valor para acabar con todo… Parecía tan fácil…

– No eres feliz conmigo, ¿verdad?.- la voz de Javier era tranquila, carente de reproches.

– No, hace mucho que no lo soy.- contesto Cristina.- Me gustaría poder decirte otra cosa, pero supongo que no es momento de mentiras.

– No, no lo es. Por eso te he traído aquí, a nuestro lugar.- Javier hablaba mirando al horizonte, como si estuviera en un sueño.- Aquí siempre nos dijimos la verdad.

– Sí, como que nos querríamos eternamente.- dijo ella con amargura.

– Al menos por mi parte, sigue siendo verdad.- contestó él, girándose para mirarla.- Aunque tampoco soy feliz contigo.

Cristina bajó los ojos, contemplando de nuevo las olas. ¿Qué pretendía él con todo esto?. ¿Por qué la había traído aquí?. ¿No se daba cuenta de lo que significaba este sitio para ella, del daño que le estaba haciendo?.

– Sé que todo ha ido mal entre nosotros este último año.- siguió diciendo él- Yo no he tenido mucho tiempo para ti y tu no has sabido decirme que necesitabas. Ya da igual, no es cuestión de buscar culpables.

– Quizá ya no seamos los mismos, puede ser que hayamos cambiado y ya no seamos capaces de sentir nada.- intervino ella.

– Puede ser. ¿Sabes una cosa?.- ella lo miró a los ojos. La indiferencia de los últimos meses parecía haber desparecido. El recuerdo hacía que su mirada tuviese el brillo de ilusión que la había enamorado.- Muchas veces, durante estos meses, venia aquí y me sentaba a mirar el mar y a recordar aquellos días en los que tenía a mi niña en los brazos y el mundo parecía fácil.

Cristina sintió que las lagrimas volvían a inundarla. Ella también había venido cuando se sentía desesperada y sola a contemplar el inmenso y eterno mar que parecía decirle que sus problemas eran muy pequeños, que su pena no duraría para siempre. Si sólo una vez se hubiesen encontrado, si hubiesen ido juntos para tratar de descubrir si todavía podían salvarse. Pero se sentía tan culpable, tenia tan pocas fuerzas para volver a intentarlo, que sólo dijo:

– No podemos seguir viviendo de recuerdos.

Él le lanzó una mirada cargada de dolor y volvió a contemplar el mar durante unos segundos.

– Bueno, entonces supongo que esto es un adiós. Vamos a casa.

Cristina negó con la cabeza, no podía irse con él. ¿A casa?. Ya no había una casa a la que volver juntos, ya nuca mas habría un “nosotros”.

– No, ve tú. Prefiero quedarme aquí un rato más. Luego llamaré a un taxi.

Javier la miró, con una tristeza infinita. Parecía como si no quisiera dar ese ultimo paso, como si se resistiese a cerrar la puerta a la esperanza. Ella debía ser fuerte, no podían continuar haciéndose daño. Aquello debía acabar ahí. Se sentía como un agujero negro que devoraría todos los intentos de acercarse que él pudiera realizar y todo porque estaba tan frustrada y tan sola que no podía ver más allá de su dolor. Y sentía que merecía ese dolor, que no podría volver a mirarle a los ojos hasta que hubiese pagado.

Él se inclinó hacia ella, para darle un último beso de despedida pero Cristina torció la cabeza.

– Será mejor que no.- le dijo, llorando de nuevo.

Javier sonrió tristemente y se dirigió por fin al coche. Cuando el sonido del motor desapareció tras la curva se sentó en el suelo llorando, mientras el ruido del mar ahogaba el sonido de sus sollozos.

Cuando llegó a casa, las cosas de Javier habían desaparecido. No volvió a verlo. Él pidió su traslado al extranjero y de vez en cuando le llegaban postales de lugares lejanos. Nunca supo donde podría haberle contestado, pero seguían llegando, como si él no quisiera saber si ella quería recibirlas o no, como si sólo necesitase estar en contacto con ella, decirle en unas pocas líneas que seguía recordándola.

La culpa y el dolor fueron desapareciendo. Aprendió a vivir con su soledad y a sonreír cuando le asaltaba su recuerdo. Volvió muchas veces al acantilado, para revivir su figura, su mirada, su voz…

Aún sigue pensando que debería haberle dado un último beso. Pero ya no llora. Es posible que vuelva a encontrarle.

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