El deseo

Una sonrisa de triunfo iluminó su cara. Por fin lo tenía. Después de tantos años de minuciosa búsqueda, de arduos estudios, allí estaba. Y era tan simple… Cerró el libro y se levantó, dedicando unos minutos a tranquilizar el acelerado ritmo de su corazón, a creérselo del todo. Sí, lo tenía. Con esas simples palabras podría invocar y dominar a un demonio y, si conseguía imponerle su voluntad, podría conseguir que le concediese un deseo, lo que fuera. Ardía en deseos de probarlo y debía recordarse continuamente que no debía hacerlo por el momento. Se sentía exhausto después de las ultimas noches de trabajo. Desde que había encontrado el manuscrito había sabido que se encontraba muy cerca del final, que por fin sus esfuerzos darían fruto. Y por ello, había pasado los últimos días dedicado en cuerpo y alma a su estudio, sin comer siquiera, durmiendo apenas en los escasos momentos en los que caía rendido sobre la mesa. En el estado en que se encontraba no sería un rival digno para el demonio, debía descansar. Bajó a su dormitorio y se quedó dormido en cuanto su cuerpo tocó el colchón.

Despertó muchas horas más tarde. En los primeros momentos se sintió confuso, sin saber con seguridad si había triunfado o si solo había sido un sueño. Subió las escaleras con paso presuroso y se arrojó sobre las notas que había tomado la noche anterior. Era cierto, lo tenía. Ahora sólo debía ejercitar su voluntad hasta estar seguro de que estaba preparado para controlar al demonio. Esa sería la parte fácil, le bastaría con practicar los ejercicios de meditación que conocía y dominaba desde hacía años. Sonrió con ironía ante la idea de que lo más difícil seria elegir el deseo. Sólo tendría derecho a pedir una cosa y después de todo el esfuerzo que le había costado llegar hasta ese punto debía pensárselo bien. ¿Qué podía pedir?. Aquel universo de posibilidades a sus pies hacía que no pudiese pensar en nada concreto. ¿Cómo elegir una cosa y desprenderse de todas las demás posibilidades?. ¿Por qué tenía que conformarse con un solo deseo?. Tendría que encontrar algo que lo englobase todo, engañar al demonio para que le diese más de lo que debía concederle, encontrar la manera de saltarse esa estúpida regla pero, ¿cómo?.

Se sentó delante de la chimenea y comenzó a preparar el té, con pausados y metódicos movimientos que contribuían a tranquilizar su mente, como un ritual. Sabía que, pidiese lo que pidiese, debía ser muy preciso y cuidadoso. A los demonios no les gustaba ser llamados, ni tener que ponerse a las ordenes de un mortal. Intentaría encontrar cualquier resquicio en el deseo para darle la vuelta y hacerle desgraciado. Y ahí estaba el problema: ¿Cómo ser tan preciso como para no permitir que el demonio le engañase y tan ambiguo como para conseguir más de lo que el demonio estaba obligado a darle?. Tendría que pensarlo mucho y no precipitarse. No debía invocarlo hasta estar muy seguro de lo que quería. Cuando el te estuvo preparado se sirvió una taza y se recostó en su sillón, pensando.

Lo primero que le vino a la mente fue la inmortalidad, ese deseo tantas veces acariciado por todos los hombres. Sería maravilloso saber que no iba a morir nunca, tener todo el tiempo del mundo para adquirir sabiduría y para disfrutar la inquietud de saber que la enfermedad y la vejez te seguían los pasos. Lo pensó detenidamente, sintiéndose menos convencido a cada segundo que pasaba. ¿De qué le serviría la inmortalidad?. El resto de la gente que conociese iría muriendo, se quedaría solo y cada vez más aterrado ante la idea de conocer nueva gente que también se iría muriendo. ¿Y que pasaría si todos los seres humanos se extinguían?. Él viviría por toda la eternidad pero quizá la especie humana no. No podía imaginar nada más triste que vagar eternamente por un mundo muerto. Además el demonio podría otorgarle la inmortalidad pero no tenía por que darle también salud. Podía ir viendo como su cuerpo se deterioraba, como la enfermedad le devoraba por dentro haciéndole sufrir terribles dolores, sin que el consuelo de la muerte fuese a llegar nunca. No, no podía pedir la inmortalidad.

Le dio vueltas a su té mientras pensaba en otro deseo. Quizá seria bueno pedir dinero, todo el dinero que pudiese imaginar, la mayor fortuna de la faz de la tierra, un tesoro inacabable. Con el dinero podría comprar todo lo que quisiera, podría poner el mundo a sus pies. Pero volvieron a asaltarle las dudas. ¿De que le serviría tanto dinero si se ponía enfermo?. ¿Podría esa fortuna devolverle la juventud que había perdido entre los libros?. ¿Podría proporcionarle el amor o los amigos que nunca había podido tener?. ¿Podría protegerle de toda tristeza, de todo mal?. Seguramente el dinero conseguiría que fuese envidiado, que la gente a su alrededor se volviese codiciosa, que le odiasen… Y seguiría encontrándose solo.

Meditó sobre ello unos minutos más. Estaba cansado de estar siempre solo, con la única compañía de sus viejos libros, cuyos autores llevaban siglos muertos. Quería sentir el calor y la alegría de la gente, tener su compañía, su amistad… y quizá también encontrar el amor. Pero no podía pedir eso. ¿De qué le serviría sabiendo que no era sincero, que la gente le quería sólo porque el demonio se lo había concedido?. Un amor así no podría llenarle, le haría sentir incluso más solo y amargado. Tenía que pensar en otra cosa.

Sus pensamientos siguieron girando hora tras hora, embarcados en infructuosos esfuerzos por encontrar lo que realmente quería. La sabiduría que tanto había anhelado tampoco sería buena elección. ¿De qué le serviría conocerlo todo, saber el porqué de todas las cosas?. ¿Qué sentido tendría su vida si ya no hubiese nada por lo que preguntarse, nada por lo que sentir curiosidad?. El poder tampoco le llamaba la atención. No quería ser temido y obedecido por todos, no le serviría de nada controlar las vidas ajenas sabiendo que la fuente de aquel poder provenía de un demonio. ¿Qué orgullo podría obtenerse de un poder así?. De esta manera continuo sumido en sus pensamientos hasta que volvió a quedarse dormido.

Al de unas horas el ruido de un trueno le despertó sobresaltado. El viento, frío y cortante, entraba por las ventanas abiertas, sacudiendo las llamas de las antorchas. Se levantó para cerrar las contraventanas y entonces recordó su sueño. Sí, ahí estaba la respuesta, el deseo ideal. Era perfecto: completo y simple. El demonio no podría tergiversarlo y él lo conseguiría todo con un solo deseo. Se lanzó hacia las páginas del manuscrito y una vez allí se tomó unos segundos de tiempo para tranquilizar su espíritu y alcanzar el estado mental adecuado para la invocación. Cuando se sintió preparado, realizó la llamada.

Al principio no sucedió nada. El viento se volvió más tranquilo, los truenos cesaron. Todo el universo parecía quieto, expectante. Entonces el aire del salón empezó a hacerse más denso, más frío. La habitación parecía mucho más oscura, a pesar de que las antorchas seguían ardiendo con idéntica intensidad. Y en ese momento lo vio. Delante de él, el aire empezó a tomar color, forma, volumen, como si un ser se estuviese creando de la nada ante sus ojos. Al principio era un ser amorfo y oscuro pero poco a poco, diversos colores fueron apareciendo en su superficie, moviéndose, mezclándose, surgiendo de nuevo. La figura siguió tomando forma hasta convertirse en el cuerpo translucido de una mujer. Se quedó quieto, observando su belleza imposible, su cabellera negra en cuyo brillo parecían reflejarse los colores del universo, sus ojos de abismo, su fría sonrisa… El ser se le quedó mirando durante un tiempo infinito, midiendo su voluntad y su fuerza, y por fin le habló:

– ¿Cuál es tu deseo?.

Intentó hablar, pronunciar aquellas palabras que tanto esfuerzo le había costado elegir, dominar la voluntad que llevaba tantos años entrenando pero, enfrentado a ella, sintió que toda su fuerza espiritual quedaba reducida a la nada. Los ojos del ser seguían fijos en los suyos, reflejando un odio infinito y le habló de nuevo con una voz que se le clavó en el alma como fragmentos de cristales.

– Pronuncia tu deseo o déjame ir.

La voz le hizo reaccionar. No se debía jugar con demonios, no les gustaba ser esclavizados. No sabía por cuanto tiempo podría contenerlo. Había pensado que sus años de preparación le permitirían enfrentarse a ese ser pero nada podría haberle preparado para aquel odio infinito, aquella crueldad sin límite, para el aura de poder que emanaba de esos ojos. Por fin contestó, pronunciando en voz alta su deseo:

– La felicidad eterna. El ser le miró de nuevo y sus labios se curvaron en una sonrisa felina:

– ¿Y qué es para ti la felicidad?.

En un primer momento no supo que contestar. No había esperado que el ser le hiciese preguntas, ni que le pidiese que se explicase. Seguramente trataba de engañarle, aquello era un último intento de no doblegarse, así que intentó dar a su voz un tono más firme al contestar:

– No tengo por qué explicarte nada. Obedece.

El ser sonrió, casi dulcemente, y le habló con una voz cálida, aterciopelada, hipnótica:

– Los seres humanos lleváis años buscando la felicidad y jamás habéis llegado a un acuerdo sobre qué es en realidad. Lo que hace feliz a un hombre puede hacer que otro se sienta infinitamente desgraciado. Por eso pregunto, para poder servirte. ¿Qué es para ti la felicidad?.

Asintió, dándole la razón al ser. Era cierto, el no quería una felicidad loca, insulsa… La ignorancia podría traer la felicidad a muchos hombres, o las grandes fiestas o las alegrías fáciles. Pero el no quería pasarse la vida entre risas estúpidas. ¿Que quería entonces?. ¿Cómo explicárselo a un ser que carecía de sentimientos humanos?.

– La felicidad para mí es la tranquilidad.- intentó explicarle.- No tener la inquietud de que pueda pasar nada malo, no tener que preocuparme nunca más. Es estar en paz para siempre.

El ser volvió a sonreírle, asintiendo. Le pareció discernir un brillo de triunfo en sus ojos.

– Así sea. Concedido.

Al segundo siguiente estaba muerto.

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