Suicidios inducidos ya está publicada

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Por fin ha llegado el día. Diez años después de la publicación de La red de Caronte, al fin ve la luz Suicidios inducidos, una nueva aventura para Carlos, Natalia y Gus.

Siendo sincera, ha sido muy difícil escribirla. Había pasado mucho tiempo, no sabía cómo situar la trama de la novela, no sabía si sería capaz de mantener el mismo tono, si sería capaz de volver a conectar con los personajes tal y como lo hacía antes… La verdad es que fue una sorpresa descubrir que parecían haber estado esperándome para volver a la vida y que, desde las primeras páginas, me sentí muy cómoda en su compañía.

Aún así, ha habido momentos complicados en los que incluso pensé que no conseguiría terminarla. No conseguía cuadrar el final para que estuviese a la altura y fuese tan emocionante como el de La red de Caronte. Por esa razón estuve varios meses sin escribir e incluso tuve miedo de tener que abandonar el proyecto. Sin embargo, mi musa (muy puñetera ella) se encargó de enviarme la solución una madrugada. Y aquí lo tenéis por fin. La novela ya está terminada y esperando a que la leáis.

Si queréis conseguirla, la tenéis disponible en Amazon. Os dejo debajo el enlace y la sinopsis para que conozcáis un poco de la historia. Espero que la disfrutéis y que paséis un rato emocionante con la resolución de este nuevo caso.

Enlace de Amazon de Suicidios inducidos

SINOPSIS

Una joven salta desde el Puente de la Salve tras recibir una llamada de móvil. Aunque en un primer momento el caso se cierra al considerarlo un suicidio, todas las alarmas saltan para la joven forense de la Ertzaina Natalia Egaña cuando nuevas muertes van uniéndose a este primer misterio.
¿Qué hace que jóvenes aparentemente normales y felices corran hacia la muerte con una sonrisa en los labios?

Una nueva aventura de los personajes de La red de Caronte, tan emocionante y frenética como su predecesora. ¿Te atreves a acompañarles en un nuevo caso?

Mis proyectos

Hola a todos. Me he dado cuenta de que tengo el blog un poco abandonado y que hace mucho que no escribo y que puede que os estéis preguntando en qué ando metida.

El primer proyecto y más importante es terminar Suicidios inducidos, la nueva aventura de los personajes de La red de Caronte. Sé que había prometido que estaría publicada para finales de este año, pero, cuando ya llevaba 200 páginas, me quedé totalmente atascada. Sabía cuál era el final, tenía varias escenas muy claras en mi cabeza, pero no conseguía que casaran todas ni sabía cómo llegar hasta ahí. Así que, como no quería escribir cualquier mierda porque sé que lleváis mucho tiempo esperando esta segunda parte, decidí que era mejor dejarla aparcada hasta que se me ocurriera la solución y escribir otra cosa mientras tanto.

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Hace una semana, a las dos de la mañana, la solución decidió venir y no dejarme dormir hasta las cuatro. Se me empezaron a ocurrir tramas, escenas, diálogos… Ya tengo la estructura de toda la novela y últimamente estoy escribiendo como loca, así que creo que la tendré terminada antes de que acabe diciembre. Luego quedará la revisión, maquetación y todos esos rollos, pero la tendréis publicada a principios del 2017.

El segundo proyecto en el que estoy embarcada es una novela de suspense sobrenatural que se titula Los crímenes del lago. Se me ocurrió el principio en un sueño, como si alguien me estuviera dictando el primer capítulo al oído, así que tuve que ponerme a ello. Trata sobre los misteriosos asesinatos de unos chavales que aparecen ahogados en un lago de Vermont. El protagonista es amigo de todos ellos e incluso está enamorado de la primera víctima. Su muerte le deja marcado para siempre, pero se marcha de la ciudad y consigue seguir con su vida hasta que un día el pasado vuelve a llamar a su puerta. Y no os cuento más… De esta novela tengo ya 80 páginas y, en cuanto terminé Suicidios inducidos, seguiré con ella.

Como aún no tengo portada, lo único que os adelanto es que, dentro de la novela, hay un cuento infantil ilustrado que estoy ilustrando también yo misma. Os paso una de las imágenes a ver si os gustan.

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También estoy trabajando en un libro de relatos de terror. Éste es un proyecto para el que no puedo dar ninguna fecha, porque escribo relatos según se me ocurre una idea, así que lo mismo puede estar en 2 meses que en 2 años.

Y ya por último, estoy en conversaciones con varios traductores para traducir mis novelas a otros idiomas. La red de Caronte ya se está traduciendo al italiano y tengo apalabrada la traducción al portugués.

Os cuelgo aquí una imagen de la traducción de la primera página al italiano, para que veáis lo bonita que queda. Además, gracias a esto, estoy aprendiendo palabrotas en italiano X-D

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Creo que esto es todo. Ya os iré informando si hay más novedades. Os pido perdón por el retraso en la publicación de Suicidios inducidos, pero creo que vais a agradecer que me haya tomado este tiempo y que la historia vaya a ser tan emocionante como os merecéis.

Un abrazo para todos (tendréis que repartirlo 😛 )

¿Cómo conseguí mi sombrero de bruja?

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¿Os he contado alguna vez como conseguí mi sombrero de bruja? Yo creo que no, así que ahí va. Juro que todo lo que voy a contar está 100% basado en hechos reales.

Hace algunos años, entré en un bazar chino a comprar alguna tontería (pilas o bombillas, ya no lo recuerdo). Quedaba poco para Halloween, así que toda la entrada de la tienda estaba llena de disfraces y complementos. De repente, algo llamó poderosamente mi atención. Entre un montón de sombreros de bruja, colocado en lo más alto, vi un sombrero precioso. Era de terciopelo, adornado con tules y plumas negras. Lo cogí entre mis manos y supe que tenía que ser para mí, aunque me preocupaba el precio que algo tan bonito podía costar.

Le di vueltas entre mis manos, buscando la etiqueta con el precio, pero no estaba por ningún lado. No tenía ningún tipo de etiqueta ni código de barras. Pensé que se le habría caído y busqué otro sombrero igual para ver si ponía el precio. Pero no había ningún otro sombrero como ése. Todos los demás eran de plástico o de cartón. Se notaba a la legua que eran sombreros de broma y que no tenían la categoría de sombrero de bruja que tenía el que yo ya consideraba mío.

Con él en las manos me acerqué al mostrador para preguntarle el precio a la dependienta. La chica lo cogió y, tal como había hecho yo momentos antes, le dio unas cuentas vueltas buscando la etiqueta sin éxito. Miró el sombrero como sorprendida y llamó a una compañera. Cuando la otra chica llegó, se pusieron a discutir entre ellas y, aunque no entiendo una palabra de chino, por sus caras de desconcierto y sus encogimientos de hombros, deduje la conversación:

– Esto no es nuestro. No lo he visto en la vida.

– Pues de algún sitio ha tenido que salir. ¿Qué le digo?

– Yo qué sé. Dile un precio cualquiera y que se lo lleve.

La dependienta se giró hacia mí y me dijo “Tres euros”. Más que decírmelo, me lo preguntó, como si no supiese si yo estaría de acuerdo con ese precio inventado. Yo saqué la cartera a toda prisa y pagué, antes de que cambiase de opinión y decidiese que no podía venderme algo que no era suyo.

Salí de la tienda feliz, sintiendo que, más que comprar, había recuperado algo que me pertenecía por derecho. Me gusta pensar que alguna bruja lo dejó allí para mí, para reconocerme como una de las suyas y que, quizá, un día no muy lejano, se pondrán en contacto conmigo para pedirme que me lo ponga porque esa noche tenemos akelarre 🙂

¡FELIZ HALLOWEEN A TODOS!

Hugo

historiasdemiedo

Pues me voy a animar a participar en el concurso de #historiasdemiedo que Zenda ha convocado para Halloween. Aquí tenéis mi aportación. Espero que os guste:

HUGO

Hugo se sube a la cama como siempre lo ha hecho. Nunca ha sido de esos gatos que saltan sobre tus tobillos, despertándote en medio de la noche de un susto. Él sube tranquilo, despacio, sin que apenas se le note. Después recorre la cama con sus andares elegantes, buscando su lugar preferido: la curva de mis piernas, justo detrás de mis rodillas. Una vez ahí, gira un par de veces sobre sí mismo y se tumba hecho un ovillo, apretando su espalda contra mí.
Siempre me había resultado una sensación agradable y hogareña, siempre me había dado paz, pero esta noche siento miedo. Después de unos minutos de notarlo apoyado contra mí, me doy cuenta de que Hugo lleva más de tres meses muerto.

De como Facebook me obliga a decir la última palabra y quedar como una loca

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Sí, ya sé que el título de este post es raro… Y sé que lo que voy a contar es una grillada y que seguramente no le interesará a nadie, pero yo prefiero explicarlo antes de que alguno de mis lectores piense que estoy enajenada.

El problema está en que Facebook, cada vez que alguien me envía un mensaje privado a mi página de escritora, me avisa colocando un rotulillo en el que pone que tienes un mensaje sin contestar. Hasta ahí muy bien, porque así no dejas a nadie olvidado. Voy a mi página y contesto a la persona que me ha escrito. La conversación sería algo así:

Buenos días. Te escribo porque acabo de terminar La red de Caronte y me ha encantado. Me ha tenido enganchadísima. Muchas felicidades por el libro.

Muchas gracias por leer mi libro y por pasarte a dejar tu comentario. Me alegro mucho de que te haya gustado. Si todavía no te has cansado de leerme, puedes encontrar información sobre mis otras obras en mi página web: www.gemmaherrerovirto.es

Hasta aquí una conversación normal (en la que de paso os he metido un poco de publicidad). ¿Creíais que iba a ser tan fácil? No, ahora llega el horrible momento de las despedidas. Al cabo de unos minutos, la persona decide contestar a mi mensaje y despedirse, con lo que Facebook vuelve a avisarme de que tengo un mensaje pendiente. La única forma de que Facebook deje de darme la vara es asegurarme de tener la ÚLTIMA PALABRA. Así que la conversación continua así:

Lo miraré. Muchas gracias por contestar.

De nada. Un saludo.

Otro saludo para ti.

El aviso de mensaje pendiente sigue apareciendo, así que hay que contraatacar:

—Que tengas un buen día 😉

Lo mismo para ti.

Ahí empiezo ya a enfadarme, pero la otra persona no tiene la culpa de que Facebook no me deje en paz, así que sigo tratando de cerrar YO la conversación, manteniendo la cordialidad:

Un abrazo desde España.

Otro para ti desde Pernambuco de Arriba.

A estas alturas ya estoy un poco nerviosa y decido cerrar más bruscamente:

Adiós.

Adiós.

Así podríamos estar eternamente. No sé por qué Facebook no tiene una opción para indicarle que, aunque no cierres tú la conversación, ya has terminado. Creo que lo hace para desquiciarnos y tenernos todo el día enganchados en su red.

A partir de ahora y sabiendo esto, tenéis dos opciones: Dejarme terminar a mí la conversación o, si sois un poco “cabroncetes”, torearme y jugar con mi salud mental. En vuestra conciencia quedará 😛

El paciente de la 301

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—    Sigo sin poder dormir bien— el paciente se gira hacia mí con ojos implorantes.
—   Si quiere, puedo recetarle unos tranquilizantes.
— No, no es eso. No puedo dormir, pero no quiero. Necesito que me quite toda la medicación. Me atonta demasiado y me quedo adormilado por las esquinas— el hombre clava sus ojos en el techo y suspira, desesperado—. Cada vez que me duermo, aunque sea por unos instantes, el monstruo se acerca.

Asiento y, sin dejar de mirarle a los ojos, escribo en mi informe “Recaída en los delirios psicóticos. Aumentar dosis de haloperidol”. Después le sonrío, tratando de mostrarme comprensivo.

— Sabe que son sólo sueños, ¿verdad? Por muy terribles que sean, no pueden hacerle daño.
— Sí que pueden— el sudor ha comenzado a resbalar por la cara del paciente y su respiración es cada vez más rápida—. Es lo mismo que le pasó a mi mujer. Yo tampoco la creí cuando me lo contaba. Pensé que estaba loca y no la ayude. Y ahora está muerta.

Me gustaría seguir mostrándome comprensivo, pero no soy capaz. No después de haber visto las fotos del crimen. El cuerpo de la mujer estaba tan destrozado que parecía haber sido atacado por animales salvajes. Golpes, mordiscos, arañazos… Una auténtica carnicería perpetrada por el hombre que ahora está sentado frente a mí, temblando en la silla mientras me mira con ojos suplicantes.

— Sé que usted puede ayudarme. Seguro que tiene alguna droga capaz de mantenerme despierto.
— Eso no sería bueno para usted. El sueño es un componente esencial para el equilibrio psicológico. No dormir sólo empeorará su enfermedad…
— ¡Yo no estoy enfermo!— el hombre se pone en pie y golpea con ambas manos sobre la mesa de mi despacho—. El monstruo es real y vendrá a por mí. Me atrapará, igual que la atrapó a ella.
— Por favor, tranquilícese y vuelva a sentarse— pulso con disimulo el botón que sirve para llamar a seguridad—. Ese monstruo no existe. Es solamente una proyección de su mente para combatir el sentimiento de culpabilidad por haber matado a su mujer.
— ¡Yo no la maté!— el hombre se inclina hacia mí sobre la mesa. Está tan cerca que diminutas gotas de su saliva me salpican las gafas cuando grita.
— Estaban ustedes solos, en una casa cerrada con llave. Su sistema de alarma no se activó y ningún vecino ni cámara de seguridad de las cercanías vio a nadie sospechoso— intentó que mi voz suene relajada y firme, pero las imágenes del crimen vuelven a mi mente. Sé lo que ese hombre es capaz de hacer sin llevar ningún arma encima. Espero que los de seguridad lleguen pronto—. La mejor manera de hacer desaparecer a ese monstruo es que usted empiece a aceptar lo que hizo.
— Yo no hice nada. Fue él— el hombre se derrumba en su silla y empieza a llorar como un niño, tapándose la cara con las manos—. Fue el monstruo. A mi mujer le habló de él una compañera de trabajo que también murió. Todo el que sabe de su existencia muere…

La puerta de la consulta se abre y entran dos hombres vestidos de blanco. Mi paciente los mira y solloza con más fuerza, pero se deja llevar sin ofrecer resistencia. Cuando salen, entra una de las enfermeras.
— ¿Cuánto tiempo lleva sin dormir el paciente?— le pregunto.
— Unos tres días.
— Sédenlo. Su estado está empeorando por la falta de sueño.

Ella asiente y sale de la consulta. Me reclino en mi sillón, me quito las gafas y me froto los ojos. Estoy agotado. Demasiados pacientes para pocos psiquiatras. Por suerte, éste era mi último caso de hoy. Sólo me queda revisar unos expedientes y podré marcharme a casa.
Ya estoy terminando mi trabajo cuando la enfermera vuelve a entrar sin llamar siquiera a la puerta. Está pálida y sus ojos están tan abiertos que parece que se le van a salir. Se queda plantada en el umbral, sin decir nada.

—    ¿Qué es lo que pasa, Ana?— le pregunto, levantándome del asiento.
— El paciente de la 301 está muerto— su voz es muy aguda, cercana a la histeria—. Le sedamos como nos dijo y ahora está muerto.
— No puede ser. Han debido confundirse con la dosis de la medicación.
— No, no es eso— ella me toma la mano y tira de mí—. Tiene que verlo.

Me lleva a la carrera hasta la habitación. Hay un montón de enfermeras y celadores apiñados junto a la puerta, tratando de encontrar un hueco para asomarse por la ventanilla de cristal. Cuando llego, todos se apartan y me dejan paso. Nada más mirar por el cristal, siento que mi corazón se salta unos latidos. Todo está lleno de sangre: la cama, las paredes, el techo…

Abro la puerta y doy un par de pasos dentro de la habitación. El cuerpo que descansa sobre la cama es irreconocible, un amasijo de sangre, piel desgarrada y vísceras. Notó una mano en mi brazo y me giro.

—    No debería entrar ahí hasta que llegue la policía— me sugiere uno de los celadores.

Las siguientes horas son un caos. La policía me interroga una y otra vez. En sus ojos veo que están haciéndose las mismas preguntas que yo me hago. La hipótesis del suicidio ha sido descartada de inmediato. Es imposible que alguien pueda hacerse eso a sí mismo, más aún estando sedado, pero, ¿cómo es posible que ese paciente haya sido asesinado en una habitación cerrada dentro de una prisión psiquiátrica de máxima seguridad?

Ya es noche cerrada cuando consigo volver a casa. Me tomó un vaso de leche caliente antes de irme a la cama. Después de lo que he visto hoy, no podría comer nada más. A pesar de que doy muchas vueltas y de que mi cerebro se niega a desconectar, al fin consigo quedarme dormido.

Me despierto de madrugada, aterrado y tembloroso, cubierto por una fría capa de sudor. He soñado con el monstruo. No lo he visto muy bien, estaba muy oscuro. Sólo sé que, para cuando conseguí despertarme del sueño, ya estaba un poco más cerca.

El espejo

Nada más desempaquetarlo, volví a alegrarme por haber encontrado aquella ganga. Era precioso, una perfecta imitación de un espejo antiguo. Pasé los dedos por las suaves curvas talladas en el oscuro marco de madera, que parecía labrado a mano. Era una obra de arte. No podía creerme que sólo me hubiese costado veinte euros.

Lo llevé con cuidado a la habitación. Medía más de un metro y pesaba bastante. Lo colgué sobre la cómoda y di unos pasos atrás para contemplar cómo quedaba. Era perfecto para el estilo vintage que había elegido para mi dormitorio. Recogí del suelo un jarrón con flores secas para colocarlo sobre la cómoda y contemplar el efecto completo. Al subir la cabeza, me pareció ver algo en el espejo, una leve sombra en su superficie, pero, al segundo siguiente, lo único que vi fue mi propia imagen con un jarrón de flores en las manos. Lo coloqué y me marché a trabajar.

Aquella noche me acosté a las diez, como hacía siempre, y pasé la siguiente media hora leyendo. Cuando noté que los párpados comenzaban a pesarme, apagué la luz de la mesilla. Un rato después, comencé a escuchar un extraño ruido. En un primer momento, me pareció un sonido lejano, quizá parte de un sueño que se negaba a desvanecerse. Traté de seguir durmiendo, pero el sonido se repitió. Era como si algo pequeño golpease contra un cristal, una vez y otra vez y otra… Me senté en la cama, tratando de averiguar la causa de ese sonido. ¿Habría alguien tirando piedras contra mi ventana? Era imposible, vivía en un quinto piso. Me planteé que podría ser un pájaro, pero entonces recordé que tenía la persiana bajada. ¿Qué era ese sonido entonces? Los golpes volvieron a repetirse, creciendo en frecuencia e intensidad. Sentí como toda la sangre de mi cuerpo se congelaba y mis miembros se paralizaban. El sonido provenía de dentro de mi habitación, del espejo situado sobre la cómoda. Durante unos momentos me planteé que alguien había entrado en mi casa, que encontraba un sádico placer en advertirme de su presencia y que me mataría en cuanto se diese cuenta de que estaba despierta. Con la mano temblorosa, palpé el cabecero de la cama hasta encontrar la luz de la mesilla. Mi respiración acelerada ya debía haber advertido al intruso de que le había descubierto. Tendría más posibilidades de defenderme si podía verlo. Encendí la luz, pero allí no había nadie. Estaba sola en mi habitación.

Me levanté, corrí a la cocina y, tras elegir el cuchillo más grande, revisé toda la casa. No había nadie. Poco a poco me fui calmando y los latidos de mi corazón volvieron a la normalidad. Sólo había sido una de esas alucinaciones que se dan entre la vigilia y el sueño. Había oído hablar de ellas en Cuarto Milenio. No había nada de lo que asustarse.

A la mañana siguiente me levanté sintiéndome cansada y ridícula. Contemplé el espejo y le lancé una sonrisa burlona a mi reflejo. Me preparé y fui a hacer unas compras. Cuando regresé, me di una ducha y me vestí para ir a trabajar. Cuando fui a contemplar mi aspecto en el espejo, vi que el jarrón estaba volcado, caído hacia delante. Tuve el ridículo pensamiento de que alguien lo había empujado desde el otro lado del espejo y un nuevo escalofrío recorrió mi espalda. Me reñí por lo tonta que podía llegar a ser y me prohibí a mí misma ver películas de terror durante una temporada, al menos hasta que aprendiese a controlar mi imaginación desbocada.

De nuevo llegó la noche. Me metí en la cama sintiéndome intranquila. Notaba todos los músculos en tensión y una especie de corriente eléctrica parecía surcar mi piel. Tenía que acabar con aquella tontería. No podía dejar que un miedo ridículo me expulsase de mi propia casa. Respiré lentamente un par de veces, apagué la luz de la mesilla y me tapé hasta la nariz con las mantas mientras le daba la espalda al espejo.

Al cabo de un rato comenzó de nuevo. Al principio fue tan tenue que pensé que lo estaba imaginando. Alguien daba golpecitos al cristal y lo arañaba lentamente con las uñas. Me senté en la cama, temblando en la oscuridad, sin saber qué hacer. Los golpes fueron haciéndose más fuertes, más apremiantes, más desesperados… Encendí la luz y contemplé el espejo, sin poder moverme de la cama, con la mirada hipnotizada por su superficie. Y entonces lo vi. El cristal comenzaba a deformarse, como si estuviera hecho de tela y alguien apretase desde el otro lado. Incluso distinguí la forma de dos pequeñas manos empujando, clavando las uñas para tratar de rasgarlo.

Mi cuerpo tomó el control. Tenía que huir de allí antes de que aquel ser consiguiera salir. Recogí a toda prisa la ropa que acababa de quitarme y mi bolso y salí de casa a la carrera. Me cambié en el ascensor y dediqué la noche a recorrer las calles desiertas de la ciudad, tratando de calmarme. Ya no podía engañarme. Sabía que no estaba dormida, que no había sido un sueño. Tenía que librarme de aquel espejo.

Esperé hasta que se hizo de día, hasta que el sol brillante y el ruido de la ciudad despierta me dieron el valor suficiente para regresar. Entré en mi habitación temblando, temiendo que el ser hubiera conseguido salir de su encierro y estuviera esperándome, pero sólo encontré mi dormitorio de siempre y un espejo normal que me mostraba mi rostro ojeroso y desquiciado. Sin dudarlo un segundo, cogí una bolsa grande de basura y, tras descolgar el espejo, lo metí dentro. A pesar de que era pesado y difícil de llevar, salí de casa lo más rápido que pude y lo tiré a un contenedor. Escuché cómo se destrozaba en mil pedazos. Siete años de mala suerte para mí. Me dio igual, me pareció un precio pequeño por haberme librado de él.

Regresé a casa sintiéndome libre y feliz. Estaba segura de que, en unos días, podría convencerme a mí misma de que todo había sido producto de mi imaginación, del estrés de los últimos meses. Era normal: acababa de romper con mi novio de toda la vida y no conseguía acostumbrarme a vivir sola, estaba preocupada por conseguir un ascenso en el trabajo… Toda aquella línea de pensamientos se detuvo en cuanto entré en mi habitación. El espejo estaba allí, sobre la cómoda, como si nunca lo hubiera movido.

Salí de la habitación caminando hacia atrás, sin separar la vista del espejo, como si temiera que en cualquier momento fuera a atacarme. Pero no ocurrió nada. El espejo fingía ser un espejo normal. No pasaría nada hasta que llegará la noche.

Fui al salón, encendí mi portátil y empecé a buscar información: según la magia china, los espejos servían para invocar demonios; según las tradiciones irlandesas, había que cubrirlos cuando alguien moría en la casa para evitar que su espíritu quedase atrapado dentro… Nada de aquello me servía. Sólo se me ocurría una solución. Abrí la página que necesitaba y comencé a escribir:
Vendo espejo de un metro de alto. Estilo vintage con marco de madera de roble envejecida en perfecto estado. Veinte euros. Gastos de envío incluidos.